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¿Cómo hacer Filosofía sin Dios?
20
Jul

¿Cómo hacer Filosofía sin Dios?

Si un argumento nos muestra con suficiencia y necesidad17 el lugar hacia el que se dirigen sus afirmaciones, y sus consecuencias son válidas, no podemos afirmar que dicho argumento sea La Verdad Absoluta de lo referido lógicamente, o de aquello que se afirma lingüísticamente. En principio, no podemos hablar de conocimiento toda vez que se emprenda una conexión de juicios coherentes entre sí, eso sólo muestra la validez que las sustituciones de los cuantificadores de un proceso lógico ejecutan dentro del mismo sistema, o sea, que la argumentación funciona dentro de un código determinado que habría en principio que cuestionar, para no asumirlo como la panacea del pensamiento y mucho menos como la única posibilidad para pensar. Por otro lado, ésta validez que solo es aplicable a un entorno, se aleja de las enunciaciones diversas que muestran las diferencias, su visión del mundo es lineal y por ello se ven obligados a crear otras estructuras que intenten contrargumentar los acontecimientos que la misma realidad les impone y que muestra su insuficiencia, esto nos condenaría a un conexionismo que desde el fundamento de la causalidad estaría reintegrándose dogmáticamente, creando nuevos axiomas, pero siempre reinventándose a sí mismo para perpetuarse. Por ejemplo, la discusión de la lógica clásica con las lógicas no-clásicas, la lógica divergente, la lógica cuantificacional, etc.

He aquí una de las implicaciones de la muerte de Dios (Nietzsche), el pensamiento ya no puede confiar en estructuras dadas como si fueran a priori, porque se convertirían en un nuevo Aleph18 que aseguraría que puede comprender a todo acontecimiento, pero únicamente bajo su propia perspectiva. Si traicionamos las diferencias, toda comprensión engendra una esfera de engaños, fraudes un agregado incoloro a un sistema. Desde aquí, la muerte de Dios significa la pérdida de todo fundamento (nihilismo) en el cual nos sentíamos anteriormente abrigados y seguros, es la advertencia del advenimiento de una realidad a la que tendremos que enfrentarnos solos, sin recurrir a un tutor que vele por nosotros y nos muestre hacia donde dirigirnos. Ya en 1784 en ¿Qué es la ilustración? Kant había dado las primeras estocadas a esta idea –en el sentido que veía en la responsabilidad autónoma una posible madurez del pensamiento. A diferencia de Nietzsche, Kant todavía pensaba en la razón como una finalidad que conduciría al progreso- Nietzsche renuncia a esta posibilidad. Para el filósofo del Zaratustra no existe una cosa tal como la Verdad racional, es un mero simulacro que proviene de nuestras construcciones lingüísticas. Nietzsche expande la idea de la voluntad como la posibilidad por desembarazarse de los fundamentos que le ponen peso al pensamiento y que le obligan a caminar más lento. Aquí se abre la posibilidad de ser libres –saberse solos- donde se afirma la propia existencia como una estructura que no está alienada, ni por el sistema, ni por las producciones de los medios masivos, ni por el entorno, pero que se sabe indiscutiblemente rodeado por los Otros que también son elementos constituyentes del mundo. Pensar que existen límites, sólo muestra la condición de la pereza y la cobardía que agobian la existencia de aquel que acepta ese ultimátum.

Nuestra apertura apela a la posibilidad de un pensamiento que no ve en los límites su fin sino una posibilidad para avanzar hacia lo impensado. El Sapere Aude kantiano pensado desde la muerte de Dios que preconiza nietzsche, apela a lanzarse a lo inseguro, a romper los límites que las condiciones externas y los intereses propios de ciertos discursos, intentan hacer creer al pensamiento personal e individual. Revolución y desnudez del pensamiento… esa es nuestra pretensión y hacia allá se dirigen nuestros esfuerzos, no como irresponsabilidad del entorno en el que nos encontramos, sino como la postura real de lo que podemos llegar a pensar desde un propio proceder creativo. Pensamos que el sujeto responde aún con sus capacidades creativas a todo un entramado de sistemas con los que se relaciona, el trabajo, la casa, la familia, etc., vive en lo social, vive en vecindad con las instituciones19, con ello queremos decir que no por poderse resistir a la totalidad, o por desarrollar la esfera nihilista que no tiene fundamento hegemónico, podrá hacer lo que desee, ya que existen obligaciones que le rodean y que le lanzan un llamado a la responsabilidad. Es posible pensar al individuo después de las instituciones, renunciar a hacerlo, significaría asomarnos desde un nivel inmediato, generalizándolo, sin tomar en cuenta sus matices, cayendo así en la estructura lógica que generaliza para únicamente quedarse con las formas y olvidando los contenidos. Kant nos ha dado las herramientas para recargar los motores de producción del individuo, mientras que Nietzsche nos invita a mirar hacia una estela infinita de posibilidades que desde el reconocimiento de la creatividad del pensamiento, no tendría porqué causarnos vértigo, la creatividad consiste en producir realidad, en poder transformar el mundo y en la emancipación de la individualidad como potencia constante.

Los discursos que dominan intentan perpetuarse como clase, haciendo pensar que en realidad el sistema pretende el bienestar de la sociedad que rige. Si las bases del discurso explican un fenómeno y hacia él dirigen sus esfuerzos, seguramente cumplen con lo esperado y con las necesidades concretas a las que son convocados. El capitalismo brinda bienestar a los capitalistas y sus premisas son congruentes con lo que pudiera estar pasando alrededor de la estructura social, pero difícilmente podría afrontar el estado de la clase media, o la pobreza, precisamente porque sus razones sólo funcionan linealmente. Ubicados en la linealidad que tiene un solo fin y que tiende a realizar una sola cosa, ese sistema es posible que funcione y que sea irrevocable, pero cuando cuestionamos las diversidades que no se presentan bajo estas estructuras, cuando cuestionamos por sus bases fundamentales, entonces se muestran insuficientes sus paradigmas y es necesario destruirlos o desplazarlos. Por ejemplo, el capitalismo tardío no podría explicar cómo lograr una estabilidad económica en países de tercer mundo.

Pensar homogéneamente a partir de unos cuantos medios posibles significa tener una visión hermética del pensamiento mismo y homologarlo a esas representaciones impuestas que transitan por nuestra experiencia. Liberar el pensamiento es abrir las perspectivas, encender los motores de producción dispuestos a redefinir y reestructurar nuevos entornos en los que funcionan las relaciones en diferentes códigos. Desnudarlo, significa experimentarlo en su carácter creativo, como punto de partida de la emancipación personal que conduce a la libertad del pensamiento mismo. Pensamiento libre y desnudo, mesurado, pero con una mesura que enfrenta de pie a las estructuras económicas, religiosas, científicas y políticas, como estratos desde donde se ha intentado determinar las comprensiones, trazar los límites y diseñar las expectativas a las que únicamente podemos aspirar.

Proponemos que el argumento perfecto no es aquel que muestra su perfección a partir de su validez, ese argumento todavía está prisionero dentro de las leyes gramaticales y analíticas. El argumento perfecto –si es que todavía queremos insistir en una imagen como ésta– configura lo que llama Nietzsche una apariencia engañosa que en realidad obstruye nuestro contacto con los elementos del mundo, por tanto no es posible afirmarlo como real o verdadero, por ello no existe propiamente “el argumento perfecto” sino diversos flujos del habla que se expresan sobre las cosas donde todos estos flujos tienen el mismo nivel óntico y que pueden estar mediados por el sistema desde donde los percibimos. Pero no optamos por un irracionalismo, hemos dicho antes que los opuestos son esquemas instaurados por ciertos discursos y por ellos limitados a nuevas experiencias. Nosotros buscamos estructuras mesuradas donde la marginación, la expulsión, el asesinato, puedan ser experimentados de diferentes maneras y poder crear imágenes o nuevos elementos del lenguaje que nos permitan vivir con los otros respetando sus diferencias. Eso es lo que para nosotros significa la muerte de Dios y hacer filosofía intempestivamente. Atreverse a arriesgar todas las bases que aseguran al pensamiento resultados petrificados y que le dominan para hacerlo pensar de cierta manera, obligando a desechar infinitas posibilidades, cuando las posibilidades infinitas nos permitirían experimentar al pensamiento en su capacidad creativa, en la extensa gama de posibilidades que pertenecen al pensamiento como pensamiento.

Creemos que el pensamiento visto en su acontecer, o sea, desnudo; está preparado para producir, en realidad siempre produce, el pensamiento siembra y cosecha acontecimientos reales, produce realidad. Con ello mostramos que los pensamientos centralistas no son congruentes con la estructura del cosmos y por ser binómicos no responden a la estructura de la mesura. El pensamiento desnudo no corresponde a una estructura hegemónica o necesaria, o a un círculo específico o a un gobierno que le domine, es posible que mañana nos preocupe otra cosa, que nos rodee otra ciudad, que cambiemos de entorno y que defendamos otras perspectivas sobre algún tema. Al asumir un gobernante el individuo asume su incapacidad para dirigirse a sí mismo y aunque los gobernantes sean necesarios para mantener una sociedad, estos no son la sabiduría y los centros que puedan pretender, no son absolutos, liberémonos de sentirnos obligados a recibir órdenes que nos parecen injustas, atrevámonos a levantar la mano para ser escuchados cuando la palabra nos agobia o nos hace sentir malestar, sólo así reflejaremos la capacidad de nuestro propio pensamiento.

Hacer filosofía sin Dios implica renunciar al conocimiento de las cosas entendidas como algo determinado y acabado, como si estuviesen perfectamente ordenadas esperando ser experimentadas por una entidad que pretende absorberlas bajo un esquema humano. Nuestro cuestionamiento pregunta por la función en el que las cosas se constituyen como tales y con ello negamos cualquier carácter metafísico u ontológico que pueda ser atribuido a las cosas para fundarlas. ¿Y es que acaso no, si pretendemos llegar a la experiencia de las cosas para afirmar su verdad como el carácter propio de éstas, afirmamos que existe algo que irrumpe la creatividad y el devenir del cosmos al querer fijarlas en el intelecto? Tramposa imagen intelectiva que se conforma con sus propias representaciones y que reduce a sus posibilidades las manifestaciones de lo diferente. Nosotros buscamos más allá de la simple representación de las cosas en el intelecto, buscamos la expresión misma en donde la constitución de las cosas no ha sido infectada por alguna autoridad, donde no hay principio jerárquico que las cuide y no las deje salir a la intemperie. Buscar una filosofía sin suelo firme sólo es posible a partir de la inestabilidad, pero inestabilidad seria que no se atreve a afirmar que “todo se vale”. Por ello partimos de la mesura, y a esta la concebimos como mera experiencia, así que no tiene compromisos con la estructura representativa del conocimiento, o con el sujeto que sirve de fundamento para los acontecimientos (Descartes). Experimentar la mesura es posible a partir de la interiorización de la muerte del fundamento último, que a su vez no afirma una realidad que es mero devenir o caos, también en el devenir hay identidad. La experiencia de la mesura que nos eleva a la otredad de las cosas no aprehende a estas entidades, sino que se sorprende en el acontecimiento, por ello no será su juez sino el mero testimonio de un acontecer real y virgen que forma parte de todos los acontecimientos mismos, con ello evitamos el riesgo de caer en la tentación de la visión ontoteleológica. Renunciar a la Verdad mayúscula y a toda pretensión veraz que funcione como una imposición o como dominio del pensamiento, nos acerca a las funciones que acontecen en una realidad que ya no cuestiona por el qué de las cosas, sino que acepta el simulacro, que se sabe engañado y que no rechaza a la mentira fabricada por los procesos de producción, y la creación del deseo de consumo, sino que intenta proponer un lugar de interacción donde las imágenes que bombardean el pensamiento no funcionan como un simple hechizo, sino que a partir del cuestionamiento y la familiaridad con las condiciones en las cuales se dan, la elección está en cada uno de nosotros, para aceptarla o rechazarla o vivir con ellas, o sea, enfrentarlas para no simular su inexistencia. Vamos a dirigirnos a la mentira cara a cara, para no engañarnos y pretender utópicamente erradicarla la afrontamos como acontecer, tan real como el acontecimiento mismo.

Pensamos que aceptar la inexistencia de un ser en sí, nos libra de la pretensión fascista del conocimiento como adecuación a la cosa, como determinación y como aprehensión y posesión del ser de ésta. Por ello volvemos al acontecimiento mismo, porque sólo el acontecimiento es real, irrenunciable.

La mentira es valorada como buena o mala en sus implicaciones prácticas, pero analizada como acontecimiento muestra un proceso creativo del pensamiento, en ese sentido es un elemento que abre posibilidades para interpretar o experimentar.

Llamamos Poder a esa estructura que expresa un modelo al que se refieren los diversos estratos que él mismo convoca, “ese centro tiene a su vez una periferia propia20” dice Tabucchi al respecto, es decir, el Poder tiende a imponerse como la referencia fundamental desde donde determinar a sus propias diferencias a favor de obligarlas a reducirse hacia él, extiende sus redes a diversos estratos y los aprehende dentro de su estructura. El acontecimiento del mentir implica una mentira que se traduce en poder sobre el que se miente, pues al ser creída e instaurada como Verdad, se ha logrado anteponer una realidad caprichosa que no encaja con los acontecimientos –esto muestra que aunque nadie tiene la Verdad, tampoco estamos en un vacío perpetuo– los actos que instauran Verdades que provienen de intereses personales y responden a la estructura del mentir “crean” piezas nuevas que se anexan a nuestras interacciones con el mundo, en esa creación la mentira hechiza21 las percepciones de lo que rodea al pensamiento y a su vez imposibilita ver una realidad diferente. El poder de la mentira se expresa cuando se experimenta el mundo como un horizonte cuadrado, creado y determinado a ser de cierto modo, funcionando únicamente como un plano que intercede entre el que ha sido engañado y el acontecimiento “nuevo”, ese filtro por el cual tendrá que pasar todo aquel que ha sido engañado es el resultado de los intereses personales del que miente, dominando la posible información que el mundo le brinda pues lo posee un discurso que, dirigido a nuevas vivencias, ha seleccionado lo que será en adelante verdadero y lo que se debe desechar. Pero qué hay del hechizo cuando la apariencia es apariencia, cuando es simulacro, que no está determinada por un yo ajeno al existir de un existente, o sea, cuando es individual y se encuentra en cada elemento de cada sociedad embrujando a todas las posibles percepciones. Creemos que el Theatrum22 no es sólo un entarimado donde se actúa, refiere a ese lugar donde es imposible dejar de actuar, esto es porque tenemos máscaras a partir de las cuales interactuamos con los otros; si vislumbramos esto, nos alejamos de esa pretendida Verdad que brinda seguridad y mantiene a los cuerpos en su propio lugar, con ello no podemos pensar que los sujetos están constituidos ontológicamente, pero sí que dentro de esa teatralidad de las relaciones humanas se puede mentir. Pero hay que diferenciar entre el hechizo y las máscaras. Las máscaras refieren a los códigos en los que nos movemos cuando interactuamos con el Otro, explican el porqué nos dirigimos a ciertas situaciones de modos diferentes al que lo haríamos en otras, las máscaras hablan de nuestros gestos, de nuestras expresiones que no pueden entregarle al Otro lo que somos completamente, pues sólo dan un perfil de nosotros mismos. El hechizo refiere a lo que en el capítulo X de la segunda parte del Quijote, Sancho cree haber encontrado a la tan esperada Dulcinea viendo que se aproxima junto a sus dos acompañantes en hermosos caballos que avanzan a paso lento. Al llamar al Caballero de la Triste Figura y darle la noticia, éste le dice que “no me engañes, ni quieras con falsas alegrías alegrar mis verdaderas tristezas”, la mentira aparece cuando el Quijote piensa que Sancho ha “inventado” algo, por ello le advierte que no desea ser engañado, aún cuando la mentira esté destinada a curar una llaga. Sólo se ha mentido cuando ésta está ligada a un hecho humano. Con la rapidez que a este largo grafismo flaco23 caracteriza, el Hidalgo corre a divisar a su doncella “resplandeciente como el mismo sol a medio día” pero no logra encontrarla, inmediatamente pregunta a Sancho si la ha dejado ir, pues no logra ver a esa bella doncella sino a una simple mujer que se aleja de sus expectativas. Cae en la cuenta de que tienen nociones distintas sobre lo Mismo, y que no le es posible ver de la misma manera. Con esto se pone en duda la visión y la posibilidad de lo que pudo ser mentira se desplaza, porque es posible que cada uno tenga un propio carácter que les permite ver lo que perciben, ¿Quién podría afirmar que alguien está en un error, si sus percepciones son tan verdaderas como sus desacuerdos? Más adelante el Quijote dirá que cómo es posible afirmar si es Sancho, él o las doncellas quienes organizan el hechizo, porque nadie miente, sino que han sido embrujados por sus propias subjetividades24. Este capítulo es un ejemplo perfecto sobre lo que Nietzsche escribirá tres siglos más tarde, aquel pensamiento que no es culpable porque se ha desecho de toda culpa, sino que sabe la imposibilidad de afirmar una Verdad última de todo acontecimiento porque toda perspectiva es real. En el apartado que hemos descrito fríamente, no hay culpables, no hay mentirosos, sino tres acontecimientos que se entrecruzan para crear realidades en las que se encuentran estos personajes y que se engranan como piezas que lo hacen posible. Aquí nos deshacemos de la dicotomía verdad y mentira, para asegurar que nuestro análisis se dirige a la mentira en su realidad de acontecer y que no interceden en él prejuicios valorativos personales, por ello no queremos verla desde supuestos morales, pues no deseamos valorar su acontecer como bueno o malo.

Pensar el acontecimiento supone pensarlo en su desnudez, pero desnudar el pensamiento implica que con ello se crea algo. El pensamiento desnudo no está hechizado por el sistema, sino por la existencia misma, por su propio existir, por su propio acontecimiento de ser. Los sistemas encargan ideologías desde las cuales se concreta la realidad en nuestros pensamientos, creando imágenes que lo aprehenden porque diseñan sus potencialidades. La mentira pensada dentro de estas estructuras nos obliga a analizar lo que para toda ideología se diseña, o sea, codificar al pensamiento para pensar de cierto modo. ¿La religión, la ciencia, la economía y la política… acaso no instauran ideologías y se convierten ellas mismas en codificaciones de toda posible perspectiva? Pensamos que es a partir de esa instauración que el hechizo ideológico embruja a las apariencias de toda aparición posible –determinan nuestra percepción de la apariencia– evitando experimentarlas verdaderamente, las apariciones han sido traicionadas, ultrajadas, pues ya no son personales sino sistémicas, codificadas. Con ello ser fiel a una ideología corre el riesgo de perderse dentro del sistema y que éste piense por mí. Pensar en el fundamento último, en la ontoteología, significa esperar que el mundo y la vida tengan un sentido que se dirige hacia un punto final y que allá a lo lejos nos espera una recompensa que le dará valor a los sufrimientos de la vida. ¿Qué esto no es el hechizo de la esperanza misma? Aquí la mentira cumple con un valor positivo, nos engañamos –nos hechizamos– para sentirnos mejor, pero no se agota ahí. Nosotros creemos que el pensamiento se debe atrever a pensar en hacer y realizar –no sólo pre-ocuparse, sino ocuparse– en filosofías y propuestas que no intenten dar respiros a divinidades agonizantes. Pensamiento desnudo, pensamiento sin Dios, sin fines, sin ideologías, sin la esperanza del progreso, sin bases que aseguren y faciliten el tránsito por el mundo… todos ellos, esquemas hechizantes y hechizadores. Porque lo que estará al final de todo, será lo que el mismo sujeto se atrevió a subir a sus espaldas y es de él la responsabilidad de toda percepción de los acontecimientos del mundo.

Según Marcel Proust el chisme es saludable, ya que este impide “dormirse sobre la visión que tenemos de las cosas y que sólo es su apariencia”. Abre una visión diferente que transgrede los valores morales que califican a la mentira como un mal o un error de la perfección divina. Dentro de lo humano, la mentira muestra la capacidad creativa del pensamiento, mostrando el mundo radicalmente diferente en el que se encuentra aquel que miente que es el Otro para aquel que se pretende mentir. Proust nos muestra el resultado de un pensamiento que se atrevió a hacer filosofía sin Dios, precisamente porque le ha dado al pensamiento “la vuelta y nos presenta con rapidez un trozo insospechado del reverso de la tela25”. Nietzsche nos ha legado una de las más grandes responsabilidades de la historia del hombre, al llamarnos la atención respecto al lugar de Dios en el mundo. Al faltar éste como un referéndum al cual se le dirigían todos los actos humanos, la culpa de las acciones que se comenten en el mundo están consagradas al hombre y dejan de ser referidas a la voluntad divina. Ahora el mal no responde a una estructura creada junto al mundo –potencia abstracta que proviene de un mandato divino– el mal aparece frente a nosotros como una manifestación de lo humano y su creación pertenece a los múltiples planos de acción, creación y producción que el mismo hombre ejerce y dirige.

A estas alturas, no podemos atribuirle a las cosas una intención, ellas no pueden mentir, esto sólo explica que son sus usuarios los que transgreden la vivencia y en ese sentido es en el sujeto individual que se encuentra la decodificación y hacia allá deben estar dirigidas todas las exigencias de responsabilidad que podamos pedir. Al analizar este desvío saldrá desde sus bases mismas el mentiroso. Tenemos que liberarnos de la idea de que existe un ser en sí, al librarnos de ello nos separamos de la pretensión fascista del conocimiento como adecuación a la cosa, como determinación y como aprehensión o posesión del ser de ésta, o sea, nos libramos de una política del conocimiento. Ya no podemos después de esto afirmar la existencia de trascendentales o de Verdades eternas e inmutables, sino que acontecen acciones dentro de la esfera general donde estamos y todo eso que se encuentra aquí tiene de alguna manera relación con el hombre. Hacer filosofía sin Dios indica voltear la responsabilidad al sujeto, y si la mentira ha causado estragos y daños, el único culpable es el hombre. ¿Cómo experimentar las tareas del hombre? Esa es la pregunta que en lo siguiente intentaremos responder.

2. Análisis de “Los prisioneros” de Nietzsche:

Cuenta Nietzsche que un buen día un sujeto que se nombra hijo del guardián le dice a un grupo de prisioneros que éste se ha ido, dando a entender que pueden hacer lo que deseen. Algunos siguen trabajando como era habitual, mientras otros se quedan desorbitados observando a su derredor “con miradas provocativas26”. El supuesto hijo ha salido de las filas en las que se encontraban todos, por ello causa desconcierto su autoproclamación como diferente, las preguntas no se dejan esperar y cuestionan por el porqué deberán tener fe en él. Ya al final un último prisionero baja al patio dando la noticia de que el guardián efectivamente ha muerto repentinamente. ¿Qué pasa después de la noticia con el hijo que ahora ha quedado huérfano, y justamente por ello sin soporte para fundamentar su autoridad? Se ve obligado a afirmar la siguiente sentencia: “daré libertad al que tenga fe en mí, y lo afirmo con tanta convicción como que mi padre está aún vivo27”. Aquí asistimos a la necesidad de un fuerte código de vigilancia, de encauzamiento, desde el cual se intenta instaurar medios de represión, dentro de los cuales se encuentran los que han asumido la autoridad y los que han aceptado a ésta. Recordemos el bíblico “Dios está en todas partes” que en este sentido significa que incluso el libre albedrío está condicionado a sus propios actos debido a que tendrá que pagar las consecuencias de éstos. Pero la cuestión de la prisión y las restricciones referidas a algo han estado latentes en un largo transcurso del pensamiento, que ya no tendrían por qué sorprendernos. En la “República” Platón en boca de Sócrates había dicho que para llegar a la Verdad habría que pasar por un proceso de recuerdo (anámnesis), al que estaba destinado todo aquel que desee llegar al conocimiento verdadero de las cosas, porque el cuerpo tenía atrapada al alma en sus confines y por ello a ésta le era difícil recordar el contacto que había tenido con las ideas eternas e inmutables, a las que accedía antes de descender a la materialidad del cuerpo. Sócrates dice, en ese sentido, que “el cuerpo es la prisión del alma” y que habrá que liberarla para que pueda acceder al conocimiento.

Continuando con nuestro análisis, el hijo del guardián amenaza al decir lo siguiente: “Vuestras secretas maquinaciones han sido todas descubiertas y el guardián-vigilante de la prisión os ha sorprendido y va pronto a pronunciar sobre vuestras cabezas su juicio terrible28”. Si Dios está en todas partes y el juicio verdadero será el juicio final, no habrá nada más que decir porque todo sobre nosotros será dicho, por ello seremos despojados de nuestras intimidades. Ese control sobre el Otro al que aspira toda figura autoritaria –que según lo ya dicho es necesario que se sustente en una estructura anterior como representamen de una amenaza mayor– responde a la crítica que Nietzsche abre en el prólogo a la segunda edición de la “Gaya ciencia” y que tomará ciertas consecuencias mayores en el pensamiento de posguerra29, a decir, aquella que responde a la sustitución de la figura de Dios por la del hombre, donde lo humano se piensa como el heredero del lugar que Dios ha dejado después de su deceso.

Son conocidos los análisis de Foucault al respecto, en “Vigilar y castigar” realiza toda una genealogía de las represiones que el hombre se ha dado a la tarea de “fabricar”. Por ello en Foucault “el alma es la prisión del cuerpo” mostrando que precisamente esa noción de la culpa –que es impuesta como Ley por el poder y a su vez es generalizada por el modelo del conocimiento, y en tanto que esa Ley es general, no se ocupa de las circunstancias particulares en las cuales se dan los actos que se van a castigar– restringe nuestros propios actos, pues estaríamos apegados a ese discurso que nos dice que todo represiones que determinan los actos del cuerpo, a partir de ella se prepara el terreno para que funcionen términos como conciencia moral, pecado, etc., allí el placer es dañino y el pecado malo, se castiga al cuerpo a partir del alma y a ello es a lo que refiere Foucault en su análisis. Esta transformación o transposición no es gratuita, apunta hacia toda una serie de constelaciones en las que el pensamiento en su relación con el cuidado del cuerpo ha sido separado, desvalorándolos y transformándolos; también el cuerpo tiene derecho a comenzar por su propio placer. Así como nuestros juicios, y radicalmente, nuestra manera de habitar el mundo, deben estar totalmente destinas a mantener el bienestar de nosotros mismos, buscar las curas a nuestras enfermedades y dejar de perpetuar las instauraciones universales, Foucault tomará la figura Nietzscheana de aquel que se levanta en el ocaso a partir de una condición revitalizada, y con ello se dirigirá a un análisis histórico-político-social donde aclara que los discursos hegemónicos han instaurado a partir del cuerpo y el pensamiento, los medios de represión que amenazan enjuiciar a partir de castigos. El levantarse refiere a aquel que puede dirigirse a las categorías que dominan su pensamiento y ponerlas en duda, de manera que tendrá que pasar por un proceso de destrucción y reconstrucción categorial desde donde ya sería posible acabar con esa idea del alma como la conciencia que siempre está latente, vigilando nuestros cuerpos para otorgarle un castigo. Castigo que es el resultado del control sobre los demás, sobre la vigilancia que el mismo sistema permite diseñar a partir de los códigos30 que se instauran como mapas que permiten ubicar al otro como un objeto acabado y por ello utilizable, pensemos en el panóptico como la sustitución judicial del ojo de Dios. Cuenta George Duby que la angustia que determina los actos de los hombres en el medioevo refiere a la impronta que ocupa el lugar de la cólera de Dios “la cólera divina pesa sobre el mundo y se puede manifestar en diversos azotes [desastres naturales, cóleras, pestes]. Importa, esencialmente, asegurarse la gracia de Dios… Los jefes, esos hombres de espada en mano, la espada de la justicia, se consideraban los representantes de Dios, los encargados de mantener el orden que se supone que Dios quiere que se respete en la tierra31”. Un cambio de código, una sustitución de poderes que funcionan de maneras similares, recortes y clausura de los espacios abiertos, o sea, de lo que podríamos llamar libertad. Es necesario que vigile un ojo que observa a todos los cuerpos en su desnudez y por ello que sea capaz de ubicar a todos los elementos posibles, precisamente porque el individuo debe encontrarse allí, en un punto determinado y determinable. Cuando la palabra divina amenaza ejerciendo su poder, todos tenían un lugar fijo desde donde ser vigilados, su alma; en la cárcel continúan con dicho espacio de represión, su celda. El sistema penitenciario, viene a sustituir al sistema religioso, creando un nuevo ojo que todo lo pueda ver. Si la cuestión de la culpa y el castigo son creados, son creados por el hombre, y en ese sentido debemos entender que tuvo un surgimiento histórico determinado –como hemos demostrado con Platón, Nietzsche, Duby, Foucault- y en tanto que instaurado históricamente, responde a un contexto, por ello el castigo no puede aceptarse como una disposición universal o general, cosa que muestra que castigar a todos de la misma manera es injusto en tanto que dentro de los casos particulares hay matices que anteceden al cumplimiento de la trasgresión, debemos saber que la Ley que los avala responde a un entorno que ya no es el nuestro. Así, ¿Cómo pensar el problema del castigo generalizado, a partir de que hemos demostrado que todos los culpables se encuentran en contextos diferentes, o sea, cómo acercarse al castigo sin tomarlo como si fuese absolutamente aplicable a todos los contextos? La corriente postestructuralista encargada de sacar a la luz los esquemas marginados por el pensamiento lineal y dominante de Occidente, ha hecho avances importantes respecto a la investigación científica de sistemas en construcción e inestables. Desde sus investigaciones ha quedado un tanto claro que no es posible aprehender universalmente a todo un sistema de objetos, sino que el punto de partida de la investigación será aquel que se ha constituido como objeto de investigación, éste objeto de investigación responde al punto de partida desde donde será pensado, para que desde ahí este objeto sea entendido como un objeto dado en sí.

Para no discutir con el problema que resulta de comparar las significaciones que toma un código en cierta cultura, nosotros optamos por ir hacia su estructura íntima para investigarle en su propio acontecer, en sus funciones, pero no con ello estamos afirmando la existencia de una matriz universal o gestación trascendental. Analizar los acontecimientos desde sus funciones sobrepasa a la pregunta que cuestiona por el ser de la cosa, sobrepasa a la pregunta ontológica, desligándonos así de preguntas racionales y dogmáticas, que, a nuestro gusto sólo violentan al problema mismo. ¿Qué es el castigo? Directriz de la pregunta ontológica. ¿Cómo funciona? Dirección desde la que es posible ver sus apariciones fenoménicas en diferentes acontecimientos. Con esto queremos decir que si investigamos la problemática del castigo desde un solo entorno y a partir de éste pretendemos conocer a los demás, estamos tímidamente cerca de generalizar nuestra perspectiva y caer en un discurso falaz dentro de la sintáctica de la lógica clásica. Pero una lógica sólo funciona dentro de un sistema, al igual que los puntos de partida que se adoptan para delimitar el objeto de estudio. Por ello nosotros investigamos las figuras que aparecen como determinación del castigo, aquellos modelos que determinan lo que será ejecutado y lo que merece seguir viviendo, o lo que debe ser curado por encontrarse “enfermo”. Los prisioneros de Nietzsche traen a colación a toda esta imagen de la estructura social, hay en ella todos los elementos necesarios para describir las funciones que se ejercen en sus diferencias constitutivas como elementos que juegan un papel en toda la escena, donde cada parte puede ser leída de diversos modos y a su vez hacer que los otros sean leídos de una forma distinta, o sea, que esta interacción de diferentes elementos que constituyen un todo –entendido en el sentido estructuralista– nos acerca a la vivencia del castigo en su acontecer mismo. En dicho texto se asoma un Dios hipotético que nunca aparece (posible lectura atea) alguno de los prisioneros que ha salido de las mismas filas en las que se encuentran los demás, se autoproclama el hijo de Dios en su ausencia (lectura anarquista) algunos toman la palabra de éste pero no saben hacia dónde dirigirse (lectura edípica) algunos no hacen caso y continúan con la labor de siempre (lectura ideal-esencialista) otros cuestionan por la validez de las palabras de aquel que habla (lectura científicista) pero también aparece –y hacia esa aparición se dirigen nuestros esfuerzos– la función de la palabra que amenaza con castigar a todo aquel que no deposite su fe en el que se dice hijo de Dios, porque todavía existe algo que los pueda vigilar (lectura política). Foucault ha sido uno de los lectores de Nietzsche que más provecho ha sacado respecto a las investigaciones que se dirigen a la relación cuerpo-dominio-estructura y es a partir de la facticidad que le da forma a su pensamiento, de ahí que la fórmula socrática no sea conveniente para éste, ya que las ideas platónicas tendrán un tinte metafísico. “Vigilar y castigar” será uno de esos textos donde se plantea con mayor nitidez la problemática del cuerpo, el dominio y la estructura. Dominio de la estructura sobre el cuerpo, podríamos aventurarnos a decir, como determinación absoluta de lo que se entiende como libertad e imagen de deseo de la libertad misma que absorbe el quehacer del sujeto al pensarla como mero deseo. La estructura política que elabora los términos bajo los cuales se logrará cierta coerción sobre los cuerpos –sean individuales o colectivos– se afirma dentro de una organización que se mantiene enferma y que por ello es necesaria; tendría entonces que venir a ser la cura, pero a cambio tendrá cada individuo que destituirse de la capacidad o posibilidad que tienen para llevar el control de sí mismos, para levantarse por sí solos revitalizados. La política debe ser pensada como una necesidad precisamente porque sería –tendría que serlo– una cura que pretende ser la solución para mantener la armonía entre las relaciones interpersonales concretas, pero seguramente a todo aquel que nunca se ha tomado el tiempo para cuestionar las bases de cualquier sistema en el que se encuentra –sea por pereza o por servidumbre32- le parecerá el sistema correcto y sin esperanzas de poder transgredir sus principios utilitarios, todos siempre hemos llegado demasiado tarde, pero eso no indica que toda política sea necesariamente así como nos aparece.

Las tareas de los hombres se distribuyen en diversos campos de sentido que sería imposible referirse a ellas como un único posible objeto de estudio –sería demasiado abstracto y parecería metafísico– por ello, a las cuestiones a las que nos referimos en nuestra investigación, asumimos que son únicamente respetadas cuando las observamos desde lo concreto particular. La libertad creada por los sistemas represivos responde a lo que está lejos, a lo inalcanzable y su pretensión es un momento de lo humano, piensan al individuo sin diferencias, como alienado por las masas a las que se supone les hace falta siempre lo mismo. ¿Es que acaso no ven que cada elemento del sistema tiene sus propias necesidades y que incluirlo en una dimensión más amplia, para clasificarlo, lo único que logra es arrebatarle sus verdaderas preocupaciones, obligándolo a necesitar lo que ni siquiera está pensado para él?. Política del consumo, engaño del sujeto que desaparece en el deseo y como todo deseo es lejano, tendrá en algún momento que pensar que el poder es indestructible, ya que se puede desear que las cosas cambien, pero el deseo sigue siendo deseo, por ello ese medio no asegura nada. Así, la forma más poderosa de represión para con el hombre es la vigilancia, la cuadriculación de sus posibilidades y la creación de sus deseos. Y todo aquel que posea el poder de vigilar al otro, irremediablemente ha logrado dominar a ese individuo social. Veámoslo en la religión y en los sistemas carcelarios, analicemos las figuras centrales de las que Nietzsche y Foucault se ocupan, para experimentar que la represión más poderosa sobre el otro, es hacerlo sentir vigilado y poner al castigo como el juicio latente al que estará destinado toda aquel que se intente salir de las líneas de lo Mismo.

Pero existen otras consecuencias en Los prisioneros de Nietzsche de las que todavía no nos hemos ocupado. Ahí aparece una justificación tétrica, el intento por validar la autoridad en otra persona, ejerciendo estratificación sobre la masa que es pensada como un posible objeto de uso. Al verse amenazado por la incredulidad de los otros, inmediatamente el hijo huérfano recurre a la fe, pero esta fe siempre está ligada al poder amenazante que dispone de los cuerpos individuales y sociales, porque convencido de que podrá contar con su voto, promete que todo aquel que no crea en él será castigado pero sobre todo será conocido íntimamente, o sea, será determinado y dominado, el hijo se dio cuenta de algo, y es que cuando perdemos credibilidad hemos fracasado. Las represiones no son sistemas de relaciones, sino lugares de absorción de las diferencias individuales destinadas a lograr una masa uniforme y nada extraña con la cual el poder pueda contar cada vez que se le antoje mirarla, podrá contar con ella porque sólo sirve para una cosa: para la función que ella misma le ha destinado. Pero todas las necesidades responden a diseños previos que refieren a coadyuvar a cierta región particular, porque las necesidades no son necesarias, sino creaciones mismas del sujeto que ha entrado en el discurso de elaboración y fábrica de técnicas específicas y de aspiraciones dominantes. “No deseamos, deseamos desear” dice Deleuze al respecto.

El análisis del texto nietzscheano ha dado como resultado que, toda estructura de poder que se desea apoderar de la capacidad para gobernarse del individuo tiene la carta más valiosa sobre la mesa, y que cuando surge algún movimiento que pueda desestabilizar tal seguridad aquel que desea continuar dominando tendrá que crear nuevos axiomas en su reglamentación para no perder la partida completa. Esta nueva axiomatización debe descansar en bases mucho más poderosas que las que él mismo podría aparentar, de manera que tendría por fuerza que aclarar al Otro que no hay nada más que hacer y que el juicio es determinante. También nos muestra que no es posible transformar el pensamiento, aún cuando tengamos motivos para hacerlo; precisamente porque hay quienes prefieren un suelo seguro y sin cuestiones, que desestabilicen sus creencias, y por ello hacen caso omiso alo que podríamos llamar resistencia individual o social.

 3. La mentira no es un trascendental, sino un problema humano… demasiado humano

Sí, en verdad que existen problemas y no sabemos si tienen solución porque el tiempo embarrado en la historia ha difuminado las condiciones en las que se originó, nublando toda posibilidad de confrontarlo. A través del tiempo le hemos confinado a la lógica la facultad de pensar correctamente, a la historia la facultad de recordar y decirle a los que vienen de qué manera vivieron sus antepasados, según esto para que ello no repitan sus errores. También a la naturaleza la hemos llenado de vigor, hasta convertirla en un apartado más de los archivos donde lo humano deposita los retos vencidos. Pero en realidad todas las caracterizaciones ontológicas de éstos son patrañas, si investigamos la constitución de aquello que nos llama la atención (dirigiéndonos intencionalmente a nuestro objeto de estudio) podríamos seguramente mirar que en cada movimiento general existe un interés personal que lo manipula o que por lo menos prepara el terreno para que acontezca de dicha forma y no de otra. La mentira es un problema humano, y basta con voltear a nuestro derredor para saber que no pertenece al Topos Uranos sino que está aquí, ahora , y acontece en lo humano y muchas veces a favor de unos cuantos. Sabemos que los pensamientos que afirman fundamentos universales han sido tirados por la borda, y esto no ha pasado porque un buen día los filósofos pensaron que ya era hora de fundamentar e inaugurar un cambio en el pensamiento para estar a la moda, para actuar o hablar de unas y no de otras cosas que llamen de mejor manera la atención de los otros. La muerte de lo que Nietzsche llamó Dios ha acontecido porque la realidad misma lo ha exigido, al mostrarle la insuficiencia por explicar ciertas cosas a partir de la estructura determinada de un sistema inmóvil al cual se le sumaban todos los acontecimientos y sus diferencias, para que al final de todo no pasara nada. Comenzar a pensar con todo el cuerpo, con nuestra constitución entera y con ello con todos nuestros medios para deshacernos de la imagen abstracta que todo lo ve, todo lo reduce para sí, que a todo vigila, que hace de los individuos particulares objetos que posee pues al dominarlos, ya no le son extraños y con ello ya no le son problema. Es la imagen de la razón que se ha aliado con la ontología y el fundamento, que no nos han dejado ver que existen entidades que no siempre están frente a nosotros (Derrida33) y que el mundo no está ordenado esperando por una conciencia (Lévinas34). Nosotros recuperamos su estatus de ser ya que vemos en ellas que cuando acontecen, no pueden ser explicadas desde las categorías de verdad o error. Porque la marginación de lo que no aparece, del desorden, sólo nos hace pensar en un aparato teórico robótico, que no quiere reconocer que el error es parte de nosotros, que somos “humanos, demasiado humanos”. El acontecimiento no se expresa mintiendo, el acontecimiento está, ya en el contacto, ya en lo dicho. La mentira es el intermediario intencional que desvía el acontecimiento y lo refiere al yo como interés último. La mentira es una creación que se despliega desde lo humano. Los objetos no mienten, aparecen y al mentir se miente sobre lo acontecido. El lenguaje es utilizado para designar nuestras vivencias, es alterno a la cosa misma y por ello inadecuado para expresar la verdad de éstas, con ello negamos la posibilidad de decir lo en sí del objeto. La negación para decirlo no niega la posibilidad de la cosa, sino lo inalcanzable de aquello que se ha llamado ser en sí mismo. La lejanía de lo en sí mismo, muestra que el Ser es un ropaje que se ha puesto sobre los acontecimientos y que responde a un quehacer humano, a una ilusión, a un hechizo y a una mentira. Ésta pretensión por llegar al momento último de la constitución de los objetos, es una ilusión humana en su afán por ocupar el lugar central del mundo, porque el hombre se ha sentido cómodo en un mundo donde todo lo puede conocer, donde tiene el control sobre las cosas y donde nada le es ajeno, mostrando que no está dispuesto a aceptar una realidad mesurada que no está comprometida con los excesos. No hay que confundir la necesidad que expresa el lenguaje para comunicarnos, e intentar conformarlo como una entidad trascendental o separada, como si fuese autosuficiente e independiente, como si fuese una sustancia.

Si conocemos el origen –modelo metafísico racionalista- estamos en ventaja sobre el Otro, anticipamos nuestras respuestas para que no corra peligro el control que deseamos mantener sobre los demás. Mentir es controlar. El sujeto que está dispuesto a mentirle al Otro ha preparado las premisas que le dirigirá, miente a través de la palabra, utiliza la subjetividad del individuo como un objeto que domina, que lo tiene a la mano. Pero la mentira no sólo corresponde al programa de la ontología, ya que no es ella una cosa en sí, aún cuando se refiere al interés personal de un sujeto que pretende ser el que miente y por ello sí responde a la estructura ontológica que termina poseyendo algo, dominándolo.

El pensamiento desnudo es transparente, y por ello no ejecuta poder sobre lo que dice, es mero lenguaje, un lenguaje que no tiene la intención de apoderarse de las cosas, sino de transmitirlas en un estado neutral.

El lenguaje es una máscara virtual que como humanos le hemos puesto a las cosas, por ello Nietzsche renuncia a la posibilidad de realizar una identificación entre el pensamiento y el Ser.
El lenguaje es el enmascaramiento original del pensamiento y lo es precisamente porque es imposible pensar después de él, pues no se miente al hablar, se miente en lo hablado. No se miente en el Decir, se miente en lo Dicho. Si existe un límite para cualquier análisis, éste es el lenguaje, porque éste es la posibilidad del movimiento del análisis mismo. Ahora, el lenguaje es un medio por el cual los hombres se ubican y ubican al mundo que habitan, las palabras son tropos con los que el hombre encubre a las cosas y por ello cada palabra funciona como una máscara.

María Bettetini ha escrito admirablemente que la mentira “necesita de un ambiente protegido que le permita triunfar enmascarada por numerosos elementos de verdad, dichas con intención de engañar” la mentira se encuentra dentro de un juego de máscaras que intenta se creída dentro de un ambiente dado, pero no toda máscara es mentira.

En el asombroso análisis sobre el genio maligno cartesiano, Emmanuel Lévinas nos hace reflexionar acerca de la posibilidad del mentir, latente en la hipótesis cartesiana, llevándola hasta el grado de pensarla como una entidad escondida entre los espacios de los acontecimientos y que podría convertir los hechos en meras apariencias, obligándonos a renunciar a la posibilidad de la verdad de lo que acontece y con ello de irresponsabilizarnos de todo aquello en lo que nos encontramos envueltos. Si existe una verdad, pero sobre todo si existe lo real, tendrá por fuerza que ser lo que acontece, el hecho de que el Todo se manifiesta en el Uno independientemente de qué individualidad sea ésta. La sospecha que despierta el genio maligno se introduce en el pensamiento para abrirlo, hasta obligarlo a desviar la experiencia pues está infectada de meras posibilidades y se ha olvidado –al intentar entenderla– que antes de dudar de ella no podemos dudar de que dudamos de algo y ese algo es algo manifiesto que tendría que estar ahí. Sólo cuando el pensamiento ha olvidado que duda o no se ha dado cuenta de ello, es que puede continuar dudando, cuando se percata de que en verdad duda, no hay nada más porqué dudar. Esta hipótesis cartesiana es sólo mentira cuando el pensamiento ha quedado embriagado de sí, en el sentido que se ha envuelto en las dudas que le acontecen, y que se atreve a afirmar algo de lo que no está seguro, pues no ha podido asegurar al propio acontecimiento. Mentira que surge de una duda pero que si engaña a alguien éste alguien se ha engañado a sí mismo, se ha ocultado su propia experiencia. La hipótesis del genio maligno es un ejercicio solipsista, y si la mentira es un engaño que no puede ser en sí mismo, porque parece que sólo está dirigida al engaño del otro y del éste último depende que sea mentira o no, en qué momento el pensamiento se ha convertido en otro para sí y entonces poder engañarse… de ahí que mentirse a sí mismo no sea posible.

Lévinas nos enseña a partir de Descartes que la duda no implica estar en la mentira, sino que abre al pensamiento a verse inmerso en muchos de los posibles comienzos, muestra la diversidad de las posibilidades que el pensamiento tiene cuando no ha decidido tomar una decisión específica, para teorizar o hacer tema algún objeto. Por ello la introspección es una comunicación interna que acontece en la intimidad de un sujeto que ha creado un acontecimiento, aún cuando no es un dato para el exterior; la duda nos acerca a la capacidad de observar un mundo sin prejuicios y a su vez nos muestra la capacidad interna que también el pensamiento tiene. La duda nos abre posibilidades de comienzo, abre vertientes, y nos muestra que tomar un camino nos obliga a abandonar otros, por ello lo dicho no puede ser mentira, sino una posibilidad del decir que asiste a su propia corrección y con ello que ha asumido la responsabilidad de no afianzarse como el poseedor de la Verdad al decir del acontecimiento, sino que lo vivido puede ser pensado de otra manera y por ello la experiencia del habla del Otro es un complemento a la visión del mundo que el propio sujeto tiene de sí. Si sólo puedo mentir al otro, entonces antes de mentir lo reconozco como un Tú al que me refiero, y por ello la responsabilidad se quiebra al mentir –lo utilizo como referencia de mi intención– el mentiroso es así, una entidad irresponsable por su entorno. La mentira expresa el acontecimiento de la separación de los sujetos que se disuelven en el propio interés por sí mismos.

Lo que puede suceder es que la hipótesis del genio maligno abra y muestra estos planos que podrían ser impensables sin dicha posibilidad, pero a su vez podrían ser considerados mentira35. Esto es compatible con lo que Bettetini afirma, que es necesario que toda mentira se de a partir de ciertas “protecciones” que la protejan para poder acontecer, pues la mentira en sí misma no es posible. Por principio porque alguien tiene que mentir y además, porque está obligada a ser creída para acontecer como tal. Creer aquí significa ubicar y dejar la duda por un lado, o sea, tomar un camino y dejar los demás. La ubicación es comprensión, estratificación y al ubicar al otro, al abusar de sus creencias, preparamos una especie de cinturón de seguridad para que nos proteja de los actos que ejecutamos y que no estamos dispuestos a reconocer: engañar es controlar y preservar nuestros propios actos. “Es evidente que cuando más se permite el mentiroso aventurarse por la arriesgada pendiente que la mentira expresa, mayor es su necesidad de protegerse con declaraciones de integridad, de bondad, de intenciones y de lealtad, aparte de los gestos de protección del rostro y la boca36”. Arriesgada pendiente pues la mentira en sí misma es insignificante, débil, es un esquema que sólo acontece como predicado, pues necesita ser creída para ser lo que es, pero a su vez, deja de ser mentira cuando se cree. Se miente en el acontecimiento, en la transición que está en medio de la relación, pero se miente al otro. Arriesgada pendiente porque se puede ser descubierto –ninguna máscara es suficiente– porque después de ser descubierto, jamás será posible volver a confiar en él. Enmascaramientos que son anticipaciones a lo que de la percepción puedan significar estas diversas poses. El mentiroso de Bettetini ataca con sus palabras y construye una realidad que no corresponde con los acontecimientos externos, para lograr esto deja que la mentira vaya saliendo poco a poco, como inyectándola en el cuerpo del otro, tal cual veneno placentero. A través de la mentira evitamos enfrentarnos a la profundidad de las implicaciones de nuestros actos, mentimos para preservar un interés personal, dirigido generalmente hacia algo que deseamos conservar por dolor o por nuevos intereses. La mentira abre también nuevas diferencias, nuevos acontecimientos, nuevos enmascaramientos, pero acontecimientos virtuales que despiertan la necesidad de seguir enmascarando. Máscaras sobre máscaras, que difuminan las líneas que dibujan los acontecimientos, y es por ello que algunas mentiras simulan verdades. Pero si la creencia es la puerta hacia la verdad virtual, porque ésta no es sustancialmente algo que subsista a partir de los cambios, y que sobrevive a ellos, entonces una mentira encubierta de máscaras puede confundirse, incluso hasta llegar a instaurarse como verdad. Vigilando a cada paso sus efectos, el mentiroso protege a la mentira con su rostro, le inserta nuevas máscaras, para tornarla invisible pues estará tan cubierta de ropajes que será imposible ver dentro de ella. La figura del que piensa en sí, el ego que nunca sale de sí –egoísmo– explica la base de las distorsiones, los abusos y las malicias que han dirigido a las injusticias humanas en la historia, pero también dentro de las mentiras se pueden esconder realidad que a veces son más desagradables.

4. El acontecimiento de lo oculto es un flujo de diversidades complejas:

Hemos dicho que el lenguaje enmascara a los objetos y a todo lo que se pretende introducir en los códigos desde los que se conviene significación, pero que a partir de ese enmascaramiento no podemos predicar que lo dicho sea mentira, pues para afirmar a esta, debemos tomar en cuenta que el pensamiento siempre interpreta y por ello será difícil analizar a la mentira desde una sola perspectiva, haciendo móvil el análisis de las consecuencias de la mentira intencional. Enmascarar no significa mentir. En el caso del lenguaje la máscara puesta sobre los objetos revela nuestra incapacidad por decir lo en sí de las cosas, pero eso no significa que toda vez que hablamos, a raíz de que el ser último de las cosas no puede ser dicho, estemos mintiendo. En el lenguaje está la capacidad de enredarnos en sus redes, pero sólo cuando se miente esas redes nos envuelven, realizando así la posibilidad que se encuentra en él y agregando nuevos elementos a la estructura de significaciones. La mentira es aquí la actualización de una confusión en la que una entidad (particular o colectiva) ha deseado que nosotros entremos, se miente intencionalmente, la mentira es intención. Hemos dicho que la mentira implica ejercer cierto poder sobre el otro, y que no sólo se resume en querer hacer creer algo, sino en que nos anticipamos a su conciencia pues la pensamos como objeto, al que podemos utilizar a nuestro antojo (el ser-a-la-mano de Heidegger/ el pensamiento absoluto de Lévinas). O sea, que cuando mentimos seleccionamos de qué manera lo vamos a hacer, respondiendo a un nivel de representatividad de la capacidad del otro para ser mentido o no.

A partir del lenguaje también se ejerce una especie de poder preformativo, en el sentido de que a mayor oratoria y estética si nos referimos a alguien quien podamos sorprender, todo lo dicho en adelante tendrá por primer rostro el peso de la verdad, aún cuando en lo dicho se encuentre la mentira (hemos enmascarado nuestros actos). Nuestras experiencias preforman el pensamiento y el pensamiento diseña nuestros actos. Así, la mentira revela cierto poder sobre el que se miente, pues al ser creída e instaurada como verdad se ha logrado gestionar una realidad caprichosa que no encaja con los acontecimientos, pero que sí se suma como una pieza nueva dentro de nuestras interacciones con el mundo. El poder de la mentira está en que se ha creado un horizonte desde donde se experimenta el mundo, hechizando la percepción de aquel que hemos dominado al mentirle anteriormente, que funciona como intermediario entre el engañado y la realidad. Ese filtro por el cual pasa todo aquel que ha sido engañado, es el resultado de los intereses personales de aquel que miente dominando y desplazando su propia condición de estar en el mundo, como posible entidad de percepción. La mentira aquí sustituye a la potencia creativa de la palabra, el mundo se convierte así en una estructura cerrada porque proviene de una construcción dogmática, desde la cual podríamos pensar de la manera como lo hacemos. La mentira entonces será la exposición de nuevos ocultamientos, superposiciones, enmascaramientos y ropajes que afectan al acontecimiento mismo y que diseñan un acontecimiento más.

Así, tener poder o ejercer poder sobre el otro, implica tener la capacidad de confinarlo en las redes propias, en las que conviene hacerle creer. Si el lenguaje está ligado íntimamente al pensamiento y la mentira se expresa intencionalmente a través del lenguaje, entonces es en el lenguaje a partir de lo cual se transforman las figuras que el pensamiento posee y la mentira dirige a su vez al pensamiento a pensar lo que a la intención del que ejerce poder conviene, o sea, del que tiene la autoridad para hablar. La complejidad de esto converge en que los elementos que ocupan estos lugares, no tienen funciones específicas y que pueden advertirse de diversas maneras dependiendo de la interpretación, el contexto, y otras muchas cosas que se anexan a la vivencia en el momento de la confrontación, aún cuando el centro de referencia siga siendo el mismo.

El lenguaje abre un horizonte de posibilidades de experiencia y desde esa apertura nos abre al mundo que a partir de él codificamos. Éstas determinaciones linguísticas del pensamiento hacen sospechar que es posible que al calificarlas como tales, estén desfiguradas realmente y por ello la verdad es una mera ilusión en tanto que intento por tener un suelo seguro absoluto. Pero también en el acto del habla se manifiesta la capacidad creativa del pensamiento. La palabra no es sólo el lugar del sentido permanentemente desplazado, también se configura como un comienzo aplazado (Derrida). La creatividad es un despliegue que expone un ser, es el testimonio de los entes que se desarrollan y no se quedan inmóviles. La mentira en este sentido, no tiene un correlato negativo natural, no es opuesta naturalmente a la Verdad y ésta no es lo mejor o aquello que nos conducirá al progreso. Es posible que la mentira haya sido considerada dañina debido a que a partir de ella toda individualidad tiene oculto en sí algo, y a su vez ese ocultamiento podría pertenecer a los mecanismos de resistencia de los individuos hacia el sistema dominante y por ello inconveniente para los últimos. La mentira en este sentido –como aquello que mantiene algo oculto– evita que nuestras intimidades sean reveladas, posiblemente sea desvalorada por aquellos que quieren el control porque estaría considerada aún como una defensa del individuo.

De todo esto, como muestra de las diversas formas en las que es enfrentada la mentira, las distintas concepciones del mundo se preforman en la estructura que hace del lenguaje una conjunción de diversidades, el pensamiento. Lo que es verdad sólo podría ser así, el mero acontecimiento, que en sí mismo no es bueno o malo, simplemente es. Y en tanto que el Uno es un punto de corte mesurado – que en realidad es un filtro- el sujeto interpreta, pero no como una interacción óntica, accidental, sino que ontológicamente es interpretación del entorno en el que se encuentra y al interpretar reconduce los flujos.

La verdad del acontecimiento se expresa también en el yo relativo, en lo individual de la persona y a su vez en el Todo.

Aquí se destaca la interpretación como potencia creativa que se mueve en la palabra y que transgrede la permanencia obsoleta de lo definido y de lo inmóvil, para convertirse en una práctica repetible que no se configura sino que está abierta, y que en esa apertura chorrean sus presupuestos metafísicos. ¿Qué es lo que preexiste después de la explosión de la ontología dogmática y fascista? La vida, lo vital, el hombre solo que es responsable de todos sus actos y que por ello al hablar se dirige a un Tú.

Sin afirmar un perspectivismo, sucede que cuando observamos algo siempre nos queda algo oculto. Al mirar cualquier objeto algo de éste nos queda lejano y extraño, si recurrimos al dicho lugar sombrío sacrificamos el anterior. Con ello, una mirada general o universal en realidad es imposible. Ya Kant a partir de las investigaciones de los empiristas, especialmente de Hume, había afirmado que nuestras percepciones son experiencias particulares imposibles de generalizar y que se tendría que contar con una estructura trascendental y a priori en el entendimiento que es la que posibilita a todo sujeto la razón. Para Humboldt el pensamiento realiza una síntesis suprema que produce originariamente la unidad del sujeto y el objeto, por tanto nunca hay separación entre la experiencia y el entendimiento, pues son necesariamente correlativas. La diversidad de los elementos que se encuentran en constante movimiento, no podrían ser aprehendidos sino existiera una capacidad para ubicarlos. El ergon de Humboldt será nombrado en lo siguiente mesura, entendida como el arquetipo donde el orden y el desorden conviven. La mesura, como carácter intrínseco a la vivencia donde se identifican el Uno y el Todo. Por tanto, el lenguaje y el pensamiento se conectan a partir de la apercepción kantiana, entendida ésta como un acto lingüístico originario. El objeto mostrado a los sentidos es representado mediante el pensamiento conceptual. Las palabras no serían copias del objeto en sí, sino de la figura o imagen que se ha producido en el pensamiento, aquí se muestra la dicotomía lenguaje-pensamiento y continuamos uniendo al pensamiento, al lenguaje y al yo. En tanto que vivencia y pensamiento no están en contacto directo con el objeto, la primera padece un perfil del mundo y la segunda resulta de la representación conceptual de una idea posada en el pensamiento, toda aparición fenoménica supone algo oculto, pero en tanto que no tiene la intención de ocultarnos algo, sino que aparece oculta, las cosas en sus apariciones mismas no mienten.

4.1.2 Condiciones del acontecimiento del mentir

Precisamente porque la mentira confluye en ámbitos tan dispares y extrañamente lejanos, es difícil saber con certeza si el ocultamiento de lo que pensamos es mentir, si el error de la visión en conjunción con el juicio también lo es, o si la intención que guardamos en nosotros, la falta de fidelidad a un acuerdo y otras muchas cosas más, son mentiras. Y si lo son, porqué lo son aún cuando son tan diferentes. Pensamos que la respuesta depende de la experiencia y ésta última se expresa simplemente, por ello la mentira no responde a un sistema desde el cual se mienta, sino a un momento en el cual sucede, los daños que se puedan ocasionar a partir de allí, entran pues en las implicaciones, donde ya es posible discernir entre posibles juicios de valor.

Según San Agustín aquel que miente es quien piensa una cosa y afirma algo distinto a ésta, aquí la mentira depende de la intención del ánimo y no de la verdad o falsedad de las cosas, pero como hemos demostrado ya que dicha verdad no es posible, el responsable del mentir es aquel que miente ocultando lo que piensa, el sujeto. San Agustín menciona algunas condiciones en las que se miente:

  1.  Para convertir religiosamente a alguien
  2. Por hacer el mal sin algún motivo
  3. Por el simple gozo
  4. Por ayudar a alguien, perjudicando a otro
  5. Por ayudar sin perjudicar a otros
  6. Por animo a la conversación
  7. Salvar una vida

Evitar que alguien sufra un ultraje impuro

En estos casos mentir supone la presencia de una diferencia que se acontece como otro, pero también esa intencionalidad supone cierta representación que se anticipa al acto del mentir mismo, aunque la tercera condición necesitaría una revisión mucho más exhaustiva. Leibniz menciona en su Ethica que es más miserable arrepentirse, creemos que después de ese juicio de valor, o sea, más allá de él, el arrepentimiento no resuelve nada. Si el acto de mentir, el acto en sí, tiene como consecuencia un daño ¿Cómo se podrían arreglar esas consecuencias? Decía un antiguo proverbio oriental que las mentiras son como clavos que se introducen en el alma, que al advenir el arrepentimiento y disculparnos es posible que podamos sacar esos clavos del corazón de los otros, pero que el efecto, la herida que hemos dejado allí, es imposible de borrar. Con ello afirmamos que la mentira en sí misma es neutra, y con ello su valor moral se desdobla en las consecuencias que pueda tener. Analizarla sin valorarla nos da una visión que no se deja alienar por los juicios personales, o que no se reduce a otro sistema de mentiras encubiertas, analizarla así es integrarla a los hechos concretos desde donde podría ser valorada sin arriesgar ninguna metafísica finalista.

La mentira en sí se mantiene en un proceso nulo, pero para qué ocultar lo que sólo perpetúa la miseria de aquel que miente, pues el arrepentimiento es siempre la muestra de que es ya demasiado tarde. La mentira tiene consecuencias en las relaciones humanas, no en su propio acontecer y es en sus consecuencias que debemos valorarla. Sí, como suele decirse, la condición de la mentira supone un acuerdo previo (Derrida refiere a la dimensión perlocutiva del lenguaje) “cuando se miente… se traiciona la esencia misma del lenguaje que son la promesa de la verdad; y por consiguiente, en cierto modo, no se habla, se falta a la palabra37”. Podemos preguntar ¿en qué condiciones subsiste y se expresa dicho acuerdo? ¿El acuerdo responde a un sistema (Ejemplo: a la locución, ilocución o perlocución) que es posible que no todo el que miente tiene conocimiento de éste? ¿Quién o quiénes han determinado los supuestos acuerdos con los que debemos contar? Haciendo una revisión de los mecanismos de comunicación e interacciones humanas podemos vislumbrar que el supuesto acuerdo al cual se puede apelar responde a un esquema anterior a la vivencia de las cosas. Corresponde al establecimiento (en el caso derrideano) del espectáculo de la autoridad que provienen de las reglas del estructuralismo. No pasamos la calle cuando el semáforo indica que es turno para los autos, respetamos las leyes jurídicas y por ello no matamos a cada cual que nos parece no debería vivir. Cada ejemplo que podríamos dar al respecto muestra que el acuerdo antecede a la interacción del acto, por ello el acuerdo no es propiamente mí acuerdo, sino la inaplicabilidad de un diseño anterior que estructura una fórmula tal, donde se incluyen a todos los elementos de un entorno, durante el tiempo que sobreviva esa ley, sin importar los individuos que deben reducirse a su cumplimiento. Existen así determinaciones que diseñan las formas bajo las cuales tenemos que interactuar con los demás –esta no es una relación originaria– contando además de que nos desresponsabiliza de nuestros actos el sistema, pues analizando más a fondo si la Ley nos antecede, tendríamos que mentir bajo un acuerdo que siempre es anterior y no mentiríamos al Otro sino a la Ley misma. El incumplimiento y el embuste no están en mí, sino en la inaplicabilidad del acto a la Ley general, es por ello que debe asumirse el mentir no como un deber –como si obedeciéramos a una Ley– sino como el mentirle a otro que se encuentra ante mí y que mis palabras pueden dañarle hasta el hecho de hacer irreparable el acto ejecutado. Pensemos en Caín que tiene que escapar de su responsabilidad cuando pregunta que si acaso era él responsable de su hermano después de haberlo matado. No podemos pensar que no se debe mentir, sino que asumir que cuando se miente, el que miente soy yo. Con todo esto, es posible que dejemos de pensar el acuerdo como un a priori, porque la mentira acontece en el acto mismo y no corresponde a una dimensión abstracta hacia la que tenga que referir para que tome significación. Llegar a un acuerdo –desplazar del acto a la mentira – implica que es necesario el acto de la interrelación y así no estamos atrapados en el sistema que todo lo piensa ordenado y esperando a que todo se cumpla tal como debe pasar. Los acuerdos son resultados y no imposiciones, por ello es necesario acudir a los problemas para sacarlos de sus protecciones esencialistas, y vislumbrarlos como posibles problemas a resolver. Búscate un problema, decía la filosofía antigua… danos soluciones y si puedes abre otros… exigimos aquí.

4.1.3 Creencia e instauración

La jurisprudencia es la verdadera creadora de derecho, lo que habrá que hacer es evitar que aquellos considerados jueces la monopolicen. Así comienza Deleuze su crítica al sistema político francés38. Con sorprendentes similitudes Noam Chomsky en entrevista al Znet de Alemania realizada el 18 de Mayo de 2005, nos dice que la inmortalidad del capitalismo corporativo y el poder que a ellos fue otorgado por los sistemas judiciales, fue originado por los derechos concedidos a éstos como si ésta fueran una persona individual (ego). Las corporaciones angloamericanas –para dar un ejemplo– son libres de ejercerse dentro de los medios que a cada una parezcan convenientes, “pueden hacer propaganda libremente… y tienen protección respecto a eventuales inspecciones a cargo de autoridades estatales, lo que implica que así como la policía, técnicamente, no pueden entrar a su departamento y leer sus papeles, el público no puede averiguar qué pasa dentro de esas entidades totalitarias” nos dice. Con esto se instaura un mecanismo que supera y rebasa por mucho a cualquier comparación o competencia posible, estos derechos individuales no están dirigidos para un individuo sino para una colectividad que no tiene identidad. Obtienen poder sobre los demás al reinventarse una función como individuo, o sea, al tomar los derechos que le pertenecen al sujeto mismo. Félix Guattari ve en esta dimensión la posibilidad de ejercer cierta presión hacia dichas estructuras. Por ello será necesario reinventar permanentemente a la cuestión de la subjetividad, para que pueda ser compatible con universos de valores mutantes (Guattari, 1992). Estos universos de valores mutantes que pueden, deben y están obligados a reclamar tratamiento nacional obtenido a principios del siglo XX. ¿Cómo competir contra eso? ¿Cómo mantenerse a la par y no llegar demasiado tarde a su encuentro? La fuerza del poder estriba en que es necesario que se creen alianzas en las que diversidades se conectan para llevar a cabo proyectos comunes, utilizando como respaldo el dinero o los bienes del pueblo, (dividido en partidos, en sectores, en trabajos, en secciones, en asociaciones, en servicios, etc.) Es conveniente separar en estratos al pueblo y dominarlos bajo un solo concepto que los mantenga alienados. El poder tiene a su espalda a la jurisdicción que legaliza sus movimientos, les da ese derecho y ellos pueden ejecutar movimientos económicos de un entorno al que en realidad arriesgan. Decía Alfonso Sastre en prólogo a la obra de Peter Weiss “Trotsky en el exilio”, que “sin piedad en el reflejo de los problemas reales: caiga quien caiga… [debe decirse la verdad] para que la verdad se alce. Tal es… la actitud propia de un escritor revolucionario: se trata de agarrar al toro por los cuernos. [porque]… no es la verdad el alma de la revolución? Y allí donde se traiciona la verdad, ¿no se traiciona la revolución?39” Hermosa noción de verdad la que nos regala Sastre, pero hermosa por ser sincera y comprometida, no con una verdad abstracta sino con el entorno en el que se encuentra y con los Otros que le rodean. Escribir para los que no habitan aún el mundo, es verdaderamente escribir, es empezar a coquetear con soluciones. Por ello habrá que analizar las estructuras dominantes y como se conjugan. Quienes son sus líderes, quién es verdaderamente el que se encuentra en el poder y a partir de dónde es que puede ejercerlo. Quizá por ello Deleuze insiste en que el filósofo debe analizar desde la filosofía el entorno político y que éste nos conduce irrenunciablemente a la estructura del capitalismo, de las relaciones políticas, empresariales, de la distribución de las estructuras de macro y micro poder, de sus interrelaciones que nos amagan al mercado y al diseño de la miseria –porque también la pobreza es el resultado del quehacer humano, tenemos que saberlos ya– respecto al inevitable crecimiento del capital centralizado.

En los sorprendentes análisis que realiza junto a Guattari, (1973) Deleuze recupera de Marx la imagen del capital como una estructura dedicada a perpetuar sus axiomas que a partir de un primer modelo, cualquier acontecer que se torne extraño o demás será demolido inmediatamente al abrir el sistema, todo ello para que no pueda escapar a su posible determinación. De esta manera el capitalismo se despliega por encima de los elementos de una sociedad, sus intenciones están destinadas a encontrar las posibles contradicciones que hagan infuncional o pongan en riesgo al sistema, y al encontrarlas se diseñan momentos alternos que hagan de esa extrañeza una familiaridad cómoda de modo que es posible hacer pensar a los demás que en realidad aquello anteriormente considerado exótico, siempre estuvo ahí.

Se instauran axiomas siempre que estos preserven los intereses centrales de las ideas dominantes y se creen cuando han sido puestos en práctica, por ello se bombardea con la televisión, las sociedades secretas, la radio, la moda, los centros comerciales, etc. El sistema crea diferentes regiones que deben ser ubicadas inmediatamente para que no tengan la oportunidad de relegar sorpresas, “así como la cultura aproxima al burgués [con] el aristócrata, ella lo opone al proletariado. Sin duda, existen las becas40”. En las mismas regiones absolutistas se instauran determinaciones que dentro de cada una de ellas se diseñan las diferencias que deben constituir el quehacer del hombre en cada estado. Platón es el profeta de la creación del estado absolutista al mentir a partir de un mito (donde el mito sólo se pensó como el filtro para instaurar tal creencia) y el siglo XI su aplicación fundamental (George Duby hace un excelente análisis acerca de las tres divisiones sociales que dominan el año 1000). Basta con ver al derredor para estar convencidos de esto. El sistema dice: Nunca serás la cabeza de la pirámide por más que te esfuerces (noción que implica que es necesario aspirar hacia lo considerado más alto, o que es necesaria esa idea de la pirámide donde la mayoría trabaja para unos pocos). Jamás podrás levantar tus palabras contra el estado, jamás te emanciparás sobre el poder, recuerda el ambiente social que permea en el mundo en el 68, recuerda que todos tienen precio y sigue pensando que la anarquía es realista porque pide lo imposible.

Sólo basta creer para que se instaure una nueva función social, para que se muevan nuevas relaciones que mimeticen al pueblo o a aquel que recibe dicha imagen que debe hacer funcionar de Otro modo al sujeto dentro del entorno. Sólo basta rendirse para que los sistemas absolutistas que sobreviven a partir de sus mutaciones nos absorban en el concepto petrificado y petrificador. La instauración es una imposición que conlleva mentiras y dogmas, todo ello tendrá como resultados un caos, destrucción hambres y miserias.

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