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La filosofía intempestiva
20
Jul

La filosofía intempestiva

La filosofía nietzscheana representa una crítica radical a todo fundamento, a aquello que ha hecho de la cultura occidental un pensamiento metafísico, religioso y moral; que ha logrado invertir los valores vitales, por un resentimiento injustificado. Nietzsche critica a la cultura que lo envuelve a través, primero, de la influencia que recibe de Arthur Schopenhauer, de quien retoma un concepto clave para toda la filosofía posterior: la representación. También lo envuelve el poder creativo de Richard Wagner, a quien consideraba una especie de reformador del pathos trágico clásico, y de quien destacaba el entusiasmo creador. La obra influenciada por estos pensamientos es El nacimiento de la tragedia en el espíritu de la música, de 1872, donde analiza, como filólogo, el origen de la tragedia y, como filósofo, los elementos que han podido dar origen a la cultura occidental. El punto de anclaje de tal obra lo representan dos conceptos: lo apolíneo y lo dionisíaco. El primero aparece como aquello de lo cual surge la figura, el orden, la medida y la razón, y que se expresa tanto en la epopeya como en la escultura; lo dionisíaco se refiere a la embriaguez, la renovación, la desmesura, el ímpetu, la vitalidad, y que se expresa tanto en la música como en la poesía lírica. El dios Apolo representa «aquella mesurada limitación, aquel estar libre de las emociones más salvajes, aquella sabiduría y sosiego del dios-escultor». Por su parte, lo dionisíaco «descansa en el juego con la embriaguez, con el éxtasis. Dos poderes sobre todo son los que al ingenuo hombre natural lo elevan hasta el olvido de sí que es propio de la embriaguez, el instinto primaveral y la bebida narcótica»[1].

Para Nietzsche, la importancia del arte griego antiguo, su grandeza, descansaba en la fusión o armonía entre lo apolíneo y lo dionisíaco. La tragedia, por ejemplo, muestra el elemento apolíneo en lo escénico y lo figurativo, y su parte dionisíaca se manifiesta en la música, en los coros. El arte griego tenía como base, pues, y lo hacía grandioso, esta unidad de lo preciso de la razón (lo apolíneo) y la fuerza de la vida (lo dionisíaco), hasta que el filósofo Sócrates inaugura una filosofía que somete esta fuerza vital a la razón. De esto surge la metafísica (Platón), que subestima el mundo real, el de la naturaleza, la vida misma, en función de uno estático, suprasensible, que es falso. De ahí que su filosofía sea una propuesta de «transmutación de los valores», que recupere el mundo real, el de lo dionisíaco, y delate el nihilismoque Platón fundó y que después el cristianismo instituyó. Por ello, dice Nietzsche, «Sócrates y Platón se me revelaron como síntomas de decadencia, como instrumentos de la desintegración griega, como pseudogriegos, antigriegos»[2].

Como le había pasado a la ciencia, que investigaba y se enfocaba a un trasmundo falso, inventado, Nietzsche se distancia de su gran amigo Wagner porque su Parsifal le pareció una obra con muchos ecos del cristianismo, una sumisión hacia éste. Así lo expresa, precisamente, en Humano, demasiado humano, donde comienza a distanciarse también de Schopenhauer y critica fuertemente a Sócrates. Esto muestra la intencionalidad primordial del pensamiento nietzscheano: desfondar a la metafísica, a la religión y a la moral, porque su base fundamental radica en la inversión de los valores vitales. Esto es filosofar a martillazos, con pólvora en la tinta, para agitar y destruir los cimientos de todo antivitalismo: del platonismo y el cristianismo.

Cuando Nietzsche planeaba esta filosofía, vino a su mente la prédica del «Übermensch» (superhombre): «Escuchadme, os diré qué es el Superhombre: el Superhombre es el sentido de la tierra»[3]. Así como nos consideramos una superación de los monos, el Superhombre se plantea en estos términos: como la superación del hombre. Se trata de un hombre que ha sabido eliminar aquel espíritu de venganza o resentimiento contra la vida, que bien ha engendrado y distribuido la metafísica occidental y el «platonismo popular», es decir, la religión cristiana, en un pacto mortal entre verdugos y esclavos.

Esta idea engloba la actitud de un hombre que sabe de «la muerte de Dios»: «Antaño, los crímenes contra Dios eran los máximos crímenes, la blasfemia contra Dios era la máxima blasfemia. Pero Dios ha muerto, y con él han muerto esas blasfemias y han desaparecido esos delitos»[4]. Esto significa el arraigamiento del hombre a la tierra, de donde un día, ante el miedo a ella, fue arrancado para vivir sólo en la esperanza de «un más allá» vacuo, a través de lo cual el cuerpo fue perdiendo sentido, y era entonces un deleite verlo «casi muerto de hambre». A esto es a lo que llama Nietzsche un «espíritu libre», que se asume libre de ataduras metafísicas, de aquel mundo onírico de la nada.

La muerte de Dios conlleva la ausencia de sentido, del reconocimiento de los valores vitales, del devenir, de la «voluntad de poder». Para Schopenhauer, la voluntad es la voluntad de vivir, que implica un impulso irracional, ciego, que domina a la naturaleza y pretende sólo su perpetuación. Por eso propone el alejamiento de este impulso, la renuncia y la práctica del ascetismo budista. Sin embargo, para Nietzsche la voluntad es de poder: una fuerza vital que nos obliga a ir por más. La vida es, por ello, una fuerza impulsora. La voluntad de poder es aquel dinamismo natural, del que la vida es su revelación; la voluntad de poder es creación, aquel impulso que busca la forma superior de lo que existe. Así, Nietzsche se presenta como el filósofo vitalista más radical, más póstumo, y más próximo a nosotros de lo que creemos.


[1] Nietzsche. El nacimiento de la tragedia. Madrid: Alianza, 1973, pp. 231-233.
[2] Nietzsche. Cómo se filosofa a martillazos. Madrid: Edaf, 1985.
[3] Nietzsche. Así habló Zaratustra. Barcelona: Biblioteca de los Grandes Pensadores, 2002.
[4] Ibídem.

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