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Una ética mundial para los retos del presente
1
Jul

Una ética mundial para los retos del presente

El mal es el gran problema que los hombres hemos hecho y con el que hemos cargado a través del tiempo; una realidad que no podemos negar y que vemos reflejada en los rostros de la pobreza, del abandono de los hogares, de la indigencia y de la indiferencia constante. Existen algunos estudios filosóficos o políticos que se han ocupado del problema –lo que no indica que otras ciencias no lo hayan hecho–, pero lo que aquí nos interesa hacer es brindar ciertos medios que solucionen este fenómeno, para no quedarnos en la orilla que únicamente detecta los porcentajes sin involucrarse con el fenómeno.(1) Se trata de mirar hacia el futuro con la convicción de que ciertos acontecimientos sociales que dependen de nosotros –los que habitamos el presente– puedan dar soluciones o convocar a acuerdos que tomen en cuenta nuestras necesidades, en medio de propuestas donde todos tengan voz.(2) Los efectos de las guerras y de las xenofobias, registradas o no en la historia oficial, han traído como consecuencia pobreza y destrucción entre los hombres.(3)

¿Por qué hemos de creer que cada vez que hablamos de interculturalidad e interreligión todo está destinado al fracaso? ¿No indica esto que nos hemos rendido demasiado pronto?(4) Antes de claudicar nuestros intentos por responder a los problemas que nos convoca esta indiferencia, en realidad, como personas que educamos y que debemos pensar en el futuro de nuestros países, debemos vernos obligados a estar atentos ante el terror constante que supone el mal entre los hombres, para intentar evitar que esos hechos catastróficos puedan repetirse.(5)

No habrá paz entre los pueblos de este mundo si no hay paz entre las religiones del mundo.

La destrucción no es más que la proyección de nuestros miedos hacia la realidad. Sólo ataca aquel que se ve amenazado por lo que se le presenta. Nuestros miedos pueden tener un fundamento quizá muy bien argumentado, pero jamás el mal podrá ser justificado por algún modelo racional, aun cuando lo intenten. Después de Auschwitz, el Congo Belga, Irak, la Torres Gemelas, hay mucho que escribir y reflexionar.(6) Está en nosotros el continuar vigilando lo que nuestros alumnos, hijos y compañeros puedan pensar hacer en el futuro.

Tomémoslo en serio. Tenemos que vigilar constantemente el futuro que a todos les quedará, pues nosotros vivimos en el presente. El reflejo de nuestros miedos proviene de los males que, a través de las tradiciones o culturas, religiosas, políticas, económicas y científicas, hemos interiorizado pensando que son verdaderas, pues hemos sido educados en un contexto que pretende erigirse como el punto central.(7)

Los problemas de identidad nacional, el fundamentalismo religioso, el poder político y el dominio económico nos han traído una oleada inmensa de desconfianza y temor que no podemos soportar. Debemos enloquecer, como escribió Nietzsche, antes de soportar la infinita responsabilidad que nos deparó la muerte de todas las creencias universales.(8)

Pero quizá en medio de esta locura contemporánea, todavía queda un halo de esperanza que, antes de disolverse en la pura palabrería, nos indica que se puede estar dispuesto para hacer lo imposible: podemos nosotros, los hombres, los de aquí abajo, los que caminan por el suelo, hacer el bien entre las culturas y ayudar a que acontezca el bien entre los hombres.

La humanidad está en decadencia, y en este momento de crisis tan fundamental debemos encontrar estructuras que nos pongan a pensar de manera diferente, para entonces ayudar a los demás. Habrá que buscar que las diferentes ideologías que parecen cerradas en sí mismas se abran hacia el diálogo y la convivencia general, ya que sólo así el mundo en el que nos encontramos podrá ser un lugar acogedor y sano. Éste es un llamado a la preservación y no a la utopía, pero aun cuando lo fuera… ¿No está en el límite de lo utópico su realización? ¿Qué nos impide convertir en realidad lo que antes nos parecía imposible?(9)

Afirmar que algún día podremos compartir valores éticos universales no es una mera aspiración utópica, es una necesidad que expresa nuestro presente y que rebasa la geografía de nuestros pensamientos, pues involucra también a los no educados en Occidente. La aplicación de principios éticos y deontológicos que formen una responsabilidad social es el llamado urgente que pretende transformar un mundo precipitado hacia la mezquina competitividad y la rentabilidad accionaria que se encuentran al servicio de los que siempre ambicionan más.(10) El resultado: dividendos pecuniarios frente al capital social que los gobiernos teóricamente deberían producir, déficit en la distribución y abusos en el poder; marginación y disolución de las llamadas «minorías», además de egoísmo, que siempre se manifiesta a través de la indiferencia por los demás.

Los hombres podemos lograr un cambio real, y para hacerlo, contamos con las herramientas de la filosofía, porque ella nos puede hacer entender que somos responsables del sentido y del itinerario del mundo.

No significa esto que la filosofía es aquella que le da sentido al mundo y dirige el camino que deben tomar los hombres, pero sí hablamos de que a partir de ella es posible entender hacia dónde se han dirigido las cosas. La visión filosófica es general, a diferencia de otras disciplinas que se conforman y trabajan en campos particulares.(11) Advertir esta posibilidad implica pensar que nuestras reflexiones pueden originar una práctica común, donde la tarea diaria sea la búsqueda y el ejercicio de una libertad responsable, que llevaría al respeto mutuo. Si contamos con la buena voluntad de los derechos humanos –después de revisar atentamente hasta dónde se conserva tal cual para otras culturas, por ejemplo las africanas–, entonces aprovechemos lo que nos pueda servir para la mejoría de los hombres. Se trata de encontrar en los derechos, que ya nos han sido dados, un espacio donde se puedan trasladar hacia otras periferias, con el fin de ayudar a los que han sido mayormente heridos por el olvido y el horror.(12)

Habrá que comenzar atendiendo a nuestras posibilidades inmediatas, es decir, hay que reflexionar sobre las posibilidades «reales» que cada uno de nosotros puede aportar para guiarnos hacia una ética mundial. Es por ello que esta tarea la tenemos que hacer entre todos.

Podría pensarse que originar una «práctica común» es algo pretencioso y ambiguo; sin embargo, no deja de ser imperioso ver que el presente nos exige reparar todos nuestros errores. ¿Cómo hacerlo? Llevando a las empresas a actuar responsablemente, obligando a los gobiernos a que apliquen principios éticos universales, formando profesionistas que se comprometan con los demás, preparando a los estudiantes a estar dispuestos a abrir sus horizontes axiológicos y convencernos de que es necesario sacar nuestras enseñanzas de las aulas y de las disciplinas.

La tarea que tenemos todos es encontrar principios inquebrantables para con el trato humano y social; proponer una forma de pensar y actuar diferente, basada en el respeto a las diferencias, el diálogo común y la armonía cultural.

Estas pretensiones serán posibles a través de una educación continua que ponga las bases de ese respeto y que se mantenga comprometida con la naturaleza y con los hombres.

Una ética universal –que no quiere decir que sea omniabarcante ni totalizante– piensa en el bienestar de los hombres y del mundo, cuida que haya respeto entre los humanos y, a su vez, que éstos respeten el entorno donde viven; que cuiden la naturaleza y ayuden –educando– a que nuestros coetáneos también lo hagan.

Llevemos a la ética al rango de ser una obligación existencial interiorizada en nuestros actos, de manera que se encuentre ya dada antes de cualquier trato social. Hagamos de ella una actitud que no tenga que ser alcanzada, sino que ya permita que todo trato humano y global pueda darse sin violencias o asesinatoss constantes. Esto es posible en el pensamiento, pero sobre todo, en nuestros actos, en el diálogo.

Ser verdaderamente humano de acuerdo con el espíritu de nuestras grandes tradiciones.

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