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La memoria como introducción al trasfondo científico de Nietzsche
12
Jul

La memoria como introducción al trasfondo científico de Nietzsche

A pesar de que la voluntad de poder se pueda comprender en un tiempo lineal, la vida no funciona linealmente; de ahí que Ulises retorne a su hogar con marcas que lo definen como quien se fue y regresa a casa con la misma identidad pero convertido en un hombre diferente, cargando con su memoria y sus olvidos, los cuales le permiten seguir viviendo1.

Hay memoria “cuando transcurre el tiempo” como lo dijo Aristóteles; en este sentido los humanos comparten la memoria con toda la naturaleza, a pesar de que pocas cosas en ella dispongan de “la sensación del tiempo”, y esta sensación implica que en la vida comulgue el pasado con el presente y con un posible futuro. Todo el universo se mueve; siendo los organismos vivos los que tienen la capacidad de percatarse de ese movimiento, al cual lo identificamos como el tiempo que corre linealmente por la voluntad de poder, y circularmente por el pensamiento del eterno retorno, donde el pasado se convierte en memoria y olvido, unido al instante presente y a la posibilidad de plantearnos un futuro, convirtiéndose en relevante conocer al tiempo2.

El olvido y el recuerdo son realidades anteriores que se presentan con una visión irreal.”

La combinación del tiempo lineal y circular, analizados como voluntad de poder y eterno retorno, crea una tensión entre el recuerdo y el olvido porque no se puede contar con la ley de causa y efecto, ya que ninguna repetición es posible en el cosmos a pesar de que se intentará por medio de una aparente representación, que convierte al cosmos en una ilusión, ya que éste siempre se muestra creativo, cambiante, en movimiento, donde el recuerdo y el olvido se tendrán que resignificar constante y necesariamente3.

La memoria como alejamiento de lo presente también se vuelve una recuperación que se asocia entre lo que acontece y lo que ha acontecido4, y que también –como lo dijo Henri Bergson– se puede palpar en los conceptos de “hábito” y “memoria” que presuponen experiencias adquiridas con anterioridad. El hábito se distingue por el acordarse “del cómo”, manifestado como capacidades adquiridas a través del tiempo, y la memoria por el acordarse “de algo”, o sea recuerdos de cosas o acontecimientos5; y que Nietzsche lo reflejó en las figuras del caminante y del ultra hombre, donde dos modos de constitución de la identidad–alteridad convierten a la memoria en el cruce de fuerzas entre el olvido y el recuerdo6.

El olvido no significa que no se tenga memoria, ya que ésta siempre acompaña a todas las cosas en la naturaleza incluyendo a los seres vivos, con motivo de la unión que físicamente se refleja al conocer el tiempo. De tal manera, el olvido se constituye como un impedimento para rememorar y reencontrar el tiempo perdido, o bien, éste puede provenir del desgaste de las huellas por el tiempo que se ha dejado atrás7. El olvido y el recuerdo son realidades anteriores que se presentan con una visión irreal porque se sigue observando la creatividad del pasado que se reúne con la creatividad del presente, lo cual nos permite contradecir a Bergson en la posibilidad de hacer abstracciones de los recuerdos, ya que él divide al recuerdo en “recuerdo puro y recuerdo imagen”, porque el pasado se nos muestra escurridizo, siempre a punto de escaparse, y además por la unión con el movimiento hacia adelante como voluntadde poder que nos posibilita a actuar y vivir8.

El conocimiento de la memoria cósmica se convierte en el centro del saber humano que Nietzsche denominó como el nuevo centro de gravedad: el eterno retorno de lo mismo, por la importancia infinita de este saber que muestra los errores que hemos cometido, las costumbres que hemos asimilado y nuestros modos de vida; saberes que se pueden proyectar hacia el futuro, para seguir siendo lo mismo pero al mismo tiempo diferentes. Y la forma más fácil de entender la memoria como eterno retorno de todas las cosas en el cosmos, es asimilarlo en nosotros mismos9.

“El individuo debe forjar su vida como una obra de arte, y para ello le será de ayuda la fe en que volverá a vivir esa vida eternamente. El eterno retorno confirma también el fin de toda teleología: el universo no tiene propósito moral ni estético, el devenir cíclico es inocente; pero esto permite lo que Nietzsche llama la ‹deshumanización de la naturaleza› y la asimilación de todas las experiencias del pasado, de todo el bien y el mal de la humanidad. La culminación de esta nueva ‹gran cosmodicea› está simbolizada por el ‹annulus aeternitatis› (11(197). ‹El sol del conocimiento resplandece de nuevo al mediodía y la serpiente de la eternidad se enrosca alrededor de su luz; ¡es vuestro tiempo, hermanos del mediodía!› (11(196)”10.

El conocimiento de la memoria cósmica se convierte en el centro del saber humano que Nietzsche denominó como el nuevo centro de gravedad.”

Pensadores como Jean-Paul Sartre pueden enriquecer el conocimiento sobre la memoria, ya que este filósofo francés la analiza desde “Lo imaginario”, al decirnos que no se tiene la conciencia de que los acontecimientos del pasado de nuestras vidas, se imaginan, es decir, no se plantean como algo dado–ausente, sino como algo dado–presente en el pasado, convirtiendo al acto de imaginar en un acto mágico, un encantamiento destinado a mostrar el objeto en el que se piensa como cosa deseada, como una facultad para tomar posesión de tal objeto. Pero los acontecimientos de la vida pasada no se imaginan sino que se recuerdan, de ahí que la fenomenología de la memoria no pueda ignorar la trampa de lo imaginario, porque lo imaginario se convierte en una pérdida de fiabilidad para la memoria11.

El afirmar que todas las cosas tienen memoria física en el universo, nos posibilita a replantearnos la aparición radical de la subjetividad en los tiempos de Platón y Aristóteles, que no analizaron como problema el “yo o nosotros”, lo que los condujo a volver impensable para ellos la posibilidad de un sujeto colectivo12, que ahora con pensamientos como los de Nietzsche, se torna indispensable para el conocimiento humano si se pretende analizar la historia y entender la importancia del pensamiento del eterno retorno, recordando los errores fundamentales que los humanos hemos cometido: la asimilación de las pasiones para analizar a dónde han llevado estás a la humanidad; la asimilación del saber, inclusive las del saber que tienen la posibilidad de olvidar; y la inocencia del individuo ante la inmensidad del cosmos13. La doctrina del eterno retorno no se restringe únicamente a los humanos, sino que es un conocimiento cósmico porque todo está anudado físicamente más allá de la existencia de las individualidades, que son complementadas con su relación con todas las cosas en el universo. De ahí la importancia de la unión de los pensamientos de la voluntad de poder como tiempo lineal y el eterno retorno como tiempo circular, uniendo las dimensiones del tiempo; el paso del tiempo que consiste en ir del futuro, por el presente, al pasado, haciendo que el tiempo pueda ser asimilado de forma individual o colectiva14.

La doctrina del eterno retorno no se restringe únicamente a los humanos, sino que es un conocimiento cósmico porque todo está anudado físicamente más allá de la existencia de las individualidades.”

La doctrina del eterno retorno y la voluntad de poder se “muestran” con el conocimiento del tiempo y de todo lo creado en el cosmos. Pero el tiempo puede tener diferentes perspectivas que nos pueden llevar desde el conocimiento de la historia–memoria del cosmos, hasta el conocimiento de nosotros mismos, porque los dos pensamientos son el “modo” de ser de todas las cosas individuales o colectivas en el cosmos15; ya que todo proceso en la naturaleza retorna, arrastrando lo pasado, así como el actuar hacia adelante que se ve empujado en un devenir que vuelve a traerse a sí mismo, o sea que el devenir y toda la creatividad que se palpa en la naturaleza retornan como lo mismo. De ahí que se pueda afirmar que el eterno retorno del cosmos es la totalidad del proceso del devenir que tiene su propio retorno sobre sí mismo16, haciendo que cada objeto o identidad en la naturaleza pueda considerarse como una misma cosa en diferentes tiempos y lugares, anudada por los pensamientos de la voluntad de poder y el eterno retorno como una consecuencia física de todas las cosas. Ante lo anteriormente manifestado, el humano como ser pensante e inteligente, dotado de razón y reflexión, se puede considerar a sí mismo, como un ser pensante en diferentes tiempos y lugares, al estar inmerso en un universo siempre diferente pero también siempre el mismo, que lo “percibe” en esas condiciones17.

Al tratar de explicar el eterno retorno y la voluntad de poder como demostrables en la ciencia, o sea, desde la naturaleza, nos encontramos con críticas tan severas como la de Heidegger que no encuentra ninguna respuesta científico–natural que sostenga ambas doctrinas y posiblemente otros pensadores estudiosos de la filosofía de Nietzsche también hagan eco del escepticismo de Heidegger, empezando por el problema fundamental –en lo que se refiere a la comunicación de los seres humanos– que es el lenguaje, que se usa en forma diversa de acuerdo a las especialidades del conocimiento, y por otro lado debido a la costumbre de separar en parcelas al saber de la sociedad, donde el filósofo no se acerca a otros conocimientos justificado en la búsqueda de la pureza de sus investigaciones.

Pero el tiempo puede tener diferentes perspectivas que nos pueden llevar desde el conocimiento de la historia-memoria del cosmos, hasta el conocimiento de nosotros mismos.”

La demostración de las bases científicas del eterno retorno y de la voluntad de poder es auto-comprobable, tal como lo percibió Nietzsche quien, por medio de su cuerpo, aprendió la creatividad del mismo y del cosmos, aunada a su memoria. Lo que, en su conjunto, permitía recrear el “modo” de ser de todas las cosas en la naturaleza y del tiempo, como lo señala la ciencia moderna partiendo de conocimientos tan diversos como la física, la astronomía, la biología, la química o la antropología, donde se puede corroborar ahora que Nietzsche no se extravió en las ciencias naturales como lo afirmó Heidegger18.

Estudiosos en fenomenología como lo fue Husserl, sin nombrar a Nietzsche recurrió a la extensión de los “intercambios intersubjetivos”, atribuyendo un carácter analógico entre cualquier ego diferente al ego propio. Gracias a esta traslación analógica, estamos autorizados a emplear la primera persona en la forma plural y atribuir a un “nosotros” todas las prerrogativas de la memoria, reflexiones parecidas a las que mostró Nietzsche cuando advierte que cuando habla de “él” en realidad está hablando del “nosotros”. Husserl manifiesta que sólo por analogía y con relación a la conciencia individual y a su memoria, se considera a la memoria colectiva y se le reconoce el poder de escenificar esos recuerdos comunes con ocasión de fiestas, de ritos y celebraciones públicas19; reflexiones que se quedan cortas con respecto a las propuestas de voluntad de poder y eterno retorno de Nietzsche, ya que la primera se refiere a la creatividad no sólo humana sino de todas las cosas en el cosmos, y el eterno retorno entendido como la memoria, abarca no sólo la memoria de cada individuo, sino también la colectiva y la de todas las cosas en la naturaleza.

 

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