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Entre la responsabilidad y la indiferencia humana: El caso de nuestro carácter egoísta.
20
Jul

Entre la responsabilidad y la indiferencia humana: El caso de nuestro carácter egoísta.

La idea aristotélica de que el hombre es naturalmente un ser social, hoy en día parece no tener relevancia alguna, o bien, denotar un sentido superficial que fomenta el alejamiento de los individuos en grupos sociales específicos entre los que no es posible la comunicación. Estamos lo suficientemente clasificados y separados en castas, que no es necesario hacer nada para interactuar con los demás, nos basta estar bien con los que nos acompañan cómodamente en nuestra clase social, institución o trabajo; ante esto, los problemas de los demás nos parecen «una bonita extrañeza». Esto es importante para todos porque las consecuencias de esta indiferencia constante son penosas y muy evidentes: al pensar que nosotros debemos ver y cuidar sólo a «nuestra gente» – como solemos decir –, provocamos que existan niños viviendo en la calle, familias enteras hacinadas y en plena pobreza, además de robos y otros tipos de violencia.

Esto se hace más evidente porque ha crecido la escasez de alimentos, muchos carecen de servicios de agua, luz o seguro social; hay cada vez más personas sin educación, sin trabajo estable y bien remunerado que se refugian en las drogas, en el alcohol, que roban o asaltan para comprar comida o medicinas para la manutención de su familia –en muchos casos sólo es sobrevivencia – o hacer algo para asegurar su bienestar, por lo menos, para aguantar para el día siguiente. En fin, que esto no sólo pasa en nuestro país, sino en el mundo entero y tiene su fuente en la indiferencia social y en la constante protección de las propiedades personales. Esto es algo que no podemos negar y que es evidente.

No quiero decir que debamos dar a los demás lo que tenemos, pues eso no resolvería el problema, lo que quiero mostrar a ustedes para que puedan pensarlo claramente, es que nuestros egoísmos han desembocado en marginación y despotismo, y que estas fuentes de exclusión han tenido consecuencias muy graves en diferentes órdenes sociales. Tenemos el «día de la mujer», el «día de la familia», corrientes de pensamiento que defienden sus derechos, la inclusión en la historia del pensamiento de las corrientes feministas, pero no contamos con leyes que obliguen a las personas de clase media, media alta, alta y a los dueños del capital a pagar un salario justo a las mujeres indígenas que vienen de un pueblo lejano, madres solteras, analfabetas, etcétera. De manera que se demuestre que hay una inclusión de sus derechos en el orden jurídico.

Vivimos con leyes que sólo benefician a quienes entramos en el discurso «normal». Las personas cada vez están más convencidas que la absorción o supresión de las diferencias es el camino correcto para la consolidación de las culturas: visitamos pueblos indígenas y esperamos que salgan a vernos como turistas y que acepten su lugar como lo exótico y minoritario que nos brinda un rico momento de placer. Las llamadas minorías están siendo absorbidas como elementos adventicios de un modelo central, lo que permite –al pensarlos como agregados de la identidad mayoritaria– perder toda singularidad. Se está ejerciendo un poder cultural tal sobre ellas, que se les obliga constantemente a la renuncia de sus peculiaridades para ponerse al servicio del turista, del curioso o de la información televisiva.

Las culturas frecuentemente se ven amenazadas por la normatividad, la indiferencia social a lo diferente se convierte en mito y la relación con el otro, en tanto que diferente y al que debemos respetar desde su cultura, ha sido difuminada por los intereses de las trasnacionales, del poder global de lo concreto y único. Pues, qué mejor que darle productos y roles de vida a una sociedad única que no ponga en peligro las premisas que hacen funcionar a los discursos establecidos, le reduciría los costos y ampliaría el mercado.

Toda esta indiferencia se refleja en diferentes ámbitos sociales; por ejemplo, los hospitales están llenos de gente a la que le es difícil mirar sinceramente a otras, porque a diferencia de otros tiempos y contextos, ya los rostros no nos dicen nada. Nos hemos dejado de mirar a los ojos, ahora nos enfocamos a nuestras cuentas bancarias, nuestras pertenencias materiales y nos medimos por ellas. Sobrevaloramos el dinero que muy pocos poseen y les hacemos valer por eso, sin importarnos las condiciones en las cuales lograron obtenerlo.
En las grandes ciudades, seguramente aquel que se presenta ante nosotros se borrará de nuestra memoria y jamás volverá a ser visto. ¿Cuántas personas nos han brindado una mirada en algún momento de nuestra vida y ya no recordamos su rostro? Hemos olvidado a tantos, que ya nos es imposible hacer un recuento de aquellos que tienen alguna información sobre nosotros. El vicio de la actualidad es nuestra falta de memoria (histórica, moral, servicial, etc.), nos desentendemos de mucha gente en cuanto nos dejan de «servir para algo», los tratamos como objetos y, en ese espacio, los definimos como tales. Dejamos que se marchen y nunca nos preguntamos si volveremos a verlos, si en algún momento podremos fortalecer lo que de ellos tenemos en nosotros; casi no prestamos atención a nuestros recuerdos, aun cuando en cada uno de ellos hay generalmente otra persona que les da sentido y contenido.

Si reflexionamos con cuidado, encontraremos que esto es consecuencia de una falta de compromiso y responsabilidad social, y ésta, a su vez, es provocada por nuestro carácter egoísta. Ser egoísta es no darse cuenta de nuestra sociabilidad, de nuestra responsabilidad por la vida de aquellos que nos rodean y no conocemos, es pensar en el mundo como «nuestro mundo», el mundo para los de ahora. Aquel que no tiene la capacidad para pensar en el otro como parte de sí mismo, es alguien que no puede superar el traje hermético que trae puesto y que lo ha encerrado en sí. Ésta es la descripción fundamental del egoísmo: la incapacidad para saber que no estamos solos. El no poder salir de su propio yo y ponerse a disposición de los demás en el diálogo, en la risa, en el trabajo y en todas las cosas que no podemos hacer por nosotros mismos –que en verdad son muchas–, le pasa a quien tiene miedo a estar vulnerable y darse cuenta que el poder que cree poseer en realidad es pasajero, momentáneo, estéril, accidental.

Históricamente, se ha pensado que el gran momento de este afianzamiento, donde los sujetos se han abrigado en su individualidad, ha sido la llamada Modernidad –ubicada desde el siglo XVII hasta finales del XIX–, especialmente porque todas las investigaciones que allí encontramos, entre la ciencia, la filosofía, la poesía etc., se centran en el sujeto como horizonte último de sentido, donde las cosas que tenía la humanidad (especialmente el sujeto) a su derredor se fundaban. ¿Qué quiere decir esto? La ideología que proviene de estos tiempos – y que ha dominado fuertemente el imaginario social – pensaba que fundar al sujeto como espacio donde el mundo toma existencia nos ayudaría a llegar al progreso universal.

Los pensadores modernos promulgaban al hombre como el poseedor de las cosas que le rodeaban, hasta la misma naturaleza tomaba su nombre, y así, el hombre creaba un horizonte artificial del cual él era el rey y dominador absoluto. Este arraigo fue tan fuerte, que intentó dar razones de todo, pero lo único que logró fue antropomorfizar su entorno. El hombre, al querer darle explicación a todos los fenómenos que acontecían en su derredor, al querer entender la naturaleza, la llenó de formas y combinaciones humanas. En sus relatos hacía llorar a las nubes, hacía que el sol se tornara preocupado, hizo hablar a los animales, etcétera; no se dio el tiempo para escuchar a la naturaleza, sino que quiso dominarla inmediatamente, poniendo su figura como centro del universo y del entendimiento. Todo fue el hombre. Así también, la figura de la mujer fue desplazada y sólo podía exigir respeto hasta que fuera protegida por un varón.

Esta lógica tiene su fuente y fundamento en la Modernidad. Ésta indica un lapso temporal, quiere decir «el ahora», y bajo esta idea, nosotros los modernos nos olvidamos del futuro que ya no nos corresponde, que es el de aquellos que todavía no llegan y de los que aún son pequeños, por eso lo descuidamos y poco a poco acabamos con el mundo y con el futuro de sus próximos habitantes. El egoísmo es quizá la forma de habitar el mundo que mayor facilidad nos brinda, en el sentido de que muchas veces preferimos atacar que dialogar, y como en esta época nos hemos enfocado a crear cosas para facilitar la vida (de ahí la importancia de la tecnología, de la industrialización que provoca variadas formas de contaminación), nos volvemos egoístas y convertimos nuestra existencia en un monólogo. Queremos que el mundo sea un lugar fácil para vivir, cuando la vida es una trama muy compleja de relaciones que se van suscitando diariamente y que muchas veces no podemos entender.

La dificultad de vivir estriba en la compleja trama que vamos trazando en nuestro existir, en la imposible condición de decir cuándo decidimos cambiar y hacernos eso que somos ahora, en no tener una brújula para que nos diga hacia dónde ir y cómo tomar la decisión que nos podría brindar bienestar. Y es precisamente la responsabilidad aquella actitud que nos pone a prueba con mayor énfasis en la vida.

El que vive encerrado en sí no tiene tiempo para experimentar ningún nivel de su afuera, sólo trata con aquellos sobre quienes tiene cierto control, pero nunca se expone; la responsabilidad no es un sentimiento que le apasione. Adoptando esta actitud, pretendemos no ver que el otro está frente a nosotros y que esta situación exige dialogar, actuar con responsabilidad y convivir respetuosamente, cosa difícil, pero necesaria. Sólo en las situaciones cuando más desprotegidos nos encontramos, es cuando estamos aplicando los principios fundamentales de la ética.

Cuando actuamos egoístamente, olvidamos que nadie puede realizar sus quehaceres más básicos sin la ayuda –explícita o no– de los demás, en cualquier ámbito en el que nos desarrollemos. Reflexionemos seriamente esto, pensemos cuántas cosas podemos hacer sin la ayuda de los demás. La respuesta será, sin duda, que muy pocas, o tal vez ninguna. ¿Cómo podríamos nosotros solos hacer de lo que nos rodea ese lugar que nos gusta y nos causa placer? Todo lo que tenemos a nuestro derredor ha dependido de otras personas. En realidad, hemos hecho particularmente muy pocas cosas para completar el horizonte del mundo. La mesa sobre la que comemos no la hemos hecho nosotros, el cristal por el que miramos, tampoco; nuestra cama, nuestro lapicero, etcétera son objetos que implican el trabajo de otras personas, que la mayoría de veces no conocemos.

Esto se da así porque el mundo es la suma de todos nuestros esfuerzos, siempre junto con los esfuerzos de los demás. Cada cosa que está en el mundo hace que éste sea lo que es, si quitáramos algo que tenemos frente a nosotros, el mundo ya no sería lo mismo (por lo menos, carecería de eso que estamos quitando), por ello afirmamos que el mundo es la suma de las acciones de todos los que «habitan la existencia», así que resulta imposible estar solo –aun cuando creamos que eso sería excelente–.

Esto nos induce a mantenernos atentos a nuestros actos y dejar de pensar por un momento en nosotros mismos. Lo que exige estar consciente de los otros es la responsabilidad, y ser responsables tiene que ver, como primer momento, con ser libres. ¿Por qué digo esto? Bueno, ser libre y asumir nuestra libertad, como ya lo dijo el filósofo y literato Jean-Paul Sartre, significa hacer, a cada momento, que nuestra libertad se mantenga. Pero resulta, y aquí es cuando la mayoría tenemos problemas, que mi libertad se enfrenta a la de los demás, esto es, que no puedo ser totalmente libre porque los otros también lo son y me limitan. Es decir, mi libertad se pone en duda cuando se presenta la libertad de los otros. Sin embargo, es precisamente este choque de libertades (para no decir también «choque de culturas») lo que guía el buen ejercicio de mis acciones, porque si cuido su libertad, también estoy cuidando la mía; al guiar mis acciones con respeto de las otras libertades, conservo también la mía. Me explico: si tomo como fin a los demás, seré un fin también y no un medio, no seré un objeto el cual puedan manipular como deseen. En ese sentido, si respeto a los demás en su libertad, estaré poniendo las bases para el respeto de la propia y así, también las bases de la moral. Esta argumentación sigue una idea básica que abanderó al existencialismo y otras filosofías que reconocieron a las guerras como las consecuencias de creer en las esencias: el hombre no está hecho como un objeto, es siempre un proyecto de vida, y como tal, se hace poco a poco, con cada acción, con cada pensamiento, con cada forma de relacionarse con los demás. Cuando aceptamos la condición del hombre como proyecto, no podemos ya esperar a que nuestra capacidad de abstracción lo determine, y entonces nos disponemos a presenciar su ir y venir, su construcción, su cambio a cada instante. Son los principios abstractos, las generalizaciones, lo que ha perjudicado a la humanidad entera. A cada caso concreto, su necesaria atención; cada cosa debe ser tratada como una singularidad, no como una parte de un todo general. Hemos visto que por mantener y tratar de llegar a ciertos ideales, principios metafísicos o trascendentales, se han presentado muchas muertes. Esto se explica porque, al mantener el pensamiento con vistas a tal principio o ideal, lo que no está englobado en él se vuelve adventicio, no importa, no es visto, no es pensado y, por lo tanto, es rechazado y eliminado. Si, por ejemplo, un país quiere ser el más poderoso del mundo, sin duda alguna, no le importará atacar a los demás para lograrlo, porque ante tal ideal, esos otros países se convierten en un medio. También, si nosotros pensamos que el sentido de la vida es hacernos y mantenernos millonarios o poderosos, utilizaremos a cualquier persona para lograrlo. Bajo esta lógica seguramente podremos entender por qué no hay paz y armonía en el mundo. El problema entonces es que bajo nuestro egoísmo subsumimos a aquellos que forman parte de nuestra vida y a quienes pronto aparecerán como herederos del mundo.

Consecuencias del egoísmo

Hemos dicho ya que el egoísmo es la lógica de aquel que se concentra únicamente en sus problemas y en sus intereses. Ser egoístas también es utilizar a los demás para lograr nuestros cometidos y poner nuestras pretensiones antes de cualquier cosa. Supone auspiciar la violencia, es decir, obligar a alguien a hacer algo que no quiere, actuar como el origen de un daño que es ejercido sobre los otros; eso es ser violento. Los mayores males del mundo se han hecho bajo esta perspectiva: los hombres inventan más y mejores máquinas de destrucción para el dominio de territorios, o muchas veces, sólo para pasar a la historia. Hay quienes invierten millones de pesos en maquinaria sanguinaria y quienes se enorgullecen de que sus creaciones sean más fáciles de usar y tengan consecuencias sin precedentes. Como ejemplo tenemos la inversión anual de Estados Unidos en «armamento verde», que es mayor a la que Inglaterra, Francia y España hacen juntos.

Así, aceptar el egoísmo es negar aquello que nos hace humanos y que, al final de cuentas, es fundante en nuestra actitud para con el mundo, aun si pertenecemos a religiones o culturas distintas. Como lo mencioné, no son las diferencias las que logran evitar el diálogo y el respeto mutuo, sino nuestro egoísmo. El egoísmo, en tanto que es una actitud personal y que aísla al individuo, se encuentra en nosotros, en nuestro interior, por lo que, para superarlo, se necesita que cambiemos nuestra forma de pensar y que estemos dispuestos a escuchar atentamente a los demás. Si lo hacemos, las cosas estarán mejor cada día.

La indiferencia es la que funda el rechazo a la responsabilidad, pues logra separar a los hombres en islotes y exclusividades, provocando que cada casta esté concentrada en la conservación de los suyos aun sobre los demás. Pero si alguien argumenta desde su religión o desde sus ideales para hacer mal a los demás, seguramente no ha asumido coherentemente su propia situación de diferente, eso que le hace merecedor de respeto por parte de los demás.
Podríamos pensar para el caso la tesis que ha trabajado desde hace varios años Hans Küng respecto del diálogo entre religiones: sobre la posibilidad de un encuentro entre ellas con base en principios éticos coincidentes y con posibilidad de hacerlos universales, que es fundamental para abordar esta problemática. Para lograr esto, Küng piensa que es necesario recuperar el sentido mismo de las utopías y patentar el rescate de una ética preparada para el siglo XXI que se ponga de frente al problema del mal. Según él, hay que divulgar y promocionar los valores de la sociedad actual, que únicamente es posible mostrando puntos de comunión entre los diferentes actores de toda sociedad. El mundo agoniza, el planeta es destruido por los hombres, la sociedad teme y vivir así es terrible, nos dice Küng.

La ética de la responsabilidad planteada por este pensador apela a lograr un nuevo orden mundial a partir de la posibilidad de erigir acuerdos comunes que vinculen los valores de las diferentes sociedades. Los acuerdos sólo se logran por el diálogo, pero en este caso, habrá que dialogar a partir de las leyes que a cada cual orientan en un entorno de respeto mutuo. Valores vinculantes, criterios inamovibles, reconocimiento de actitudes básicas, son los fundamentos que pueden erigir la pretensión de Küng, ya que estos acuerdos tendrán que respetar las necesidades y los principios de cada sociedad e individuo. La ética de la responsabilidad no es un modelo religioso ni una imposición dogmática; si fuese un modelo religioso, las personas que no tienen creencias religiosas quedarían fuera, y si fuese una imposición dogmática, la ética pretendida sería imposible, porque antes de ser una actitud, sería una obligación. Cualquiera de estos dos modelos se encuentra integrado en un plano univocista y aprehensivo que, antes de transformar las interacciones entre los hombres, se les impone tiránicamente y los lleva a la desorientación y al solipsismo que se quiere evitar. Si intentamos una ética basada en leyes generales, las opciones para la deliberación entre los integrantes serían nulas, todos estarían obligados a actuar de una sola manera para todos los hechos posibles; además, la ética pretendida cumpliría con la estructura de las instituciones y se antepondría una obligación jurídica o legal a las decisiones sinceras de los sujetos. Precisamente por ello, Küng evita institucionalizar la ética, porque sería una construcción abstracta, general, que tendría que ser aplicada a todos los casos posibles de la misma manera y sin restricciones. Por ejemplo, cuando Schopenhauer critica a Kant desde un caso de ética que es radicalmente concreto, vemos entonces que el imperativo categórico tiene límites bastante graves y esos límites salen a la luz desde los casos singulares y las condiciones en las que nos vemos envueltos casi a diario. Así, ante la imposibilidad de erigir una ética general, es necesario llegar a acuerdos particulares que respondan a las necesidades que cada cual tiene frente.

Los acuerdos fundamentales son el fruto del respeto por las diferencias, suponen avanzar hacia una nueva dimensión de lo humano, es decir, implica reconocernos más humanos que nunca. La finalidad es encontrar momentos mediados por la jurisdicción – y no fundados en ella – donde las relaciones éticas no se encuentren alienadas por reglas, por imposiciones, sino que se vean como modos de actuar. Debemos reconocer que a pesar de cualquier creencia, cualquier religión, cultura, grupo social o clase, el mal puede menguar y podemos tomar acciones que hagan emerger lo verdaderamente humano, lo que posibilita esa vida por la que los grandes personajes de la historia han trabajado. Umberto Eco y Carlo Maria Martini tuvieron una discusión al respecto y me gustaría retomar una de sus preguntas. Decía lo siguiente: “¿sobre qué basa la certeza y la imperatividad de su actuar quien, para fundar la cualidad de absoluto de una ética, no pretende hacer un llamado a principios metafísicos […], ni siquiera a imperativos categóricos universalmente válidos?” Bien, la respuesta se basa en que, fundamentalmente, somos «seres en el mundo» antes que católicos, budistas, judaístas o islamistas, y como habitantes de éste, tenemos la obligación de cuidarlo, junto con todo aquello que contiene. Decir que somos «seres-en-el-mundo» antes de cualquier preferencia religiosa, indica que anterior a lo que hemos hecho de nuestra existencia, hacia dónde la hemos dirigido, qué hemos hecho en ella, cada uno de nosotros está en el mundo, en el mismo mundo, lo que nos relaciona radicalmente con el entorno, los paisajes y las cosas que nos rodean.

Sin embargo, podemos preguntarnos: ¿por qué entonces sucede que existen o han existido tribus o grupos étnicos que han practicado el asesinato, la humillación o el canibalismo? Pensemos en concreto por qué las culturas mesoamericanas fueron sometidas por los conquistadores españoles, o cómo manejan su política países como Estados Unidos e Inglaterra. ¿Por qué ha sucedido esto? Lo que sostiene Eco, y concuerdo totalmente con él, es que hay un olvido del concepto de «otro», que se ha restringido culturalmente para resaltar el de comunidad tribal. Así funcionan conceptos como el de nación, pueblo, cultura, democracia, entre otros, que subsumen al individuo en totalidades abstractas. Bajo estos conceptos ocultamos al otro y lo convertimos en número, en estadística, en terrorista, en problema (piénsese en los inmigrantes en todo el mundo) al que hay que eliminar. De esta manera ha trabajado, por ejemplo, la relación gobernante-gobernado, donde este último no puede determinar ya la mayoría de las acciones de sus gobernantes, a pesar de que éstas les afectan directamente a ellos. En el nuestro y otros muchos países del mundo, los ciudadanos ya no son personas o individuos, sino sólo números de la democracia que son utilizados para colocar a un gobernante (o figura gubernamental), que funge como el soporte para que los intereses de grupos específicos puedan desarrollarse sin encontrar algún obstáculo en el camino. El egoísmo que el poder hereda a los individuos se refleja en la desatención al horizonte, en el hecho de pensar que sólo se es feliz cuando uno «solo» vive en la opulencia y el bienestar social.

Responsabilidad de nuestros actos

La posible solución es, pues, el reconocimiento de nuestras diferencias, de la presencia del otro, que puede ser cualquiera que está frente a mí, junto o próximo a aparecer. Lo afirmo porque la aplicación directa de este pensamiento es la responsabilidad, y ser responsables significa eliminar aquellas posiciones egoístas que perturban la convivencia humana. Las personas que son responsables obran bien, sin importar qué tipo de moral les es vecina. Es decir, no hacen daño sólo a quienes están cerca, sino también a aquellos que no conocen y que nunca conocerán, aun cuando este comportamiento no les aporte los mayores beneficios. Ser responsable es pensar en el mundo como horizonte compartido, dejar de pensar en el yo para comenzar a pensar en el «nosotros».

La responsabilidad sugiere hacerse cargo de lo que pasa en nuestro derredor, respetando la perspectiva del otro y pensando en que todo lo que hacemos trae consecuencias a futuro, es decir, debemos buscar que las sociedades del mundo puedan progresar moralmente, instaurar el bienestar como condición de toda relación posible. El egoísmo de los hombres ha administrado mal los bienes de las sociedades en las que se encuentran, y esto nos ha llevado poco a poco a un inminente desplome de la tierra, a un materialismo, a un individualismo que ya está provocando un caos. Si continuamos pensando sólo en nosotros mismos, la desesperación de los que menos tienen y que buscan medios para sobrevivir desembocará en más asesinatos, mentiras, traiciones, robos y daños constantes, haciendo del mundo en el que nos encontramos un lugar inhabitable.

Vivir un cambio fundamental en nuestra forma de actuar podrá enfrentarnos directamente al problema de la desorientación axiológica en la que nos encontramos y que posibilita, a su vez, la extinción de la especie humana. La transformación de la mentalidad de los hombres, una verdadera apertura al mundo, seguramente nos hará conscientes de que ni la economía ni la política pueden por sí solas resolver los actos de corrupción y abuso de poder entre los hombres, porque ser mejores es un ejercicio que nos compete a todos. Por ello es que nosotros, las empresas, los políticos, las religiones, todos aquellos que ejercen el poder, debemos prestar atención a los movimientos que incitan al respeto mutuo, porque ello nos llevará a pensar de manera distinta y actuar conforme a lo que el hombre merece.

Pienso que nuestra tarea es dejar de pensar que el hombre es un medio para lograr un dominio técnico y reconocer que es aquello que le da sentido al mundo, que es el fin mismo de su entorno. Si no queremos que el mundo entre en un declive que ya no tendrá salvación, entonces habrá que ser verdaderamente responsables. Las personas socialmente responsables deben administrar rectamente la razón, lo que supone que hay que pensar las cosas con mucha mesura y poner atención a las consecuencias de nuestros actos. Hay que avocarse siempre, aristotélicamente, a evitar excesos de cualquier tipo, ya que éstos pueden convertirse en vicios y llevarnos al desastre, o al daño hacia quienes nos rodean.

El diálogo que convoca la diferencia

Para lograr una transformación en el pensamiento colectivo, es necesario dialogar con los demás. Pero dialogar no significa hablar solamente, como muchos podemos pensar; significa escuchar al otro, entender desde dónde me habla y respetar su posición cultural, que no implica tolerar sus caprichos. Diálogo proviene de los términos griegos dia: dos, y logos: habla, razón. Indica que dos personas están dirigiéndose la palabra racionalmente, con congruencia y respeto, lo que indica que no se están borrando las ideas sino fortaleciendo entre dos personas. Si no optamos por esta actitud, en realidad nuestro hablar será sólo un monólogo. Generalmente, creemos que con el hecho de convencer a los otros en medio de una argumentación más o menos correcta, ya hemos hablado con ellos. Esto es un error. En el habla, los hombres brindan sus pensamientos, nos dan de sí algo que no podríamos ver a simple vista; sacan a la superficie su espiritualidad, sus experiencias, el mundo que jamás veremos porque siempre seremos el mismo cuerpo. En el diálogo estamos a disposición del otro, es antes él que nosotros, pues es aquel que no soy yo el que dispone hacia dónde va el camino. Ninguna teoría del conocimiento podría adelantarse y no equivocarse sobre el rumbo que tomará cualquier diálogo, por ello gran parte de la epistemología occidental lo ha marginado o se ha ocupado poco de él, pues podría venir a ser el lugar donde las teorías son más vulnerables. La filosofía occidental ha caído en los excesos que el camino del conocimiento le ha brindado, y ha desprestigiado a sus diferentes por temor a escucharlos. El horizonte del conocimiento donde los hombres se han erigido como dioses, da generalmente como resultado un deseo de apoderarse de lo que tenemos frente, de dominarlo y de anticiparse a los demás. Un diálogo verdadero afirma las diferencias y aleja esta violencia del dominio, la violencia de irse siempre preparado para sacar el mayor provecho de nuestras relaciones, violencia que sólo es el resultado de nuestra dimensión ontológica en el mundo. Pero recordemos que cada uno de nosotros somos aquello que se construye viviendo, por tanto, estas formas de relacionarnos nacen y acontecen en y por nosotros. Si hemos actuado así, es culpa de cada uno de los hombres que así se presentan en el mundo; no hay teoría que pueda justificarlo.

El diálogo invita a afirmar el respeto que cada singularidad exige, es decir, es el testimonio de que no hay leyes generales que puedan instituir a todas las relaciones posibles entre los diferentes hombres, sus diferentes culturas, credos o preferencias sexuales. Para dialogar, hay que hacer un esfuerzo por aprender del que nos habla, tratar de respetar sus códigos culturales, sin perder los propios. En el diálogo acontece el respeto, que es el espacio donde se caracteriza la distancia entre mi propio yo como sujeto y la subjetividad de aquel que no soy yo. Al respetar a los demás, nos mantenemos en una relación verdadera que sólo se posibilita instantáneamente. Sólo las relaciones donde media el respeto entre los hombres son verdaderas, porque en ellas no se cosifican a los elementos que integran la relación. El respeto no es una regla que antecede a las relaciones, sino que surge en medio de la experiencia de los que están hablando para comunicarse y enseñarse algo; las reglas se establecen pero en el devenir del diálogo.

Es importante recordar que el diálogo realmente se da cuando escuchamos, cuando aceptamos que aquello que proviene de fuera anteriormente nos era inalcanzable, hasta que algo o alguien lo ha brindado para nosotros. El diálogo pone en el mundo el acontecimiento ético y responsable por excelencia, porque se ubica en medio de lo social, en medio de lo diferente sin anularlo. La ética sólo es necesaria en un mundo habitado por hombres, y éstos se miran y escuchan en medio de una cultura que comparten. El diálogo lo que hace es testimoniar los puntos en común entre los hombres, pues los abre y prepara para la comunidad. Sin embargo, hay que aclarar también que no podrá haber este diálogo si no estamos interesados por el bien común; sin ello, ninguna ética podrá ser posible.

Los acuerdos a través del diálogo.

El diálogo, tal y como lo hemos caracterizado, permite el logro de un tipo especial de acuerdos, aquellos que respetan las necesidades y los principios de cada sociedad e individuo, de manera tal, que los rasgos comunes que se encuentren no violenten las diferencias. Estos acuerdos permiten hacer conciencia de que nuestras relaciones con los demás son de interdependencia, lo que implica la búsqueda constante de una vida en armonía no sólo con nuestros congéneres, sino con el resto de los seres vivientes; así aseguramos la sobrevivencia del mundo para el futuro. Estos acuerdos también permiten que, al hacer conciencia, emerja de nosotros la responsabilidad en cada una de nuestras acciones, porque de ellas se desprenden implicaciones que tienen efectos reales en los demás. Asimismo, en esa búsqueda que mencionamos de la libertad, procuramos no tratar a nadie como no nos gustaría que nos traten, es decir, no trataremos a nadie jamás como un medio, ya lo dijo Kant, sino como un fin. Debemos fomentar la sociabilidad en un sentido más profundo, que atiende al hecho de que no estamos solos y que dependemos de los demás; que toda la humanidad es nuestra familia y no sólo quienes están cerca y llevan nuestros apellidos. La exigencia para lograr un nuevo orden mundial está en el hecho de comenzar a pensar en el «nosotros» antes que en el «yo», al que tan acostumbrados estamos, con ello veremos que la comunidad es un lugar más amplio y confortable que el simple yo solitario y convaleciente. Está en nuestras manos llevar al mundo a un nivel de vida mejor, más justo y más lindo para los que vienen en camino.

A manera de conclusión.

Cambiar nuestra forma de pensar supone transformar el mundo en el que vivimos, porque así provocaremos la responsabilidad que tenemos todos para con el planeta. La finalidad no es obligar jurídicamente a los hombres para que se cuiden, sino hacer ver que los principios mínimos para la sobrevivencia de los hombres deben apuntar hacia el cambio de pensamiento, que permita la eliminación del egoísmo. Los valores que sustentan a la humanidad deben estar basados en consensos básicos, en puntos comunes mínimos relativos a valores que nos vinculen, a criterios que no puedan ser alterados cuando se traspongan a otra cultura, lo que nos obliga a tener ciertas actitudes morales fundamentales; esto es lo que nos dice Hans Küng, y lo que hay que buscar es llevarlo a la práctica de maneras no violentas; se trata de que se nos haga común tratar bien a los demás, que no pensemos que es una obligación el tener respeto, amor o cercanía hacia los demás, sino que sea un deseo fundamental, lo bastante arraigado a nosotros como para no darnos cuenta lo bien que hacemos del mundo para los demás.

Si logramos respetar la dignidad de las personas, estaremos reconociendo el derecho que portan y entendiéndolos como hombres y mujeres que pueden transformar el mundo. Necesitamos de todos, aquí nadie es más necesario que otro, todos somos necesarios en el mismo grado pero de formas distintas. Esto es un elemento de orden kantiano recuperado actualmente por Küng y que trata de evitar la utilización del hombre como simple objeto, como medio para obtener algo. Cuando hemos hablado aquí de humanidad, recuérdese que más que un término peyorativamente romántico, significa luchar por una vida guiada por el bien, significa evitar el mal y luchar por la preservación del hombre y por mejorar su calidad de vida.

Todo esto tiene que dislocar esa actitud de indiferencia en la que se funda el egoísmo, porque la indiferencia ante la vida de los demás no respeta la vida, la indiferencia evita ser un hombre afable y abierto, obrar con justicia y hablar o actuar desde la verdad, respetar y amar a todos los hombres del mundo. Pero al desnudar nuestro pensamiento, como ya lo he explicado antes, toda actitud de indiferencia, todo egoísmo y maldad son enfrentados, y el otro es reconocido como tal. Porque desnudar al pensamiento permitiría comenzar desde cero, es decir, donde no estemos interferidos por precondiciones o prejuicios que nos incitan u obligan a odiar a los demás. La desnudez del pensamiento intenta destruir los intereses egoístas que han interiorizado los hombres, para que a partir de allí, las relaciones entre ellos no se encuentren atrapadas en daños y mentiras. Hoy en día ya no podemos actuar con base en nuestros propios intereses, pues esto elevaría el nivel de los conflictos con los demás; pero tampoco podemos actuar con base en rígidos y cerrados principios universales, pues incurriríamos en un moralismo absoluto, en la misma indiferencia ante los demás. El objetivo de lo que he venido diciendo se dirige hacia la aplicación de la ética, del ejercicio de la responsabilidad más allá de los libros, que no se quede en una mera prescripción erudita que sólo pertenezca a un círculo reducido de la sociedad. Por ello he buscado, durante estos últimos años, un contacto primario con los empresarios, con los políticos, con las iglesias y con todos aquellos que pueden ayudar de alguna manera en la aplicación de este pensamiento. De nosotros depende que el pensamiento no se limite a meras relaciones académicas ni teóricas, sino que se aplique a una realidad concreta que es el mundo. Es necesario ir hacia la causa real: la indiferencia y el egoísmo que implica esta actitud, para ello se propone el diálogo, siempre antes que el solipsismo.

Aquí no sólo se incita a la interacción con los hombres, sino con todo lo que nos rodea. El hombre depende del mundo, en el sentido que necesita comer, respirar, caminar, moverse. La aplicación de la responsabilidad toma como fundamento el reconocimiento de la necesidad del otro como otro, como lo diferente; no el amor, pues el amor es algo que damos después, mientras que la responsabilidad es algo anterior a todos nuestros actos. Si esto no es así, ¿por qué nos apenamos cuando encontramos de frente a una persona que pide limosna con un niño bajo su pecho? ¿Cómo evitar ese dolor que nos causa el hambre personificada en los miles de niños africanos? ¿Por qué recordamos el Holocausto como el acto más vil de la humanidad hacia sí misma? ¿Qué provoca ese movimiento de vergüenza ante la destrucción de países, de culturas enteras, sólo por el petróleo y la estupidez de un gobernante que se cree dueño del mundo? Esto se debe, sin duda, a la presencia clara de lo humano, de la falta de responsabilidad que a veces nos caracteriza y nos reclama un cambio de pensamiento y el ejercicio de la responsabilidad. Frente al otro, al conocido o al que no conozco y del cual no espero nada, estamos humanamente obligados a ser responsables. Éste es el momento en que todas las pretensiones de hacer el bien tienen cabida y cuando la ética exige, por sí misma, que su validez se mida en cuestión de aplicación.

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