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La humanidad se tendrá que hacer responsable de La vida y su entorno.Crea en dios o no.
20
Jul

La humanidad se tendrá que hacer responsable de La vida y su entorno. Crea en dios o no.

La larga historia de la humanidad ha estado marcada por infinidad de crisis, no hay duda que ahora, en el principio del siglo XXI, seguimos inmersos en el mismo entorno hostil y problemático, la diferencia quizás sería que las consecuencias de la situación actual afectan, para nuestra desgracia, cada centímetro del mundo; lo cual nos hace cuestionarnos por el futuro no sólo de los que ahora habitamos el mundo, sino sobre todo de aquellos que aún no han llegado. Somos testigos de nuestra época desafortunada por la falta de entendimiento entre unos y otros que provoca guerras no sustentadas por ideas.

Sino por intereses particulares o de grupo; injusticias en extremo que ponen en peligro, irónicamente, a los que más tienen, haciendo del mundo un verdadero caos que nadie quiere.

Ante tal evidencia es vital preguntarnos si acaso necesitamos a Dios para resolver los problemas que nos aquejan a todos y, si afirmamos dicha necesidad, tendremos que contestar entonces a cuál de las miles de interpretaciones de Dios nos referiremos. Puede resultar difícil que en estos tiempos se acepte la grandeza sólo objetiva de Dios, esa concepción necesariamente aceptada por la razón y la fe de cada ser humano, puesto que ahora es más fácil concebir a Dios inmerso en el mundo, no fuera de el, comprometido con la realidad histórica en la que no hemos conseguido la vida justa, a pesar de que la humanidad se ha desarrollado en el paraíso terrenal. Posiblemente el Dios anhelado puede ser aquél que lucha tenazmente contra el caos que siempre nos amenaza, para buscar el bienestar común, la solidaridad, lo que deseamos tal como la justicia y la paz, o en otras palabras, el Dios de una humanidad reconciliada capaz de unir todas las culturas y teologías; un Dios que no divida a la humanidad sino que la haga consciente del concepto de responsabilidad y sea capaz de enfrentar los efectos del obrar humano y, por tanto, asuma las consecuencias de su conducta, que por desgracia no ha sido favorable para la vida; un Dios que tenga la capacidad de introducir en las culturas y en la gente valores y estructuras responsables, que conduzcan al bienestar de la humanidad y al cuidado de su circunstancia.

Sin embargo, creo que es fundamental pensar que a pesar de la certeza de la existencia o no existencia de Dios, el discurso sobre la responsabilidad seguiría siendo el mismo, lo cual significa que la humanidad debe preocuparse constantemente por los efectos del obrar. La responsabilidad significa asumir las consecuencias de la conducta de cada quien y la de la sociedad en general; se trata de una responsabilidad común asumida, como diría nuestro amigo Hans Küng, como una visión utópica de la realidad que deseamos, no como algo no aceptado por Dios, sino como una proyección de él en el caso que exista. Con Dios o sin él, debemos apelar a una filosofía política que privilegie a la vida y la justicia de todos y no de unos cuantos, como ha acontecido históricamente, más bien, la búsqueda debe ir encaminada al beneficio de todos y de su circunstancia. El objetivo no debe de ser anular a ninguna creencia en particular, por el contario, se trata de construir una filosofía de vida que una a cristianos, budistas, musulmanes, judíos, o de cualquier otra religión o creencia. De esta manera, la responsabilidad debe ser común a todos, por lo tanto, debe ser elemento de unión y reconocimiento con el “otro”, pues en el mundo en el que vivimos todo se une y todo se diferencia a la vez, de tal forma que se realiza una libertad que lleva como límite la <<libertad de lo diferente>>, o como lo diría Emmanuel Levinas, al enfrentarnos al rostro demandante del otro, él es quien nos demanda responsabilidad recíproca.

Esta responsabilidad hacia el otro nos obliga a reflexionar con la historia concreta de los seres humanos, pues es ésa misma la que nos interpela para comprender a través de los tiempos los fenómenos de poder, ya sea político, religioso, económico, científico o cualquier otro construido por los seres humanos y que han tenido, en su mayoría, la finalidad de lograr privilegios personales o de grupo. Constantemente se ignora el rostro de las mayorías que reclaman justicia y que se identifica, si se quiere, con la palabra de Jesús, un Dios encarnado, o bien, con otros dioses y pensadores que han vivido para los demás. Si Dios existe, no podemos aceptar que Él desee que existan verdugos y víctimas, situados en un contexto de desigualdad económica y social; ahora bien, si sucede lo contrario, es decir, si no existe Dios, con mayor razón nadie debería desear tan tajantes divisiones, puesto que los que terminarán perdiendo serían los que representan a la minoría y que son justamente los que detentan el poder y la riqueza, tal como lo está revelando nuestra realidad actual a través del crecimiento de la violencia, traducida en secuestros, robos, violaciones, asesinatos y un sinnúmero de ejemplos.

1. La necesidad de Dios como misterio,
Ante la ignorancia que nos caracteriza como humanidad.
En este siglo es fundamental establecer nuevos puntos de referencia en la filosofía y en la teología, más aún en todo el conocimiento humano, por ello más que poner en duda el concepto de Dios, lo realmente esencial es interpretar lo que se ha pretendido con el discurso de Él, a favor de la humanidad. No hay la menor duda de que a pesar de los grandes errores que han cometido muchos de los representantes de las distintas religiones, por tal razón, se nos hace indispensable la reflexión sobre las aportaciones de cada discurso que versa sobre lo que, se supone, ha dicho Dios para interpretarlos a la luz de los conocimientos que ha logrado la humanidad. Podemos partir del silencio de Dios, como lo dijera Saramago, porque nadie lo ha visto, de ahí su misterio; con frecuencia se ha querido darle sentido a ese silencio por medio de interpretaciones humanas porque, de alguna forma, se ha intentado representar, aparentemente, la voluntad de Dios de distintas formas. Según mi consideración, se puede interpretar el silencio de Dios como una liberación, pero también, como el sentido de responsabilidad que debe tener cada identidad –tanto individual como colectivamente-; una responsabilidad capaz de unir todos los disertaciones sobre Dios, por distintas que parezcan, e incluso, la opinión de los que no buscan fundamentar a la divinidad.

Si asumimos, al mismo tiempo, a Dios expresado como silencio y a la responsabilidad de nuestra conducta como seres humanos, nos atendremos necesariamente a los conocimientos que vamos adquiriendo a través de los tiempos, conocimientos que desde el siglo pasado han venido cambiando el pensamiento de la humanidad en general. En suma, más allá de creer en Dios o no, tenemos que aceptar nuestra realidad cambiante para poder lidiar con nuestros pensamientos, pasiones y sentimientos que nos distinguen como humanos y que son el producto de nuestros conflictos por la diversidad, aparentemente caótica; además, podemos decir, hemos mesurado la realidad, a través de los tiempos, gracias a esa misma diversidad, por medio del lenguaje, los conceptos, las palabras y nuestras posibilidades de comunicación. Es ésta mesura la que nos permite tratar de entendernos entre unos y otros; sin embargo, está posibilidad de convivencia se ha ido perdiendo frente al desencanto producido por los resultados que se han tenido de los ámbitos económico, político, científico, religioso, etc., y por la falta de responsabilidad de éstos frente a la mayoría. La incertidumbre provocada por el cambio que se da en nuestra realidad y en el universo en general, aunada a la ignorancia que nos caracteriza ante la inmensidad y diversidad de la realidad, nos convoca a ver a Dios como un misterio y a la vida como espiritualidad, aún a pesar de que insistamos en crear un mundo diferente al que tenemos.

Si Dios existe como silencio, podemos pensar que fue el creador de la diversidad no sólo de pensamientos, si no la de todo lo que nos rodea y que podemos mesurarla por medio del pensamiento, así como definir y construir lo que como seres humanos seamos capaces, como ha acontecido hasta ahora y en toda nuestra historia Aún experimentando la irremediable necesidad de asumir el silencio de Dios, podemos, a través del conocimiento, aceptar que cada uno de nosotros y de todas las cosas, no conformamos identidades aisladas sino identidades unidas a toda la creación; es decir, que siempre permanecemos unidos aún conservando nuestra individualidad de sujetos. Ahora bien, gracias a ese conocimiento que nos da cuenta de que a través de la historia las mayorías han sido oprimidas, surge la necesidad de la responsabilidad, ello como resultado de la transgresión a la naturaleza, a la vida, al planeta. Pensar que se puede vivir alejado de todo lo que nos rodea, se convierte en una de las muchas fantasías que se han pretendido construir por medio del pensamiento, esto nos ha dividido en castas, en pobres y ricos, poderosos y sometidos, contrariando lo creado por Dios o por la naturaleza misma que supone nuestra unión como posibilidad de existencia en el pasado, en el presente y en un posible futuro. Con lo anterior se muestra como el pensamiento nos puede dar la capacidad de mesurar nuestra realidad o, en su defecto, dividirnos y sumirnos en un ambiente de lucha constante.

Pues bien, el punto de partida puede ser que los seres humanos podamos reconocer que queriendo o sin querer, por medio del pensamiento, hemos tratado de trasgredir a la naturaleza, creando, así, el mal que se identifica por medio de poderes hegemónicos como los religiosos, políticos, económicos científicos, psicológico, filosófico y muchos más que no han traído beneficio sino sufrimiento, creando, de esta manera, el caos que históricamente hemos intentado evitar. No sólo es el ejemplo de Auschwitz, si no la explotación de África, Latinoamérica, Afganistán, Irak, Egipto, Palestina o miles de acontecimientos que en la historia de la humanidad sólo han dado muestra del benéfico a unos pocos, olvidando a las mayorías. ¿Será que Dios no sólo está en silencio sino además es ciego?

Ante una alarmante inequidad que ha marcado a la humanidad históricamente, Dios omnipotente se quedará con los poderes hegemónicos. Pero el Dios que deviene, el que permanecerá involucrado con la creación no sólo del hombre, de la vida, del pensamiento, sino de todo lo que nos rodea, será el Dios en silencio que puede liberarnos de las ataduras para hacernos responsables de nosotros mismos. Para los que crean en un Dios como misterio, se podrá considerar que Él estará cerca de cada uno de nosotros para orientar nuestra propia conducta dejando desplazadas a las religiones, ya que se puede afirmar que nadie ha visto a Dios y, por lo tanto, nadie puede decir que Dios exista o no.

Si Dios existe y está en silencio cerrando los ojos para no ver lo que hacemos, o si Él no está a nuestro alcance, nuestra capacidad de conocimiento, entonces, parece estar limitada y sin posibilidad de conocer todo, por eso el concepto de Dios deja de estar en cuestión; lo que está en juego es la vida, el planeta, todo lo que nos rodea, y es exactamente eso lo que nos interpelan para crear una ética que este a favor de la vida de todos, donde la llave de oro será no hacer a los otros lo que no queramos que nos hagan.

Dios tampoco puede estar solamente relacionado con la religión, pues si así fuera, las iglesias no perderían popularidad –como ahora-; éstas sólo interpretan a Dios como algo relativo a nosotros que es trascendental y que está más allá de nosotros mismos, con poderes absolutos y una bondad infinita. Contrario a lo que podría pensarse, esta concepción de Dios, como resultado ha traído la mayoría de los problemas y los males que ha padecido la humanidad, porque si Dios existe, más nos convencería que fuera un Dios de libertad, de ética, constructor de un devenir creativo capaz de otorgar a la humanidad la posibilidad de pensar y auto crearse, en pro del bienestar para todos.

Constantemente se puede ver que las religiones, ante su lejanía con Dios, han preferido aliarse a los poderes hegemónicos del mundo que han oprimido a las mayorías, para sustentar su poder espiritual y económico,

Aprovechándose de la ignorancia y del miedo que provoca el movimiento interminable de los sentimientos humanos y de todas las cosas, que trae consigo la incertidumbre en la vida y en lo que nos rodea. Si Dios tiene el poder infinito y la bondad infinita, tendrá la solución a nuestros problemas pero, como ha estado en silencio, nosotros sólo podemos hacernos responsables de nosotros mismos, asumiendo que como humanos hemos creado el mal y la maldad que se contempla históricamente y que ahora está poniendo en peligro la existencia de todo el planeta tierra. Creamos en Dios o no, tenemos que asumir la realidad si en verdad queremos una vida buena para todos, dejando a un lado las interpretaciones de Dios benéficas para los intereses y conveniencias de las religiones y todos quienes pretender sustentar el poder.

No cabe la menor duda que Jesús de Nazaret se enfrentó al pensamiento elaborado por los humanos, al defender la vida de justicia que todos anhelamos. Él más que divino fue humano, vivió en la diversidad, en la pluralidad de sentimientos, de pasiones, conoció el mal y el bien, y con esperanza -o tal vez con desesperanza- ofreció para los pobres un mundo diferente cerca de Dios, todo esto frente a la imposibilidad aparente de crear un mundo justo en la tierra por la avaricia, la corrupción y la maldad que ha prevalecido en contra de la mayoría de los seres humanos. Pero Jesús como muchos pensadores, han luchado para que el discurso de Dios se humanice y tenga resultados a favor de todos, por eso Él es un ejemplo que ha perdurado por más de 20 siglos que, por desgracia, ni la Iglesia sigue por estar ocupada en acciones vacías que las alejan del compromiso solidario con los pobres del mundo. Las relaciones humanas que pretendía Jesús eran a favor de la salud de la gente y la de su bienestar no sólo material sino también espiritual, pues Él comprendía lo cambiante de nuestras pasiones y sentimientos, de ahí que lo que predicaba de Dios era a favor de la vida y de la humanidad, comprendiéndola desde este mundo y no de otro alejado de nosotros, esto ilustraba a un Dios presente en nuestra realidad, inclusivo de los creyentes y de los no creyentes.

2. La importancia que tienen
El siglo XXI la relación entre filosofía, teología y ciencia.
Si Dios está en silencio y nosotros nos encontramos en un devenir, en el planeta y a favor de la vida, nos podría ayudar, en estos tiempos, la unión del conocimiento humano en general, para entrelazar dicho conocimiento a favor del entendimiento humano, con el fin de aceptar nuestra responsabilidad para buscar el bienestar de todos como propuesta ética de toda la humanidad.

Por una especie de costumbre académica, se han establecido límites ontológicos a cada ciencia, como si fueran átomos que no se pudieran relacionar con lo que existe a su alrededor, límites que ven como una blasfemia el acercarse a otros conocimientos por miedo a contaminarse. En la actualidad, conocimientos como la física, la química y la biología, entre otras, de alguna u otra forma han aceptado que el estudio que los convoca es el del devenir, o sea, el movimiento lineal y circular de su objeto de estudio. La filosofía y la teología en el siglo XXI se encuentran en un gran proceso de rompimiento con la gran Ontología, son éstas las que se ocupan de acercar al Ser metafísico o a Dios al mundo como entidades que se relacionan con todas las demás, en un devenir donde la historia, el presente y el futuro de la humanidad se encuentran para aceptar que todo está unido y separado en una realidad diversa, plural, con un grado de incertidumbre que se puede mesurar por medio de pensamientos traducidos en conocimientos.
Ahora bien, el silencio de Dios nos da la ventaja de encontramos con la libertad de acercarnos a las ciencias y a las religiones, porque lo que versa sobre Dios puede humanizarse y entrar a formar parte de la realidad que sufrimos, una realidad que está en devenir y que la palpamos en la vida, en el cuerpo humano, en la tierra y en todo el cosmos. Si dejamos atrás a la Ontología, que mira hacia un Dios que interviene con omnipotencia en la vida, y nos dejamos orientar por la filosofía y la teología nos podremos enfrentar a una realidad caótica en apariencia, además, estaremos ante un Dios que mesura el cosmos para que existamos como identidades que se complementan unas a otras, que juegan con el azar provocado por el movimiento, con un Dios que deviene con sus hijos. Por ello, nuestra propuesta al respecto es que no existe el conflicto entre ciencia y religión porque Dios creó al devenir que produce la vida, el pensamiento, las pasiones, los sentimientos y las relaciones de nuestra circunstancia siempre presente; pues así es la realidad y así la tenemos que padecer, aunque neguemos o no la existencia de Dios.

Al unir la ciencia, la teología y la filosofía en el siglo XXI, el conocimiento se unifica, se construye una filosofía que trabaja con la realidad en devenir que ha creando lo que está a nuestro alrededor, que incluye la vida, el pensamiento y sus consecuencias. Mucho de este trabajo lo podemos conocer a través de la filosofía de Friedrich Nietzsche, que sin conocimientos de la física, la biología y la química actual, pudo unir desde su primer libro, El nacimiento la tragedia, a lo apolíneo y lo dionisíaco, lo cual representaría el principio para interpretar filosóficamente al devenir por medio de dos grandes pensamientos la voluntad de poder y el eterno retorno, por ello, pongo a su consideración la visión de este pensador alemán, para enfrentar la realidad de ahora en adelante, para aceptar la responsabilidad compartida de todos y buscar por lo tanto el bienestar de la humanidad.

3. Una propuesta filosófica al futuro
Es incomprensible lo comprensible que puede ser el pensamiento de este filósofo póstumo. Se ha escrito una enorme cantidad de textos inspirados en su obra, que pueden asombrar por su erudición, pero sorpresivamente poco se ha escrito sobre lo que realmente era su postura filosófica, pues partía de la física, que no es la ciencia que ha caminado de la mano de la filosofía, y menos de la teología. Nietzsche manifiesta “Viva la física” como una muestra para interpretar el límite de su postura, y la única forma de leerlo. Sabía las dificultades de comprensión que enfrentarían quienes se acercaran a sus escritos. No obstante, sus propuestas son comentadas y es citado por una gran parte de los estudiosos del mundo en los últimos 140 años.

Un ejemplo que nos pudiera acercar a la física actual, considerando a ésta como el estudio del devenir, y por lo tanto el pensamiento integral de Nietzsche, se encuentra en el pájaro más pequeño que conocemos: el colibrí. Lo muestra admirablemente don Alfonso Reyes: “La realidad resultó superior a toda expectativa y a toda posible descripción. Y aumenta el encanto de la aparición la circunstancia de que este diminuto ser es inasible. Semejante a las imágenes del sueño, aparece cuando menos se le espera, y huye cuando más nos atrae. La mano del hombre sólo puede tocarlo una vez que ha muerto. Es decir, cuando ya ha perdido su principal encanto, aquella vivacidad de que sólo hace gala cuando anda en su reino florido”.115 Aquí se encuentra la descripción de la realidad de la cual somos partícipes y que Nietzsche empezara a comprender desde sus escritos de juventud, como lo muestra en El nacimiento de la tragedia o Grecia y el pesimismo.

La experiencia nos muestra la dificultad de encontrar en la vida personas tan honestas, íntegras en su pensar y actuar como lo fue Frederick Nietzsche. De ahí su fuerza para hablar del Cristianismo, Wagner, Platón, Hegel, Kant, Razón, Ser y, por qué no decirlo, de todo lo que intentara matar al colibrí o quienes han tratando de detener por medio del pensamiento al devenir cósmico. Muchas fueron las fuentes de inspiración de Nietzsche para integrar su pensamiento –que debiera ir más allá del siglo XXI, por la vigencia que muestra día a día–: Beethoven, Schopenhauer, Heráclito, el siglo XIX, su época, Alemania, Francia con el espíritu latino, sin olvidar un sinnúmero de experiencias propias que le permitieron acercarse al entendimiento del devenir desde joven, en un proceso que duró años y que culminó con la comprensión de lo que entendemos por realidad con cara al futuro. Nos referimos al ente en su totalidad que ahora podemos representar como el cosmos, y que en forma filosófica muestran la voluntad de poder y el eterno retorno, que describen el pathos del cosmos como el sufrimiento existencial del movimiento de todas las cosas, o sea, el devenir como fuerza creadora.

Hegel y Lassalle consideraron a Heráclito como el filósofo del cambio o del devenir. Filosofía que se oponía a Parménides, el filósofo de la inmovilidad o del ser; posturas antagónicas que de alguna manera han marcado la muerte o vida de nuestro colibrí. Para Heráclito una cosa es saber mucho –como ahora lo demuestran un número importante de escritores que interpretan a Nietzsche– y otra es el entendimiento, más aún de una filosofía póstuma como la de ambos. Lo importante para Heráclito es el saber de lo esencial: “Lo sabio es uno: conocer con verdadero juicio de qué modo las cosas se encaminan a través de todo”. Éste saber nos acerca a la física contemporánea, es decir, la conciencia de que todo fluye y está en perpetuo movimiento, pero como veremos más adelante, no se nos presenta en forma caótica, sino que conlleva la mesura, venerada por los griegos en el mismo altar, por medio de sus dioses Apolo y Dionisio. El mismo Nietzsche describe lo apolíneo y dionisíaco que conforman todas las cosas, y culmina Albert Einstein con la teoría de la relatividad E=mc2, que nos da cuenta de lo apolíneo y los dionisíaco del cosmos.

En su Metafísica, Aristóteles señala: “Heráclito dice que toda las cosas fluyen y que nada permanece quieto, y, comparando las cosas existentes a la corriente de un río, dice que nadie puede sumergirse en él dos veces”. O sea, el que se sumerge en el mismo río fluye en distintas aguas.

Monstruoso (Ungeheur) lo que desborda la dimensión apolínea.116 Lo que los hombres han buscado con desmesura: la certeza, la verdad, la metafísica, el yo, un mundo más allá, el ser, la razón, el concepto fueron para Nietzsche lo que pudo censurar, porque estas formas precisas buscaban lo que el ente en su totalidad no podría aceptar, porque rompería con su pathos. Esta censura –no por ello menos propositiva– sólo podría hacerse a martillazos, escrito por escrito, pensamiento por pensamiento, a través de una obra poética, llena de aforismos, sin temores, con la honradez que los grandes hombres han plasmado en su paso por el mundo, sin perder el sentido de la amistad, del amor; a pesar de saber que sería incomprendido por sus aparentes enemigos, los seguidores del cristianismo, Wagner, Cósima, Sócrates, Platón, Strauss, Hegel, Kant y tantos otros pensadores e instituciones que deseaban romper con la realidad que se nos manifiesta, sin lograrlo porque ésta misma lo imposibilita.

Ir en contra de lo establecido por las tradiciones se presentaba a Nietzsche como una tarea nada fácil, porque para él mismo representaba un sueño que había que hacer realidad. Sus propios instintos le mostraban el camino para ir formando sus múltiples aportaciones al conocimiento, provocando por medio de sus escritos la necesidad de una reconstrucción del pensamiento. Empezando por cuestionarnos lo que somos, para generar la posibilidad de que podríamos tomar otro rumbo distinto al que nos señalan las tradiciones. Para Nietzsche el hombre necesitaba una reconsideración como forma de tomar nuevas fuerzas, que pudieran confrontar a los viejos órdenes anclados en formas precisas que se nos presentan sofocantes, llenas de abstracciones y esperanzas. En el fondo, sólo ilusiones que no podrían materializarse en el futuro de ninguna cultura. Nietzsche buscará a través de su trabajo la apertura de nuevos horizontes vitales, y tiene como premisa principal hacerse cargo de la libertad del hombre, incrementando las posibilidades propias para la transformación y liberación de las cargas impuestas a cada uno de nosotros por una cultura dominante. Y es en este rubro donde la libertad se desplaza, donde la responsabilidad tiene un campo más amplio para realizar su tarea, un mayor compromiso, que nos puede acercar a relaciones inmediatas con el mundo y con aquellos que lo habitan.

Al principio de la obra de Nietzsche se puede apreciar la necesidad de valerse de la metafísica, porque el conocimiento de su tiempo no le permitía desfondar la metafísica como fuese su intención de vida. Sin saberlo, pudo intuir lo que la física del siglo XXI ahora acepta como propósito de su estudio, que no es otra cosa que la interpretación del devenir, que lo acerca al pensamiento de la voluntad de poder y el eterno retorno, todo esto recurriendo a la metafísica. Nos dice Nietzsche: “El
verdadero mundo es música”.117 Usando la música como sinónimo del ente en su totalidad, el cosmos o el cuerpo como la gran razón, sin ocultar la radicalidad con que enfrentará a sus contrarios cuando afirma en su decir: “Todo lo que (…) no se deja aprehender a través de relaciones musicales engendra en mí hastío y náusea”.118 Esto significará para Nietzsche un sí o no para los filósofos, teólogos y pensadores de todos los tiempos y es motivo para que lo acusen, entre otras cosas, de metafísico, algo que con el tiempo se desvanecerá.

Es conocida por los lectores de Nietzsche su cercanía con la música. Como músico, como filólogo, como filósofo, sin olvidar su amistad con Richard Wagner, y su esposa Cósima; la admiración que tuvo por Beethoven y la de su educador en sus primeros escritos: Schopenhauer.

La música como interpretación metafísica de la realidad del mundo parte de la idea de la diversidad, pluralidad, perspectivismo de los ritmos y tiempos musicales, lo mismo que interpretará la física del siglo XXI sin necesidad de recurrir a la música y menos a la metafísica. La música desde esta perspectiva metafísica había permeado a los pensadores de vanguardia del siglo XIX, siendo Nietzsche el que la llevará a sus últimas consecuencias, convirtiéndola en el fundamento del mundo: “Uno de estos misterios es el parentesco interno entre ola, música y el gran juego del mundo, consiste en morir y devenir, crecer y perecer, imperar y subyugar”,119 siendo en su primera época la música de Wagner su parámetro filosófico, al apreciar su melodía infinita: “la melodía infinita, perdemos la orilla, nos entregamos a las olas”. Nietzsche de esta manera interpreta el devenir como movimiento, mostrándonos las similitudes entre la música y las olas; ambas rompen, con sus movimientos rítmicos. Así, con estos ejemplos, Nietzsche acerca su pensamiento a la física y se aleja paulatinamente de la metafísica. Algo volverá a sucederle al desprenderse, sin desearlo, de su amigo Wagner y de Cósima, la posible Ariadna de su corazón, ante su dilema con las sinfonías de Beethoven. Como el arte más allá de todos los artes, música sin palabras que pudieran representar un deseo de los hombres, música como devenir del mundo, como fuerza creadora en sí misma. Wagner ante el cuarto movimiento de la novena sinfonía, afirma la necesidad de la palabra para comprender su melodía infinita como representación del mundo, donde la música por sí misma carece del sentido que el hombre le puede dar, quitándole con esta interpretación el espíritu de libertad que tiene nuestro colibrí, que vive en un mundo florido, lleno de movimiento y no en la abstracción del concepto. De ahí que Nietzsche quiera modificar al lenguaje, los conceptos y el pensamiento, haciendo música con ellos. Nietzsche no cuestiona la amistad que lo une a la familia Wagner, sino los fines que le quiere imponer a la música como representación del mundo, situación que lo confronta con su maestro, a quien querrá, a través de su vida, con sincera amistad.

Nietzsche, como uno de los filósofos de la posteridad, nos alerta a los que ahora habitamos el mundo, de la necesidad de levar anclas y arriar las velas, navegando bajo nuestra propia responsabilidad para aspirar a un nuevo comienzo, deshaciéndonos de las ataduras impuestas por los discursos hegemónicos creados por los dioses o por los hombres, que han corrompido el mundo a través de la historia. El camino que Nietzsche nos pide que sigamos, es el sentido de la tierra, del cosmos o ente en su totalidad, del devenir como una voluntad de poder de fuerzas creativas, musicales y, por lo tanto, artísticas. El camino metafísico que él construyó primero con apoyo de la música, el arte, desemboca en el origen de los valores como clave para la interpretación de la tragedia griega con el descubrimiento de la conjugación de poderes disímbolos de los dioses Apolo y Dionisio. Nietzsche los entiende con rasgos artísticos, un Apolo para cada Dionisio y una realidad dionisíaca que sólo puede ser experimentada apolíneamente, donde prevalecen los instintos como fuerzas creadoras del cuerpo en consonancia con la realidad cósmica en que nos encontramos sumergidos. Dionisio y Apolo representan la batalla constante entre la desmesura y el análisis singular de los fenómenos, que se unió mesuradamente en el campo supremo del arte trágico y que ahora se mesura por el pensamiento en la física con la teoría de la relatividad de Einstein; donde lo apolíneo está representado por la masa y lo dionisíaco por la energía, donde el todo cósmico se conjuga. Los instintos son la energía creadora del cuerpo, la visión dionisíaca del mundo y el cuerpo la masa apolínea de la forma, o sea, la duplicidad del arte apolíneo y dionisíaco, donde cada ser humano se presenta ante la bella apariencia de los mundos oníricos, en cuya producción cada hombre es artista completo y música para nuestros filósofos. Los instintos, reflejo artístico del cosmos, donde todo lo existente se encuentra como una tendencia hacia una voluntad no individual o colectiva sino como lo manifestó Schopenhauer: “El centro y el núcleo del mundo”. Los griegos. Esos instintos artísticos de la naturaleza. Y Aristóteles: “La imitación de la naturaleza”.

La voluntad, como concepto metafísico que Nietzsche introdujera en su pensamiento con base en las enseñanzas de Schopenhauer, ha sido la clave para que ahora, en el siglo XXI, podamos interpretar las intenciones de Nietzsche para liberarse de la metafísica, convirtiéndose en el estudio filosófico y físico que nos pueda permitir afrontar nuestra responsabilidad de cara al futuro. La metafísica se da a la tarea de encontrar fundamentos excelsos que no estén contaminados de humanidad, para entonces fundar las “razones” o ”sentidos” del mundo a partir de la hipoteca del hombre,120 principios que le vinieron bien al cristianismo y a los discursos hegemónicos. La metafísica se afianza en encontrar principios universales que sirvan de paradigma para determinar lo que son las cosas radicalmente y olvida que en el mundo es necesario comenzar cualquier tarea empíricamente.121 Ante esta situación, lo que pretende Nietzsche es enseñarnos a plantear problemas, al advertirnos que la metafísica occidental busca la trascendencia, construyéndose distintas morales provenientes de fuerzas distintas en lugar de preguntarnos por el “quién” que hace la pregunta. La pregunta: ¿quién?, según Nietzsche, significa esto: Considera una cosa, ¿cuáles son las fuerzas que se apoderan de ella, cuál es la voluntad que la posee? ¿Quién se expresa, se manifiesta, y al mismo tiempo se oculta en ella?”.122 De lo que se trata es de llamar a las cosas por su nombre conforme su voluntad de poder.

Para Nietzsche todo ente es voluntad de poder, por lo que el ente en su totalidad, el cosmos es voluntad de poder “Imprimir al devenir el carácter del ser, ésa es la suprema voluntad de poder”. El devenir lo entiende Nietzsche como movimiento, transformación de lo que deviene, donde se transforma se crea algo más que no estaba en el cosmos. El instante que para Nietzsche significa lo que permanece, es decir, el eterno retorno de lo mismo, y de esta forma conjugamos la voluntad de poder, por lo tanto. “¡Este mundo es voluntad de poder y nada más! ¡Y también ustedes son voluntad de poder, y nada más!”.123

Estas manifestaciones de Nietzsche, aparentemente metafísicas en el siglo XX, ahora, principiando el siglo XXI, están siendo estudiadas por la física, la filosofía y la teología moderna, comprometida con los cambios que requieren las religiones. Y desde estos aparentes límites podemos encontrar fundamentos comunes que puedan unirnos en una actitud responsable, de cara al futuro, en beneficio de la juventud y de los que aún no han llegado.

Al observar el mundo cristiano, en el evangelio de san Juan, vemos que Dios ha creado este mundo como es: un mundo sensible, en devenir, y al crearlo también creó la vida, el pensamiento y al hombre. Al aceptar el movimiento del mundo sensible, Dios creó un mundo en constante devenir. El movimiento, la diversidad, la multiplicidad, la incertidumbre y también la permanencia, son fenómenos que salen al paso. La interacción entre fenómenos que parecían oponerse naturalmente ha sido explicada por la ciencia de la complejidad y por una amplia gama de científicos contemporáneos atentos al problema de la creatividad y a la creación de zonas de indiscernibilidad en estructuras complejas.

A Heráclito se le considera el filósofo del devenir, sin embargo en el pensamiento de Aristóteles se pueden lograr acercamientos a la física actual. Al zambullirnos en el pensamiento de Aristóteles sabemos la relación entre ontología y metafísica, las cuales son casi inseparables en el pensamiento del estagirita que nos permite afirmar que existe una dualidad casi imperceptible en la relación entre ontología y teología para este filósofo. Pensadores como Werner Jaeger han impulsado una lectura dualista del pensamiento aristotélico. Para Jaeger, la diferencia entre metafísica general y particular en el pensamiento de Aristóteles proviene de dos formas de concebir la metafísica. La metafísica general proviene de una concepción platonizante del mundo, donde la ciencia suprema se ocupa de las entidades inmateriales e inmóviles y por ello es teología; mientras que la metafísica particular sólo puede ser entendida a partir de un abandono de Platón, pues la ciencia del ser en tanto que es, en sentido particular deviene ontología.

Si la metafísica deviene ontología y la teología es metafísica, entonces el pensamiento filosófico desde su inicio, en Aristóteles, es onto-teo-logía. La posición del ser en la teología es entonces radicalmente lo que nos “pone” en el mundo. ¿Qué tipo de ontología podemos hacer en nuestro presente? Quizá una ontología que pueda avanzar hacia el movimiento y no esté encerrada en sí, que reconozca al sujeto, pero que no lo centre en su interior; que tenga espacio para el lenguaje, pero que no caiga en un idiotismo lingüístico.

Para Aristóteles, el fundamento último de todo ser es la causa primera de todo movimiento, o sea, el motor inmóvil, que está afuera del mundo sensible. Pero hay dos partes constitutivas de todo esto, y una de ellas es su referencia al mundo sensible. La mira hacia la sensibilidad del mundo es latente en Aristóteles y ha sido un tema poco explorado. La sensibilidad del mundo y su movimiento es aquello que nos mantiene alertas y en la exigencia de continuar haciendo filosofía. Esto lo podemos ver en Heráclito, en Schelling, Bergson, en la mayoría de los filósofos del siglo XX y principios del XXI, y en la voluntad de poder y el eterno retorno de Nietzsche. Esto va a conducirnos a asumir la importancia de la existencia de este mundo sensible en el pensamiento aristotélico, que está en movimiento, o sea, en devenir, y que es una forma de aceptación de la posibilidad de acercarnos a la realidad, en tanto que podemos palparla y padecerla.

La teoría de la relatividad no implica un todo se vale, como se ha venido diciendo. Aceptar esto en la vida cotidiana correspondería a una actitud irresponsable, porque las relaciones interpersonales no tendrían ningún compromiso: cada cual podría, fundándose en esa salvaje relatividad, pensar y hacer lo que creyera correcto, sin asumir su responsabilidad para con el mundo y los seres humanos.

La teoría de la relatividad tiene su fundamento en la definición de la energía como lo equivalente a la multiplicación de la masa por el cuadrado de la velocidad, al que podríamos anexar un adendum representado con “x” a la creatividad, palpable en el espectáculo que se nos presenta en la parte del cosmos que podemos observar.

Para Einstein, energía es trabajo, y siempre que existe un trabajo se agrega algo que no existía en la realidad. La energía como trabajo es movimiento, devenir, que se refleja en el mundo. Descubrir el ritmo de los astros, comprender los ciclos de cambio continúo de todas las cosas, establecer la relatividad del tiempo y el movimiento, han sido una aventura colosal en la historia de la humanidad, que en la filosofía fue intuida por Nietzsche en sus pensamientos de la voluntad de poder y el eterno retorno. Éstos nos podrían permitir buscar nuevos paradigmas a favor de la formación integral de los individuos del presente y del futuro, con apoyo no sólo de la física, sino de la química, la biología y en general de todas las ciencias.

El universo es inconmensurablemente grande y no ha cesado de expandirse desde que se formó. Es el devenir, la voluntad de poder, fuerzas creadoras de todo lo que representa el cosmos, pero unificadas de acuerdo al pensamiento del eterno retorno, siendo lo mismo, pero diferente a través del tiempo, lo que da lugar a la identidad.

Los primeros principios, ya sean de la teología, la filosofía, las ciencias, tuvieron lugar hace quince mil millones de años, cuando se inició el devenir, tiempo que no podemos negar, pero que nos permite reflexionar sobre la necesidad de hacernos responsables de nuestro futuro, sin olvidarnos del origen, pero ciertos de estar caminando con las fuerzas creadoras de la voluntad de poder, dentro de un río de incertidumbres. Un río no caótico, sino mesurado por el poder del pensamiento, que así se convierte en el motor que nos impulsará si deseamos un mejor destino para nosotros.

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