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La responsabilidad entre la frontera y su límite
20
Jul

La responsabilidad entre la frontera y su límite

1. La frontera entre lo Mismo y lo Otro

Reconocer al sujeto como frontera entre él mismo y su exterior implica que hay después de mí un afuera al que me dirijo y mediante el cual pienso. Podemos pensar lo que está afuera de nosotros porque no poseemos las verdades que acontecen en el mundo que vivimos, esas verdades surgen dentro del desarrollo de la historia, ya que no están determinadas por un arquitecto todopoderoso. El problema que surge es entonces de qué forma pensamos lo que viene de afuera y qué riesgos supone ese ejercicio. El problema de lo pensado por el pensamiento aparece a lo largo de nuestra historia intelectual, ése es el verdadero problema de la filosofía, es decir, ¿qué es lo que piensa el filósofo cuando está pensando y qué tan cerca está de percibir perfectamente en su manifestación aquello que se le presenta? El problema del exterior del sujeto se ha planteado en diversos intentos por afirmar que esa salida hacia lo extraño tenga una percepción adecuada, de manera que el filósofo pueda asegurar que conoce algo. Hasta aquí, el problema de la filosofía es el problema del pensamiento, lo que nos obliga a preguntarnos si seguimos siendo los mismos que somos a pesar de que estemos cambiando constantemente dentro y fuera de nosotros mismos.

Al pensar algo, eso que hemos pensado se agrega como una nueva experiencia para la conciencia, es decir, que al pensar, lo pensado se da para el que piensa y le obliga a ejercer un movimiento en su fuero interno. Este es el ejercicio que ejerce la figura de «lo Mismo», que refiere a la posición del sujeto en las relaciones de conocimiento, es decir, que mantenga su Yo a pesar de los inevitables cambios. En lo Mismo se encuentran las categorías internas que vienen de nuestra lectura de la historia de la filosofía, pero también se encuentran las palabras a través de las cuales se construye el mundo lingüísticamente, es decir, que el pensamiento y el lenguaje son los dos ejes de nuestra interacción y comunicación con y en el mundo. Seguir linealmente esta caracterización nos ha llevado a asumir ciertos excesos respecto a la figura de lo Mismo que venimos describiendo desde el principio de este trabajo, lo Mismo encuentra dimensiones ontológicas que impiden nuestras relaciones con lo Otro, es decir, que el Mismo como juez no tiene la libertad para salir de sí, pues su afuera es generalmente reducido a su interior y asimilado por su identidad.

La figura de lo Mismo es hermética, esto señala que nos faltan palabras para pensar lo Otro como Otro, es decir, para pensar la diferencia propiamente. La pregunta que surge entonces es ¿qué entendemos por lo Otro? Con ello no sólo nos referimos a la inalcanzable asimilación del otro sujeto que tenemos enfrente en tanto que no es posible entrar en su fuero interno, también con el término «lo Otro» intentamos reconocer la necesidad de los elementos de un entorno específico en el que nos encontramos como sujetos que viven y que en cada momento piensan algo. «Lo Otro» es también el aire que respiramos, la comida de la que nos alimentamos, el sol que nos baña cada día y la luna que ilumina las noches, es lo que rompe la unidad homogénea del cosmos, lo que nos incita a seguir pensando en las sorpresas que nos depara el mundo.

Pensar lo Otro supone pensar lo diferente y al pensarlo se piensa algo que ya ha pasado o que se avecina, pero que no podemos asegurar como presente pues ello supondría que lo Otro está preparado meramente para ser asimilado, es decir, como si estuviera ordenado o si trajera consigo todo lo que ha sido y lo que ha hecho que sea como es ahora. El ser de lo Otro no se da en el presente, es meramente temporal y en su temporalidad se muestra su discontinuidad.

El mundo no es un correlato ordenado al cual nos podemos acercar simplemente para analizarlo, todo lo que sucede es una variedad de diferencias que no dependen de nuestra percepción actual, sino que vienen de despliegues lejanos y de una serie de relaciones que no entran en nuestro horizonte de percepción. El Big bang, la globalización, la devaluación de la moneda, nuestros programas de estudio, las ediciones de los libros que leemos, todos ellos son fenómenos en los que interfieren ciertos actores de los que no tenemos información y a los que muchas veces no conocemos. Lo Otro no es únicamente «el Otro» sino la muestra de que tenemos enfrente algo que carece de elementos de la misma clase y por ello nos lanza a la búsqueda de nuevas formas para pensar nuestras relaciones.

La relación entre el sujeto y su entorno es una relación de fronteras, que abre una de las preguntas fundamentales de nuestro ensayo: ¿dónde termina el sujeto y dónde comienza su entorno? El sujeto inicia en el reconocerse a sí mismo como unidad en la que se reflejan sus vivencias, el Yo es una autorreflexión que se torna sobre sí, es decir, que va hacia sí mismo como fenómeno de percepción y a partir de ahí se re-conoce, pero como el otro sujeto es una realidad que no depende de mi reflexión sino de la de él mismo, la dimensión del reconocimiento de la existencia del otro sólo puede estar dentro de la percepción de su ser, a decir, en su presencia ante mí. El otro me reconoce como un yo y a su vez yo lo reconozco como otro, un Otro que en cada caso es un Tú para mí y que sólo se puede afianzar en la percepción. Percibo al otro desde mí y él me percibe desde su ser, es allí donde dos fronteras se traspasan pues para percibir lo que no soy yo tengo que salir de mí mismo para corroborarlo.

El otro es lo Otro en tanto que me es desconocido. Lo Otro es todo aquello de lo que no puedo hablar porque no me es accesible a través de mi propia identidad, es lo que me es desconocido y está separado de mí. Necesitamos pensar si es posible establecer un diálogo con lo otro sin reducirlo a mis categorías con las que pienso. Y si no lo pudiéramos hacer, ¿qué nos asegura que estamos pensando su otredad mientras que no es una simple asimilación y proyección de nuestro fuero interno? Esta dificultad nos obliga a repensar la lógica del modelo sujeto-objeto que compartimos en Occidente, es decir, ver si a través de ella es posible pensar la diferencia.

1.1. Análisis del eje sujeto-objeto

El pensamiento ha creado formas para acercarse al mundo, dispuestas a asegurar una relación cabal entre el Mismo y lo Otro. Según lo que hemos expuesto hasta ahora nos preguntamos si realmente el pensamiento lo ha logrado. La figura dominante es la relación del sujeto con el objeto, es decir, con algo que pronto va a conocer. Cuando percibimos algo, cualquier cosa que esto sea, nos hace asegurar sin titubeos que hay algo ahí, pero superamos esa extrañeza cuando nombramos eso que está ante nosotros y lo hacemos familiar para darle sentido, para dominarlo. En ese sentido, lo que está ahí deja de ser algo extraño porque ya podemos asimilarlo y asegurar lo que «es» aunque no hemos prestado atención a que su ser, hemos impuesto nosotros y ha sido con respecto a nuestras posibilidades cognitivas o lingüísticas.

La lógica sujeto-objeto trabaja como una estructura que reduce a sí mismo lo otro, hay un sujeto que encuentra algo ante sí y que lo trae a su interior por medio de la representación, lo otro se ha convertido en un efecto de nuestra propia capacidad intelectiva, ya «sabemos» qué es, como si cualquier existencia necesitara ser definida para ser, como si el aire que respiramos antes de ser nombrado aire no hubiera existido, como si hubiésemos empezado a respirar hasta ponerle nombre. Hemos hecho de aquello con lo que nos relacionamos un mero objeto de nuestras intenciones personales, lo hemos «utilizado» como objeto. Esta lógica tiene sus implicaciones en las figuras xenofóbicas que invaden nuestro presente, en la figura de los nacionalismos que separan en grupos a los hombres y los incitan a destruirse, en la indiferencia que nos envuelve frecuentemente en egoísmos e irresponsabilidades, en la guerra constante en la que los hombres se encuentran porque el Otro pone su identidad en cuestión.

Quizá no ha existido una época donde el egoísmo sea más evidente que la comenzada en el siglo XX y que se despliega hasta nuestros días. Vemos a diario toda una serie de discursos de las fuerzas dominantes cuya intención es la desintegración de las clases sociales que ponen en riesgo la conservación de sus de intereses. Podríamos dar tres ejemplos inmediatos al respecto: la Ley de inmigración en Estados Unidos, la Ley de Radio Televisión y Telecomunicaciones en México y la Ley del Contrato por el Primer Empleo en Francia, cada uno de ellos resultado de la avaricia e hipocresía del poder.

Preguntemos de dónde vienen estos señalamientos y veamos entonces que todos surgen de la búsqueda de su perpetuación y autoprotección ¿qué figuras más egoístas podría haber? El poder está interesado en los suyos y en poseer más bienes con los cuales dominar a los otros, y aun así hay quienes afirman que ha sido superada la figura sujeto-objeto, en realidad su superación sólo será posible cuando se pongan en práctica las implicaciones teóricas que la crítica convoca, es decir, cuando actuemos respecto a figuras que se alejan de relaciones económicas, egoístas o hegemónicas.

¿Cómo se relaciona el eje sujeto-objeto con la estructura del egoísmo? El sujeto que representa en sí a lo Otro es un Yo, que piensa y que en su pensar sobre el objeto que aprehende, lo posee y lo domina. Cuando afirmamos desde nosotros mismos el ser del otro, es decir, cuando lo representamos, lo Otro es destinado a ser atrapado en un recipiente que lo apresa y desde el cual estará en lo futuro y a partir del cual será entendido. El ser de las cosas es reducido al sujeto que sigue siendo el Mismo en tanto que no hay cambios en su interior en tanto que todo lo que ha visto lo ha terminado poseyendo, es decir, que es en la identidad donde el egoísmo radical de los sujetos toma su mayor afianzamiento sobre el dominio de las cosas. Si lo desconocido es aquello con lo que no me relaciono, al obtener el ser de lo Otro, lo familiarizo con mis categorías y ya no es extraño, es decir, lo identifico conmigo. El sujeto que tiene identidad es un Yo que se identifica con los contenidos de su conciencia, es un ego que ejecuta su ejercicio de ser sobre los otros y en ese ejercicio su relación con los demás es egoísta.

El egoísmo es el ejercicio que determinamos sobre los otros a partir de nuestras relaciones de conocimiento e implica convertirlos en objetos de uso, pues ¿acaso cuando necesitamos recordar algo no sólo es necesario hacer un pequeño esfuerzo para que eso que tenemos en mente venga a ponerse a nuestra disposición? Pensar el mundo desde esquemas egoístas, desde la determinación ontológica del otro por la lógica de la identidad, implica firmar a favor de la constante guerra que vemos a diario, donde todos temen de todos porque estamos seguros que el otro me mira para determinarme, para convertirme en un objeto de uso, para hacerme suyo y utilizarme a su antojo.

¿Qué supondría relacionarnos con nuestro entorno a partir de esquemas que no sean cognoscitivos? Creemos que ésa es la propuesta que nos podría llevar a una verdadera interacción con el mundo siempre y cuando estemos dispuestos a reconocer la diferencia. Es necesario pensar la frontera sin introducir al sujeto pensante o al sujeto que percibo como fundamento de toda percepción, sólo deshaciéndonos de nuestra capacidad de conocer para determinar ontológicamente a los otros podemos acercarnos a relaciones más responsables, dispuestas a pensar al otro como experiencia del ser.

2. La frontera

Pensar la frontera implica pensar la diferencia, el paso de lo Mismo a lo Otro, pero como cargamos culturalmente la figura del pensamiento alienada por los designios del conocimiento, en adelante hablaremos en términos de experiencia. La experiencia es un conocimiento práctico que no tiene espacio para dimensiones hegemónicas, es decir, no es una relación última ni abstracta. Notemos que lo Mismo, afirmado en mayúsculas, concreta una relación ontológica entre el sujeto de percepción y su objeto, mientras que lo Otro mayúsculo describe aquello que no podemos alcanzar mediante una relación de conocimiento, es decir, que lo Otro establece los límites del conocimiento mismo.

Cuando nos acercamos a los objetos que nos interesan mediante fórmulas del conocimiento, lo hacemos a través de nuestras categorías filosófico-históricas, ya que con ellas determinamos nuestros objetos de conocimiento. Pero cuando afirmamos la experiencia como medio entre el yo y el Tú, lo hacemos con el cuerpo entero y a esto mucho le queda por conocer y mucho ha olvidado. ¿Cómo experimentar la frontera sin que ésta sea una mera representación de nosotros mismos? El nihilismo de la afirmación nietzscheana “Dios ha muerto” nos pone a la orilla del abismo de sentido y podríamos abrigarnos en una negación irresponsable con la cual caminar hacia un lugar donde no importa un quién, un qué, ni un cómo para relacionarnos con la realidad. Estos excesos son los que han llevado a muchos pensadores a la afirmación de que la crítica a las lógicas internas de la racionalidad clásica darán como resultado un «todo se vale», donde no importa qué se diga, sino simplemente decir algo, cualquier cosa.

Asumir la muerte de Dios implica despertar nuestras capacidades para filosofar y eso nos obliga a dejar de copiar filosofías o modelos que en algún momento fueron exitosos o que simplemente nos agradan. Un nihilismo responsable se acerca a las cosas despojando de sistemas inherentes al pensamiento, a través de los cuales únicamente aplica sus categorías sin importar la singularidad de lo que se expresa para nosotros. Una singularidad creativa que «produce» realidades en el mundo es lo que implica filosofar a martillazos, es decir, destruyendo las relaciones de conocimiento que establecen lo que debe ser conocido y lo que debe ser rechazado, lo que es importante y lo que no tiene importancia. Se trata de filosofar o pensar irrumpiendo los sistemas establecidos por los legisladores del conocimiento que se encargan de reproducir las diferentes formas de actuar con respecto a sus intereses comunes o personales. Pero ahora estamos en el horizonte de las diferencias, dimensión que obliga a todo pensamiento a expresarse en compañía de los otros, en un momento de intersubjetividad, que afirme que no estamos solos al pensar, sino que nuestro pensamiento viene de otras «producciones» que no son las nuestras pero que son efectivas, es decir, de nuestras relaciones intersubjetivas. No existe ser alguno que por el hecho mismo de ser no haga referencia a algo que no es él, no hay nadie que sea autosuficiente, ni cosa alguna que no dependa de otra o que haya surgido de la nada. El filósofo escribe con una sola mano, pero la otra está apoyada sobre el mundo que pisa, toca y percibe en ese mundo donde están los otros hombres que también hablan con él y que algo habrán de enseñarle. Esto es un nihilismo responsable.

Carecer de algún centro específico que dé fundamento de las cosas que le rodean, es decir, de la imagen de la razón que todo lo puede y que todo lo logra, no es sólo una invitación a la palabrería que no encuentra nada porque no es necesario buscar más allá de lo que está en nosotros, carecer de centro es estar expuesto, sentirse siempre vulnerable ante la existencia finita de los hombres, y, más que un simple arraigo en nuestro egoísmo, supone pensar responsablemente nuestras relaciones interpersonales porque la exposición es general. Todos tenemos como límite la muerte, ella es la expresión misma de la vulnerabilidad.

Cruzar la frontera, el abismo de lo desconocido, nos incita a la experiencia de un mundo que en cada relación dice algo que anteriormente no pudimos captar, agrega algo, pero nunca se completa, es una constante indeterminación a partir de la cual podemos pensar que pronto vendrá nuestro final y que aun cuando llegue, jamás dijimos todo lo que quisimos o intentamos decir. Cruzar la frontera como sujetos responsables nos acerca a relaciones menos dolorosas y violentas que no han encerrado a los otros en un concepto concreto, sino que se abren a nuevas formas de expresión.

Cruzar la frontera significa salir de nuestros herméticos caparazones que nos impiden ver al otro; significa olvidarnos un momento de nosotros mismos para escuchar al otro desde su propia existencia. La verdadera frontera no está en los límites geográficos impuestos por divisiones políticas, sino en nuestras relaciones personales, en el reconocimiento de la subjetividad de los hombres, en la indeterminación de sus secretos constitutivos y en la imposibilidad de hacerlos objetos de tematización. Esto no implica la imposibilidad de hablar de nuestros semejantes, no queremos decir que la responsabilidad nos obliga a callar cualquier cosa, exige que cuando lo hagamos podamos hablar responsablemente, afirmando el exotismo de cada uno de los hombres singulares y el inevitable desconocimiento en el que nos encontraremos siempre para con ellos, que radica en ser sí mismos independientemente de lo que ya son o han sido.

Dejar a los hombres libres de su conceptualización también indica la posibilidad para hacer acuerdos con los cuales tengamos relaciones donde no se dañen sus participantes, acuerdos que mantengan un lazo entre los hombres que confirme que al hablar el hombre da su palabra, da su nombre, entrega una parte de existir a un acuerdo que anteriormente ha asumido. Somos todo eso, pero todo eso se experimenta no se conoce; mientras que la figura del conocimiento es una ilusión que pretende encontrar todos los ángulos del ser de las cosas, la experiencia afirma que cada vez que algo está cerca, algo hemos perdido y mucho hemos olvidado.

La frontera es el espacio entre el Mismo y lo Otro, el límite del sujeto es la piel que consolida el principio y fin de su existencia, este límite se afirma en término de autosuficiencia cuando sus relaciones están traspasadas por teorías dominantes, pero que al experimentar verdaderamente la correspondencia y su irrenunciable dependencia para con el mundo dichas teorías se dislocan por ser insostenibles. Para afirmar la frontera desde la experiencia propia del sujeto en el mundo, con necesidades y exigencias, es necesario separarse de teorías lineales o que únicamente responden consecuentemente con la historia de la filosofía o con algún pensamiento institucionalizado. Es necesario padecer la experiencia, no puede ser dicha, debe ser llevada en el propio cuerpo, pues no puede ser mostrada por otra experiencia.

Cruzar la frontera, dejar de ser egoístas, sólo puede funcionar a través de nuestra propia actitud, que sólo comienza cuando producimos efectos «reales» en los otros. Cruzar la frontera no es reconstruir teorías que cortan o recortan los principios o avances teóricos que el pensamiento ha establecido en diversos papeles o documentos, revistas, fanzines, etc., es decidirse a actuar sin egoísmos ni dominios personales, es estar dispuesto a abrirse al otro para experimentar un mundo que jamás alcanzaremos por nosotros mismos, es abalanzarse hacia la enseñanza de cada hombre que habita el mundo.

 3. La «muerte de Dios» dentro de las relaciones interpersonales imposibilita una ética universal

La muerte de Dios nos ha heredado un abismo de sentido. La recuperación del sentido después de la renuncia a la «Verdad» ha dado sus mayores frutos en la fenomenología de Husserl, que incita a pensar radicalmente la relación entre el sujeto y el objeto sin mantener una disposición hegemónica, es decir, que el sentido surge en el acto correlativo entre el sujeto y el objeto o, en términos husserlianos, entre la conciencia y el fenómeno. Estamos «entre» el eje sujeto-objeto y nos afianzamos a la relación misma y superamos desde ahí la dicotomía del sujeto separado del objeto. El sentido que se presenta en la intencionalidad del objeto al darse para el sujeto y de la conciencia de éste al dirigirse a un objeto, es particular, es decir, se ubica en un contexto que no se fundamenta fuera de la relación.

Cuando hablamos de responsabilidad tomamos en cuenta estos rasgos, no pensamos en una determinación universal con miras hacia una regla trascendental que todos «deben» acatar porque pensar de esa forma es «bueno», por el contrario, afirmamos que si existe la disposición personal de actuar respetando al Otro, ninguna regla jurídica o racional podría intervenir en nuestras relaciones personales.

Una ética universal es imposible cuando afirmamos la singularidad de cada sujeto, pues únicamente funcionaría al reducirlos a un solo recipiente, y en ese momento dicha propuesta se convertiría en un nueva dogma. Nuestra atención a la cuestión de la diferencia –que respaldada por una gama de pensadores bastante divergentes como Hans Küng, Emmanuel Lévinas, Jacques Derrida, Gilles Deleuze o Christian Wolff– nos muestra la imposibilidad de establecer normas que instituyan relaciones entre los individuos que una cultura convoca o los elementos que actúan en lo cotidiano de las relaciones públicas. Hacerlo implicaría reducir a cada uno de ellos a lo «mismo» a todo lo que se pierde cuando afirmamos que esto es «igual» a lo otro.

Afirmar la diferencia supone afirmar el respeto que cada singularidad exige, es decir, que no hay leyes generales que puedan instituir todas las relaciones posibles entre los diferentes hombres, sus diferentes culturas, credos o preferencias sexuales. El respeto es el espacio que caracteriza la distancia entre mi propio yo como sujeto y la subjetividad de aquel que no soy yo, es decir, que sólo relaciones donde el respeto media entre los hombres son verdaderas. Este respeto no es una regla que antecede a las relaciones, sino que surge en medio de un rostro experimentado por los hombres, es particular, pues se da en cada una de las posibles condiciones en las que los hombres están envueltos respecto a su entorno. Es ahí donde el respeto deviene en acuerdos, es decir, que sólo puede ser afirmado en medio de la relación de la que somos partícipes, pues como seres finitos y contingentes estamos siempre en riesgo ya que puede que el Otro me traicione, me asesine o ataque mi integridad como hombre antes de cualquier disposición personal.

El acuerdo se da casualmente, no es universal, pero se afianza al saber que cada rostro del hombre nos mira, nos recibe y confía en nosotros, no sólo al creer lo que decimos, sino al pensarnos como hombres dispuestos a mantener una relación humana. Si es verdad que Dios ha muerto o si insistimos en su insuficiencia respecto a las relaciones interpersonales, no podemos evitar la presencia de los otros, es decir, no podemos esquivar que al confiar los otros en cada uno de nosotros su confianza vigila nuestros actos y todo lo que hacemos se expresa en términos morales.

Todo acto del hombre, por insignificante que sea, tiene repercusiones en su entorno, cualquier expresión de nuestra existencia afirma un obstáculo para la libertad de los demás, y al desdecirnos de la humanidad de lo humano –al actuar irresponsablemente– traicionamos nuestra disposición como hombres sujetos a los hombres. Ser humano no es sólo sentirse humano sino prever que nuestros actos no violenten la existencia de los hombres que quizá jamás podríamos conocer, lo que no supone que no existan.

Cuando nos separamos de las dimensiones epistemológicas que encierran en el interior del sujeto lo que le rodea, podemos dar el paso hacia una ética responsable que se encuentre en un mundo donde nada sea necesario sino que todo sea hecho por las relaciones entre las cosas que le dan sentido al mundo que habitamos. Ninguna de las cosas que están aquí han sido preescritas por un devenir absoluto donde todo es el reflejo perfecto de una lógica sistemática y abundante.

Si Dios ha muerto, lo inalcanzable de la infinitud de su nombre nos ha quedado a nosotros, es decir, que somos infinitamente responsables por lo que pase entre los hombres a partir de su muerte. Si el nombre de Dios no traspasa nuestras relaciones personales porque hemos asumido que el bien y el mal están en el mundo, ¿por qué no asumimos que nosotros somos los culpables de ese bien y mal que podamos hacer a los demás? No se trata de una simple insuficiencia teórica en los esquemas filosóficos, sino de un acontecimiento verdadero que nos pone frente a los hombres que habitan el mundo. La muerte de Dios como acontecimiento «real» nos arraiga de mayor manera a la realidad del mundo, a este lugar donde sufrimos o hacemos sufrir a los hombres que están junto a nosotros, donde se preforma el mundo que habitarán los que aún ni siquiera se asoman.

Las relaciones responsables son la mediación en el traspaso de la frontera que diluye el poder del egoísmo instaurado en los sujetos por la lógica de la identidad tradicional, este traspaso nos lanza al abismo del sin sentido, es decir, no hay una casa protectora en la cual cobijarnos para «relacionarnos» con los otros. Volver a la responsabilidad entendida en términos morales no supone iniciar una nueva instauración de paradigmas universales, en realidad evita conciliaciones dogmáticas bajo las que se cree que «todos» actuarán de buena manera.

Una responsabilidad que afirma la contingencia no tiene espacios para pensar que el mundo puede estar mejor de la noche a la mañana a través de un enclave teórico, su propósito es separarse del egoísmo interiorizado por la lógica clásica y saberse objeto contingente que en cualquier momento puede ser traicionado. Ser responsable implica tener presente al Otro antes que a mí, esperar al otro antes de obligarlo a actuar de cierta manera, entender que cada uno de ellos es diferente y que tiene necesidades concretas que provienen de su propia esfera de vida.

La verdadera responsabilidad se da en un acuerdo interactivo, donde no se traiciona la confianza que la atención de los hombres establece y que, por añadidura, es algo que jamás podremos recobrar. Responsabilidad que se asoma en las implicaciones pragmáticas de los actos humanos y no en las teorías abstractas de un círculo específico de pensadores congruentes con la historia de los textos que han asumido como valiosos.

4. Conclusión:

El límite del yo es el Otro, la frontera entre estos elementos es la posibilidad que implica hacerse responsable por lo que desconocemos, por lo que nunca vamos a poder objetivar ni definir completamente aun cuando algo del Otro se nos haga familiar. Si el sujeto concreto que somos cada uno de nosotros se encuentra a un lado de la frontera que relaciona las existencias, su límite es la humanidad del Otro, donde se encuentran viviendo sujetos singulares que acontecen en un Tú, esta relación sólo puede ser traducida en términos de responsabilidad en relaciones separadas que se deshacen de esquemas ontológicos o represivos. Experimentar al Otro, ir a su encuentro en su propia manifestación y no desde nuestras categorías epistemológicas significa afirmar una relación verdadera donde no se podría determinar un final preconcebido, ya que toda relación es libre en tanto que no se han instituido las posibilidades de relación entre los hombres. Esto nos mantiene en una constante tensión, que no significa guerra, sino la disposición de escuchar al otro, y experimentarlo cada vez desde su diferencia nos deja desnudos ante sus posibles reacciones. También la tensión que nos convoca es la imposibilidad de afirmar la forma concreta del sujeto que está ante mí, lo exótico que es cada hombre, imposibilita reducirlo a una categoría que por definición ya nos sería habitual. Liberar de dimensiones ontológicas las relaciones de los hombres conlleva a experimentar concretamente al otro. He ahí el verdadero respeto por el Otro.

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