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El llamado de la vida y la conciencia: una experiencia Bioética para los derechos y las obligaciones sociales
20
Jul

El llamado de la vida y la conciencia: una experiencia Bioética para los derechos y las obligaciones sociales

El presente ensayo se divide en dos partes que son complementarias. La primera trata sobre la interdisciplinariedad que los problemas bioéticos requieren para ser abordados, además de las consecuencias teóricas y prácticas que conllevan. Esto nos lleva a reflexionar sobre una forma muy actual de plantear los problemas, es decir, desde aquella que se encuentra fuera de toda pretensión trascendente o universal. La segunda parte del trabajo aborda dos elementos marginados por las especulaciones sobre las tecnologías bioéticas: la economía y la acumulación capitalista, que alcanzan sólo a un sector de la sociedad. El ensayo tiene como finalidad lograr una conciencia general en la que se esté informado de los derechos y obligaciones que todos tenemos en materia de vida y muerte, siempre tomando en cuenta el horizonte de la legalidad y las posibilidades reales con las que contamos.

Palabras clave: Tecnologías bioéticas, derecho, obligaciones, jurisprudencia, interdisciplinariedad, economía, conocimiento.

ABSTRACT:

The present essay is divided in two parts that are complementary. The first one is about the interdisciplinary that the bioethics requires to be boarded in addition to the consequences that it has in the matter of theory and practice. This takes us to reflect about a very actual way to raise the problems, that is, those that are out of all transcendent or universal pretension. The second part of this piece of work set out a marginalized element for the speculations about the bioethics technologies: the economy and the capitalist accumulation that only manage a sector of the society. The essay has the purpose to achieve a general conscience in which the people are inform of the rights and obligations that all we have in the matter of life and death, always taking of count the horizon from the legality and the real possibilities on which we counted.[1]

Key Words: Bioethics technologies, rights, obligations, jurisprudence, interdisciplinary, economy, knowledge.

* * *

No daré a nadie, aunque me lo pida, ningún fármaco letal, ni haré semejante sugerencia. Igualmente tampoco proporcionaré a mujer alguna un pesario abortivo. En pureza y santidad mantendré mi vida y mi arte.

Hipócrates, Tratados Hipocráticos [2]

Desde su artículo «How medicine saved the life of bioethics», Stephen Toulmin transformó las relaciones interdisciplinarias en materia de bioética. El artículo fue publicado en 1973 y pronto provocó una serie de trabajos acerca de la actualidad y las potencialidades de ésta en términos de acción inmediata e intervención real.[3]Un ejemplo de la complejidad del tema es que hoy –cuando estamos en el último lugar de la historia efectiva, es decir, habitando nuestro presente– no sabemos cómo responder ante cualquier acontecimiento de esta envergadura, ya que no contamos con los elementos suficientes como para decidir por la vida del otro que aún no es o por la de aquel que ya está cercano a dejar de ser. Es más, no sabemos si los conceptos que utilizamos desde hace tantos siglos para referirnos a lo que somos, sirven aún para atender propiamente a estos problemas y a los que vienen. Se nos escapan las palabras ante el advenimiento de la muerte. El artículo influyó de manera inmediata en la separación de las tareas que cada práctica social tenía hasta esa fecha. Esto fue gracias a que el quehacer que venía en crescendo era relativamente nuevo, y por ello se desconocía cuál era el objeto de la bioética, qué lógica le subyacía a su interior, bajo qué principios se manejaba y quiénes eran los encargados de llevarla a cabo. Todos estos elementos que se encontraban en la oscuridad permitieron lograr una disección de la tarea «real» que la nueva materia tenía como futuro, debido a que había un campo medianamente libre en el que se podía mover para teorizar. Fue el libro de Van Renssealer Potter, Bioethics: Brigdge to the future, el que instauró el término y que literalmente abrió el puente para las nuevas investigaciones en materia de medicina en relación con la conciencia ética y moral. Un sinfín de trabajos influyeron para aclarar el quehacer difuso de las diversas disciplinas que creían poder intervenir sin tomar en cuenta a las demás, a decir, la jurisprudencia, la teología, la filosofía, la medicina, entre otras. Se abrió un camino hacia la interdisciplinariedad que tuvo como referente dos horizontes inseparables e insuperables: el estado de derecho y las manifestaciones fenoménicas reales e inmediatas, que exigen tomar las cosas en el tono en el que se dan. Pero ante el desarrollo de una disciplina en gestación, era necesario tener un referente que impidiera que cualquier cosa estuviese permitida. Un documento en lengua española, que ha servido para dar solución a la problemática que advenía, es la «Declaración de Helsinki de la Asociación Médica Mundial», que desde 1964 ha insistido en la aclaración de los materiales humanos como elementos identificables que sirvan de fundamento para discernir entre la vida y la muerte. Estos principios éticos para las investigaciones médicas en seres humanos han sido enmendados por Japón, Italia, Sudáfrica, Escocia y E.E.U.U., lo que nos da una serie de principios sumamente confiables para asumir que es posible proceder en estos temas con justicia y acuerdos racionales generales. Y aun cuando no poseemos nada que nos garantice que la racionalidad podría acarrear consigo mayor bienestar sobre los humanos, sí que es un punto de partida prometedor para pensar en códigos éticos objetivos. Es necesario, para adquirir credibilidad ante estas disputas, que nos hayamos dado tiempo para investigar y pensar sobre las posibilidades jurídicas y «reales» que todo acercamiento al problema requiere. Es así que conforme se fueron acrecentando los estudios y propuestas sobre el tratamiento de la vida en camino y el buen morir, las condiciones se comenzaron a plantear de maneras más complejas, lo que ha obligado a replantearnos problemáticas que desde los orígenes del pensamiento occidental estaban puestas en la mesa y que aún nos impelen: ¿Qué somos? ¿Cuándo comenzamos a ser? ¿Hacia dónde vamos? ¿Qué esperamos de la vida y el mundo?[4]

Estas preguntas no tienen una manera específica de ser respondidas, ya que toda respuesta podría pecar de ser demasiado restrictiva y podría evitar que elementos diferenciales pudieran ser tomados en cuenta, lo que provocaría que hubiera un solo tipo de vida «buena» y que ésta estuviese normativizada por la imagen del hombre dominante. Se trata de acercarnos al problema desde una perspectiva que pueda soportar las diferencias que la realidad nos impone, no sólo de clase, de raza o de ideologías, sino que aborde los diferentes acontecimientos con la salvedad de que éstos serán respetados en todas sus dimensiones.[5]

Los problemas que acarrea la bioética habían sido absorbidos, en su mayoría, por la ciencia médica. Fueron principalmente los médicos quienes decidían si cierta persona tendría que seguir viviendo o si ésta u otra debían o no nacer. El problema es que tales decisiones estaban adiestradas por meros principios subjetivos que no seguían ninguna norma de ningún nivel. A los médicos les hacía falta un conocimiento de los problemas morales que acarrea una decisión ética, y en tanto que desconocían estas consecuencias, la vida pendía de un hilo bastante débil pues, sin ser especulación, la vida estaba alienada a la mera arbitrariedad, es decir, a la irresponsabilidad del accidente.[6]En el tema de la religión y su intervención en estos problemas, sabemos que es una consecuencia de la metafísica occidental la de reducir a su mínima potencia las preferencias personales de los individuos en temas sobre vida o muerte. Los modelos clásicos religiosos están supeditados a la creencia en un origen trascendente fuera de este mundo, que por la vía de la creación ha depositado a las criaturas en él. Pero ante la voz de la Iglesia –como la casa de Dios en la tierra–, los hombres tenemos que callar, porque su juicio es irrevocable. Un ejemplo de ello es el de la mujer que desea abortar: ella está al abrigo de las leyes religiosas que le subyacen para que le permitan llevar a cabo su decisión. Y no debe sorprendernos. Todos los juicios que las religiones sostienen sobre la muerte apelan a la santidad de la vida de forma trascendente, es decir, mirando hacia el cielo y apuntando al reino de Dios. El problema es que desde allí pretenden resolver nuestros problemas mundanos, pero no toman en cuenta en qué niveles de existencia y de circunstancias no podemos generalizar principios ni imponer decisiones. Todas las experiencias que poseemos como nuestras han tenido origen en otras problemáticas, ya que se han originado desde otras circunstancias, por lo que no hay existencia alguna que se acople perfectamente a las circunstancias de otra vida, y mucho menos podemos generalizar a partir de un caso conclusiones que hemos sacado de antemano. Cada circunstancia requiere sus propios términos y sus propios tratamientos. No podemos pensar que para acercarnos a problemas verdaderos sobre la vida y la muerte es suficiente con transportar un modelo a otro y con ello salvaguardar los peligros que pudieran salirnos al paso, por lo que la tarea se convierte en una forma nueva de entender las relaciones entre teoría y práctica. Los problemas de eutanasia y aborto no pueden estar tratados bajo un solo rubro, exigen ser investigados desde sus propios términos y clarificar sus propias premisas. Sabemos muy bien que los fundamentos metafísicos de las religiones proponen subjetividades que se mantienen mirando hacia el cielo y que se olvidan de lo que hay en la tierra, esto es lo que nos han mostrado diferentes filósofos contemporáneos,[7] y que en estos fundamentos universales se disuelve lo particular. De ahí, ¿cómo les puede importar a nuestras religiones la opinión de una sola persona, si es la santidad de la creación la única que tiene derecho a hablar y a juzgar? ¿Qué puede decir una «madre» ante la palabra omniabarcante de los representantes de Dios en el mundo si no es «ella» la que aborta, sino que es su libre albedrío el que estuvo a punto de traicionar la naturaleza de la creación? Estas preguntas nos indican que hasta que las religiones no resuelvan estos problemas, no podrán ser competentes en temas contemporáneos sobre el aborto, la eutanasia o sobre alguna noción de persona. Y esto es porque se han ocupado de encerrarse en sus creencias y han dejado de mirar alrededor. Hoy por hoy, los temas sobre vida y muerte asistida requieren de visiones interdisciplinarias que puedan ser llevadas a su materialización, por lo que cada disciplina con la que contamos puede aportar su visión del problema, pero tomando en cuenta que el proyecto de la vida nos pertenece a todos. Toda disciplina que interfiera en cuestiones de vida tendrá que saber, de antemano, que aquello que está en juego pertenece a lo que se debe realizar y no a lo que se puede pensar. Como dice Rodolfo Vásquez, en la introducción de su libro Del aborto a la clonación. Principios de una bioética Liberal: Si revisamos con detenimiento los orígenes de las formas de pensamiento que tuvo que cargar la discusión bioética, saldrán a la superficie ciertos supuestos que han sido interiorizados por la cultura y que no habían sido aclarados.

La bioética se ha convertido en un discurso multidisciplinario en el que concurren psicólogos, genetistas, biólogos, químicos, sociólogos, antropólogos y juristas y, al mismo tiempo, en una disciplina filosófica por derecho propio.[8]

Esto, antes de ser una problemática en la que se dificulta el diálogo, nos aclara que entre todas las conquistas que han logrado estas disciplinas se puede apuntar a la solución de un problema común: el bienestar humano, y que a partir de la impronta de éste y de lo que podamos pensar de él, es posible comenzar a filosofar. Esto lo decimos porque no debemos olvidar que el centro de atención es claro, aun cuando las formas de solución se nos escapen constantemente o no las tengamos a la mano. Los problemas como la eutanasia y el aborto (que son los que hemos tenido en nuestro foco a lo largo de este trabajo) son unos de los pocos problemas contemporáneos que nos exigen una interacción íntima entre la teoría y la práctica. Éstos exigen ser lo bastante racionales como para dar soluciones plausibles a los problemas, y lo bastante prácticos como para solucionarlos de forma efectiva y competente. Si realmente los representantes de cada disciplina están preocupados por el problema humano, que a todo esto subyace, veremos que las propuestas que surjan en adelante pueden ser compenetradas por otras prácticas.

La alta gama de información y de recursos que implican estas discusiones nos obligan a irrumpir con la idea de universalidad que algunos teóricos ancestrales defendieron, y esto ha originado nuevos tipos de acercamientos cada vez más especializados y específicos, por lo que cualquier elemento de generalización que provenga de una disciplina particular, y que podamos detectar, entrará en la sospecha de que el teórico en cuestión se encuentra al servicio de su disciplina, de sus cubículos y de sus centros de investigación, antes que del bienestar del hombre. Aquí importa la humanidad antes que nuestras preferencias epistemológicas o nuestros centros de trabajo. Pero para poder realizar una tarea de esta envergadura, que pueda ser materializable y que contenga posiciones y posibilidades «reales», hay que poseer conciencia política, de manera que cuando el modelo sea transportado al ámbito donde interviene el poder, no se desvanezca inmediatamente. De aquí que las investigaciones de María Casado sean una conquista sumamente interesante para nuestro tema en cuestión. En su libro Las leyes de la bioética encontraremos las normas internacionales de la bioética que tienen vigencia en la Unión Europea, Argentina, Chile y México. Estos trabajos (donde colaboran Salvador Darío Bergel, Mariana Doberning, Gonzalo Figueroa Yáñez y Ana Sánchez Urrutia) son documentos imprescindibles para las discusiones legales a nivel internacional sobre las cuestiones de vida y muerte, lo que evita que entremos en especulaciones dogmáticas y nos muestra que todos estamos a la orilla del estado de derecho internacional.

Siendo consecuentes con el presente cultural que nos atañe, debemos tener conciencia de los derechos fundamentales de la humanidad, tanto a nivel federal como a nivel internacional. Debemos tener conocimiento de las invenciones biotecnológicas que los diferentes países ofrecen, esto para saber hasta dónde la medicina puede confrontar el paso de la naturaleza sobre nosotros y la violencia de nuestras intervenciones humanas sobre los demás. Poca gente sabe cuáles son sus garantías individuales, qué circunstancias son consideradas delitos en casos de cuestiones bioéticas, cuáles son los derechos de los pacientes, cómo deben informarse y qué tipo de información tienen a su alcance. La normatividad y la jurisprudencia deben estar siempre mirando hacia las nuevas tecnologías y sus aplicaciones a los seres vivos y al medio ambiente, pero también debe ser información aprovechada por la sociedad en general, pues eso mantendrá niveladas las nuevas tecnologías con las posibilidades de las personas por adquirirlas; además, ayudará para que las medicinas producidas por los diferentes países sean utilizadas competentemente por aquellos que las adquieren. Todos estos temas de legalidad nos podrían sonar un tanto sobrados de información, pero debemos tomar en cuenta que a todos nos compete nuestra propia salud y que cuando se nos presenta un caso –sea por los medios de comunicación o en nuestra vida– todos queremos opinar. Debemos hacer saber –y enseñar a interiorizar– que es imposible sostener una disociación entre la bioética y el derecho, que es necesario crear espacios donde los problemas bioéticos no estén dominados por el entorno meramente filosófico-académico o el teológico-metafísico, y ese espacio sólo puede ser el ético-jurídico. Esto nos obliga a pensar a la par de la biotecnología y de la jurisprudencia. La reflexión bioética exige el asomo de la interdisciplinariedad desde una legalidad ética que socialice la biotecnología. Esto indica que debemos estar informados, que debemos conocer para cambiar o transformar el estado de las cosas con la responsabilidad de utilizar el conocimiento para todos, es decir, para el bienestar social, y si estamos conscientes de que cada investigador puede aportar desde su disciplina ciertos principios que nos ayuden a todos para el crecimiento humano y para la derogación de la injusticia o la arbitrariedad, entonces debemos estar conscientes de que necesitamos un programa político que nos ayude a la interacción de todos los que aquí intervienen. De acuerdo con María Casado, debemos lograr una militancia democrática en términos de conciencia biotecnológica, con el fin de que los acuerdos a los que queramos llegar se originen a través de discusiones transparentes y de soluciones consensuadas provisionales basadas en el respeto general,[9] sólo así podremos avanzar en la escucha de todos sin perder de vista nuestro punto central: el bienestar de la humanidad.

II

Rodolfo Vásquez nos habla de dos principios fundamentales que pudieran sustentar la autonomía, la igualdad y la dignidad de los hombres ante el Estado en temas de bioética jurídica. Habla de un «Principio primario de autonomía personal», de la mano de Carlos S. Nino y Mark Platts,[10] que pudiera abrir las puertas para la acción individual, siempre que sus consecuencias no dañaran a terceros. Hay un segundo principio que ha nombrado «Principio primario de dignidad personal», en el que se defiende que no se puede privar a nadie de sus bienes (sean cuales fueren estos) injustificadamente, ni que se puede utilizar a otra persona para obtener satisfacciones personales. De la aclaración de estos dos principios surge necesariamente lo siguiente: hay que obrar libremente teniendo consciencia del otro, donde ninguna acción pueda ser conveniente para sí mismo, bajo ninguna circunstancia. Esto trae a colación una consecuencia interesante. Si lo que se pretende es una libertad que no esté subsumida al Estado, entendido como elemento opresor (aun cuando este sea invertido hacia una imagen positiva), entonces habrá que acercarse a la noción de igualdad desde un punto de vista descriptivo antes que normativo; así, lo que hemos dicho anteriormente sobre el estado de derecho no se sobrepone con lo que decimos ahora. Se puede ser libre, hasta que nuestra libertad ponga en peligro a los demás, y este límite real, esta referencia, sólo puede ser brindada por las leyes que rigen la geografía en la que nos encontramos, de ahí la necesidad de conocer tales leyes y saberlas cumplir.

Si la bioética es, como según James F. Drane opina, un «estudio sistemático de la conducta moral en las ciencias de la vida»,[11]Respecto de los dos principios que propone Rodolfo Vásquez, este trabajo se siente un tanto respetuoso de él, pero hay que aclarar que hace falta un principio fundamental, al que llamaré «Principio primario de la conciencia económica», donde el referente fundamental apunta hacia las condiciones en las que se da una conciencia de tipo bioético y jurídico-social. Para ello, tomaré como base el trabajo que Jorge Veraza desarrolló en su texto Para pensar la opresión y la emancipación desde la posmodernidad,[12]donde nos aclara que no debemos olvidar el elemento del trabajo y las condiciones económicas en ninguna de nuestras especulaciones teóricas, pues justificarían la violencia y la opresión que la clase alta ejerce sobre las clases bajas.[13] Un trabajo que pretende una reflexión ética con conciencia global no puede desajustarse de los mecanismos ideológicos que los sistemas de opresión ejercen sobre las minorías. Esto indica que debemos atender como elemento fundamental los procesos capitalistas de acumulación de derechos por parte de las instituciones que brindan servicios de salud. Que los ejercicios de salud de primer nivel se concentren en las instituciones privadas a las que sólo tienen acceso las clases altas de nuestros países y que, por adición, tendrían que desplazar la esperanza de una vida mejor de las clases bajas, debe ser elemento lo suficientemente fuerte como para hacernos saber que algo anda mal en nuestros estudios sobre el buen morir y el pre-nacimiento. No importa qué podamos defender como lo valioso o el por-venir de nuestras existencias; si no volteamos la mirada para reconocer la influencia de las condiciones en las que las personas que vienen nacerán y qué mecanismos podrían subyugarlos para un crecimiento infeliz, entonces seguimos construyendo castillos en los aires. entonces debe extrañarnos que un elemento tan evidente como la vida económica haya sido tomado con tan mínima importancia.

Tener conciencia económica como conciencia real es tambien uno de los elementos que deben ser añadidos a la discusión bioética contemporánea, ya que nos encontramos en diferentes lugares que poseen diversas formas de legalidad. No hacerlo irrumpiría en un efecto de doublebind: cualquier pensamiento de reconstrucción que pretenda que los demás tomen conciencia de su presente tendría su límite en el momento en el que su modelo de pensamiento es transportado a otra geografía con mayor déficit económico. Lo podemos ejemplificar concretamente. En México, los problemas que suscitan la eutanasia y el aborto no sólo se nos hacen cercanos porque se encuentren dentro de cierta discusión política que está en boga.[14]La gente quiere entender qué es correcto hacer ante un recién nacido con graves malformaciones o ante un pariente viejo agonizante, ya que todo el mundo nace y muere, y casi todas la familias tienen algún problema relacionado con uno u otro extremo de la vida; pero sin una preparación que los haga tener consciencia de los problemas que se asoman en cada caso, difícilmente podrán llegar a una solución de la que no se arrepientan después. Se trata de ayudar a que las personas sepan qué es lo que está permitido jurídicamente para ellos, qué consecuencias traería dar muerte a una persona agonizante, qué gastos supondría mantener a una persona con vida y de qué manera se reflejaría en las que aún quedan vivas. Todas estas cuestiones parecerían inhumanas, pero si se analizan con más detenimiento, nos mostrarán que están pensadas para que las familias no lo pierdan todo cuando ya sea inevitable la muerte del otro. Para hacer que esto sea un horizonte real y materializable, tenemos como respaldo nuestros avances tecnológicos, en términos medicinales, y nuestras conquistas jurídicas, en términos de legalidad; pero debemos poner en tela de juicio si han sido suficientes y si es posible que nosotros, en un país como el nuestro, podamos hacernos de la tecnología necesaria para asumir la vida del hombre como un fin y no como un proceso. No son problemas inmóviles desde los que se pueda encontrar una fórmula para adaptarlos a cualquier circunstancia, antes bien, trascienden a todo fenómeno temporal, ya que tocan las fibras más profundas de nuestros sustentos culturales y humanos. Son profundamente nuestros porque siempre pondrán en tela de juicio lo que entendemos por la existencia, sea cual sea el presente en el que los hayamos formulado.

Nuestros hospitales viven en una cerca social bastante clara, hay una diferencia abismal entre los equipos médicos que están al alcance de las clases sociales. Muchas veces se cuenta con un solo equipo para tratamiento de enfermedades como el cáncer, el sida o para el transplante de órganos, y con un sinnúmero de pacientes que requieren de estos servicios. También vemos que los centros de salud de la clase media cuentan con equipo de primer nivel, pero que se desconocen las formas de operación por las que pueden ser explotadas estas tecnologías. Por ello, hay que acudir a personal especializado para realizar cualquier operación, tanto médica como tecnológica, lo que supone que los gastos se acrecienten y que excluyan a un grupo de personas, especialmente al obrero o al campesino. El presente médico en nuestro país requiere de una investigación seria que tome en cuenta los recursos económicos que se ofrecen, con el fin de auscultar en las posibilidades reales para mejorar nuestra vida y salud. ¿Cuántas personas en Latinoamérica pueden solventar un tratamiento tan largo y costoso como el de una enfermedad terminal? Muy pocos. Y esto es porque también carecemos de programas federales que nos acerquen hacia estas tecnologías, lo que se refleja en la confianza en remedios caseros y en el abuso de la ignorancia. La mayoría de las operaciones que han podido realizarse en el ámbito de la clase baja mexicana han sido solventadas por los programas que la iniciativa privada utiliza como desviación de impuestos. Se accede a un servicio de la comunidad, pero las fibras íntimas continúan en el mismo rubro.

Para tomar conciencia de las tecnologías bioéticas, hay que llevar esta información a todas las clases sociales, con el fin de que tengan conocimiento de las posibilidades que ofrece el Estado, no sólo para tenerlas allí, sino para que puedan tomar conciencia de lo que nos ofrece la tecnología y saber hasta dónde estamos dispuestos a dar y preparados para solventar económicamente. Estos temas son delicados porque vemos que pronto nos hemos inmiscuido en donde la dignidad humana se relaciona con elementos que a veces pasan inadvertidos. La medicina y la tecnología son fenómenos actuales que pueden alargar nuestra vida, pero para tener acceso a ellos, hay que conocerlos. Nos pueden ayudar a morir y vivir mejor, pero muchas veces hay que pagar por ello. Una conciencia económica nos sale al paso y requiere que, a su vez, intervengan con nosotros los economistas de nuestros países. Esto amplía nuestro programa de trabajo, ya que hemos sabido, desde hace mucho, que a los economistas no les interesa el bienestar social, sino la producción económica y el consumo que a ello subyace. ¿Cómo hacer para que estas cosas puedan llevarse a cabo, tomando como premisa fundamental aquello que mencionábamos desde el principio? ¿Cómo lograr verdaderamente que los elementos disciplinarios que intervienen en problemas de salud general estén al servicio de la humanidad? Esto sólo podremos descubrirlo cuando veamos el desarrollo de nuestras intervenciones en el imaginario social, es decir, hasta que tengamos experiencia de la forma en la que logramos interiorizar en el colectivo general la necesidad por el respeto a los demás y sintamos sus efectos.[15]

Finalmente, debemos llevar a la sociedad mexicana y a la sociedad en general los planteamientos que los expertos en este tan complejo tema han podido formular, desde perspectivas que hasta hace poco se juraban enfrentadas, a decir, la teología, la filosofía, el humanismo y la ciencia, debido a que el presente de la bioética nos exige una interacción multidisciplinaria. Estas disciplinas nos parecen opuestas porque no habíamos tomado en cuenta que, antes de nuestras preferencias espirituales y científicas, es de la raza humana, de su entorno y de los seres vivos de quienes hablamos, por lo que ahora se trata de unir esfuerzos para escuchar y analizar aportaciones solventadas en el estudio y la práctica diaria. Así, estos problemas nos muestran de un solo golpe lo lejos que estamos de saber realmente para qué existimos, cuándo comenzamos a vivir, cuándo somos verdaderamente nosotros y cómo nos gustaría terminar.

Es así que es momento de reflexionar que los análisis que involucran a la bioética no pueden darse tiempo para perderse en los laberintos de la especulación erudita o estética. Su plataforma de trabajo son la normatividad y la jurisprudencia; además, deben encontrarse a la par de los avances biotecnológicos, por lo que colocan a la filosofía, a la teología, a la ciencia, la política y demás actores sociales de cara a un trabajo que fácilmente se compara con el que se logra diariamente en los tribunales: hay que decidir pronto y tener argumentos fundamentados para saber hacia dónde nos dirigimos y cuáles serán las consecuencias de nuestros actos. Aquí, es necesario llegar a soluciones concretas que sean el resultado de una serie de argumentos palpables y de circunstancias asequibles para que las resoluciones sean lo más apegadas a las leyes y a la razón. Los problemas bioéticos deben ser atendidos sin olvidar el presente ético, jurídico y económico en el que se desarrolla la contienda, enfrentar acontecimientos reales y concretos con la solvencia necesaria para llegar a lo más conveniente para todos, incluyendo a quien está por venir y a quien está por irse. Sus problemas no son universales ni atemporales, en estas duras circunstancias generalmente no hay tiempo suficiente para abstraerse de los requerimientos inmediatos, por lo que es imperativo «saber» actuar pronto. La complejidad de una circunstancia de este tenor –sea sobre el aborto o la eutanasia– pone en tela de juicio las leyes que se perfilaban vigentes en una sociedad específica. Es necesario tener un problema de éstos a la mano para saber que difícilmente las leyes pueden comprender e incluir a «todos» los casos posibles que la compleja telaraña humana tiene. Sin embargo, bajo esas leyes interactuamos y con ellas tenemos que intentar darle su lugar a la vida que está en cuestión, por lo que la empresa a la que nos enfrentamos es sumamente ardua. La importancia de estos problemas, tomados con seriedad, radica en mostrarnos la necesidad de estar preparados para enfrentar alguno de estos casos. Nadie está exento de ellos. Seamos nosotros quienes estamos esperando morir o alguien cercano, podemos preparar a los que nos acompañan para que, en un momento dado –a la orilla de nuestra muerte, en el caso de la eutanasia– cuando ya no podamos decidir o tener conciencia para tomar un camino sobre nuestra existencia, ellos lo hagan por nosotros y así podamos tener un final que no sea denigrante o tan doloroso. Es de humanos evitar el dolor a toda costa, pero es imposible fingir que el dolor no existe en nuestro mundo, por lo que hay que persistir en mejorar las condiciones de vida y muerte de todos. En realidad, en estos temas oscila nuestra vida. En estos problemas se entremezclan fundamentos teológicos y metafísicos –que afirman que sólo a Dios le corresponde dar vida o muerte a las criaturas–, prácticas políticas –ya que siempre nos encontramos en un estado de derecho con leyes y obligaciones específicas–, además de la intervención de la ciencia médica –en ella se expresan las nuevas tecnologías que también han influido fuertemente para la reconstrucción de nuestra moral–, pero tales problemas se escapan de estos ámbitos pues los exceden, por lo que habrá que hacerlos interactuar responsablemente.

El concepto de vida que siempre está en movimiento aquí es un tema que hasta hace pocos siglos había sido territorio exclusivo de la teología y la filosofía, pues se creía que para abordarlo, había que esclarecer lo que es una persona. Después de la modernización del sujeto –siglos xvii-xix– se aceptó «naturalmente» que aquellos que podían decidir sobre esto eran los médicos, debido a que podían curar o no a los «enfermos». Pero ante la intervención de los problemas jurídicos que acarrea (¿pues quién se siente con derecho para dar muerte a una persona que viene a vivir o para dar fin a la que aún se le resiste el cuerpo?), ninguno de estos fenómenos puede esperar por una fundamentación metafísica u ontológica. No es posible avanzar con muletas en estos problemas, tenemos que ir a la velocidad que la ciencia y la tecnología moderna requieren. Para ello, tenemos el apoyo de quienes han dedicado gran parte de su vida a la investigación de estos temas.

Los estudios sobre las condiciones sociales, educativas, comunicacionales llaman la atención al respecto. Muchos nacen para morir en la miseria y parece que esas razones pueden ser menospreciadas o pasadas por alto cuando hablamos del aborto. Cuando se ponen en la mesa los problemas que traería consigo el tener un hijo en condiciones indecibles, ¿nuestras perspectivas cambian respecto de la vida? ¿Es justo vivir en la miseria en medio de una falta constante y con hambre? ¿A eso le llamamos vida? Muchas preguntas nos saldrán en estas reflexiones y sólo algunas podrán ser contestadas, pero qué mejor que contar con un bagaje más amplio del que tenemos ahora para enfrentar esta terrible realidad en la que no sólo se mezclan ciertos tipos de personas, sino muchísimos tipos de vidas y de posibilidades de crecimiento personal.

¿Quién está preparado para decidir sobre la vida de los demás? Esto nos debe resonar cual si fuere un rayo. Nacimiento y muerte se mezclan en la pregunta, de tal manera que cualquier respuesta nos podría cegar (estamos en el mundo, y es porque vivimos que la muerte se nos hace tan cercana). ¿Son las leyes el límite de las arbitrariedades genéticas? ¿Y quién podría asegurar que las leyes con las que contamos son las idóneas para solventar las vidas que van y vienen de la existencia? Tenemos que ver por qué no aceptamos juicios desvinculados de cualquier contacto humano, ya que es muy fácil pensar que las cosas pueden mejorar y que en la vida se puede sonreír cada vez que estamos sentamos en nuestras butacas y protegidos por la mediocridad. En realidad, éste es un problema serio, y nos incumbe a todos, aun a quien no se ha dado cuenta que para estar aquí, tuvo que pasar por la aceptación de alguien que quiso traerlo a la vida.

Bibliografía :

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Veraza, Jorge. Para pensar la opresión y la emancipación desde la posmodernidad. Crítica a la dialéctica amo y esclavo en Hegel. México: Itaca, 2005.
Otras referencias:
James F. Drane, «Origen y evolución de la bioética en Estados Unidos», en http://www.uchile.cl/bioetica/entre/docs/hisbio.htm.
Stephen Toulmin, «How medicine saved the life of bioethics», en Perspectives in Biology and Medicine, No. 24, 1973.

 


[1] Traducción de Ariadna Hinojosa Vinagre.
[2] Según los traductores de los Tratados Hipocráticos, de la editorial Gredos(Ma. D. Lara Nava, C. García Gual, J. A. López Férez y B. Cabellos Álvarez), esta oposición al aborto parece ser que sólo pertenecía al grupo de los médicos hipocráticos (que provenían de la isla de Cos). Se sabe que en casi todas las polis se practicaba comúnmente el aborto, sólo en Tebas y en Mileto estaba prohibido. El pensamiento griego manifiesta esta libertad a través de Platón y Aristóteles: el primero lo considera una decisión estatal (República 461c/ Leyes 740 d) y el segundo, como una manera de mantener a la población en sus límites (Política 1335b 20 ss.): «Si Aristóteles aconseja que se realice antes de que el feto tenga vida animal, Platón, los estoicos y la mayoría de filósofos y científicos piensan que puede realizarse durante todo el embarazo; sólo los pitagóricos, en opinión de Edelstein (Ancient Medicine…, pág. 17), disienten del resto y niegan la licitud del aborto en cualquier momento».
[3] Stephen Toulmin, «How medicine saved the life of bioethics», en Perspectives in Biology and Medicine, No. 24, 1973.
[4] En ¿En qué creen los que no creen? Umberto Eco pregunta a Carlo Maria Martini sobre el comienzo de la vida humana como tal. La respuesta del teólogo distingue dos conceptos de vida, de la que destaca el de la vida encaminada a Dios (Zoé). El desarrollo de la respuesta trae como consecuencia que estamos arraigados a un cuidado que debemos dar a nuestra vida como seres humanos únicos y supone que debemos tener una idea de lo que somos como existentes. La discusión pone a juicio nuestra concepción sobre el aborto diciendo que no es necesaria ni pertinente en tanto que el desarrollo de nuestra sociedad permite llegar a él, es decir, el aborto es el ejemplo encarnado de la irresponsabilidad con la que se dirige el ser humano actual y no es necesario erigir teorías antes de enfrentarse a los fenómenos problemáticos. Se refieren a cómo es posible llegar a tal práctica si los métodos anticonceptivos están presentes y, por lo menos en algunos países, la educación sexual es constante, lo que nos aclara las desventajas de la desinformación social. En «¿Cuándo comienza la vida humana?», tercer apartado del texto, Eco toma la postura de dejar a decisión de la mujer el aborto, aun cuando quisiera que se evitara, y en «Lavida humana participa de la vida de Dios», en respuesta a Eco, Martini nos aclara que está en contra tal práctica, independientemente de cualquier circunstancia. Estas preguntas también subyacen a la Ética Mundial de Hans Küng, quien en entrevista con medios de comunicación mexicanos, aclara que, antes de entrar en contiendas de este orden, es necesaria una reflexión sobre lo que es el hombre (lo humano). Küng nos dice que la discusión sobre el aborto no tiene su fuente en el comienzo de la vida, sino en determinar cuándo estamos ante una persona; al hacerlo, los castillos que construimos allí verán si sus soportes están preparados para continuar en pie.
[5] Sobre las consecuencias de los discursos mayoritarios y cómo éstos desplazan a las minorías hasta lograr desaparecerlas, véase el estudio de Michel Foucault, La arqueología del saber. México: Siglo XXI, 2005.
[6] Véase de Asunción Álvarez del Río. Práctica y ética de la eutanasia. México: FCE, 2005.
[7] Aun cuando la crítica de Friedrich Nietzsche es suficiente para solventar la afirmación que acabo de hacer, sería recomendable explorar otras perspectivas respecto de lo religioso en el mundo. Para ello, son imprescindibles dos libros que dan mucho de qué hablar: De Wolfahrt Pannenberg, Metafísica e idea de Dios. España: Caparrós, 1999, y de Paul Gilbert, La simplicidad del principio. Prolegómenos a la metafísica. México: Universidad Iberoamericana, 2000.
[8]Rodolfo Vásquez. Del aborto a la clonación. Principios de una bioética Liberal. México: FCE, 2004.
 [9] Véase de María Casado, Las leyes de la bioética. España: Gedisa, 2004.
[10] Véase de Carlos S. Nino, Ética y derechos humanos. Buenos Aires: Atrea, 1989, y de Mark Platts, Sobre usos y abusos de la moral. Ética, sida y sociedad.México: Paidós-UNAM, 1999.
[11] Véase de James F. Drane su artículo «Origen y evolución de la bioética en Estados Unidos», en http://www.uchile.cl/bioetica/entre/docs/hisbio.htm.
[12] Jorge Veraza. Para pensar la opresión y la emancipación desde la posmodernidad. Crítica a la dialéctica amo y esclavo en Hegel. México: Itaca, 2005.  
[13] Podría pensarse rápidamente que estas consecuencias pertenecen únicamente al desarrollo del materialismo dialéctico y que por ello ya poseen un emblema anticapitalista que no puede mirar hacia el presente real y las nuevas formas de conformación del dinero. Pero aquí no se encuentra únicamente Marx filosofando desde las sombras, también es necesario hacer una revisión de la dialéctica hegeliana en su dimensión económico-política para entonces percibir sus consecuencias mayoritarias.
[14] A partir de la entrada de Felipe Calderón Hinojosa a la presidencia de México, los problemas sobre el aborto surgieron cual si fueran hormigas después del ataque a su hormiguero. De repente, todos los partidos políticos, los dirigentes espirituales de diversas órdenes, los sindicatos y demás actores públicos, se vieron obligados a opinar sobre el tema. La cámara de diputados se vio invadida por solicitudes de madres que sentían tener derecho a abortar a un «producto» que no deseaban, pero como debemos esperar, nuestros dirigentes no tuvieron la capacidad de discernir entre los problemas que necesitan atención inmediata y los que no, por lo que dejaron que continuaran sin más. Hace falta, pues, la reflexión que una a estas conciencias políticas, culturales, religiosas y económicas hacia un punto de vista común, y que tenga los elementos necesarios para confrontar sus posibles contraataques. Cuando lo logremos, obligaremos a las zonas directrices de nuestra nación a tomar una conciencia distinta y ver que el problema no está en las soluciones improvisadas, sino en las formas de pensamiento que se distribuyen en la sociedad. 
[15] Una de las experiencias que ha influido en esta afirmación es la que Hans Küng le muestra a Jürgen Hoeren en ¿Por qué una ética mundial?, especialmente en el apartado que lleva como nombre «Globalización». La idea central es la destrucción de la imagen negativa de la empresa como premisa esencial. Generalmente, asumimos que la visión de la empresa es la de producir sin más para obtener mayores ganancias y pasar por encima del que sea para lograrlo. Hans Küng nos dice que al abandonar la visión que afirma que el objetivo de la empresa es la maximización de las ganancias y mostrarles que es posible mantener el bienestar de ésta sin obtener pérdidas, es posible materializar un bienestar común en el que los dos bandos se vean fortalecidos por la competencia mundial. Lo que ayudó a esto fue el haberles mostrado que su incapacidad para ver las consecuencias naturales se revertirá prontamente, haciéndoles perder grandes cantidades de dinero, es decir, buscó los medios para hacerlos reflexionar de manera responsable, tomando en cuenta la presencia de los demás.

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