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Sobre la necesidad de la Ética ante la inminencia del mal
20
Jul

Sobre la necesidad de la Ética ante la inminencia del mal

Hemos sido testigos históricos de dos guerras mundiales, hemos visto –ya casi con familiaridad– intervenciones militares de países poderosos a lugares no favorecidos; también vemos que los ataques terroristas se muestran cual si fueran formas normales de relacionarse; el espionaje y otras muchas formas de dominio territorial y de materia prima han demostrado que hemos puesto al conocimiento y a la tecnología al servicio del mal. Sólo basta poder pagar –con dinero o poder– para que los escrúpulos humanos sean rebasados o diseminados. La conciencia ha degenerado en utilidad, y con ello, toda moral ha sido borrada de las historias que nos narran. Estamos en un momento al que nos es difícil nombrar, ya que la excedencia del mal no ha podido ser entendida, o por lo menos, vislumbrada desde algún sistema de pensamiento que lo pudiera incluir y confrontar. Hermeneutas, psicólogos, epistemólogos, teólogos y muchos otros han entrado a la contienda con muy pocos resultados favorables. Y es que muchos creen que es mejor ocuparse de actos que les brinden mayores dividendos, sin importar la forma en la que dañan a los demás, y al concentrarse en sí mismos, no pueden mirar las consecuencias que se avecinan.

Las batallas contemporáneas ponen en uso armas cada vez más mortíferas, con menos rango de error para lograr su cometido. Éstos son los tipos de cuestiones que nos deben poner a pensar en el daño que nos causamos constantemente, en el hecho real y fáctico de que las acciones que realizamos a diario traen consecuencias que pueden ser devastadoras. Debemos preguntarnos si tiene sentido vivir así, dañando, abusando y aplastando a los otros. Podemos ver un ejemplo paradigmático en el libro de Zigmunt Bauman, que lleva como título Modernidad y holocausto.Allí, el autor demuestra la íntima relación entre los procesos de gestión, planeación y eficiencia con el asesinato en masa de los judíos. Bauman muestra que los cánones de eficiencia, productividad y progreso trajeron enfrentamientos históricos a los que estamos obligados a reflexionar. ¿Qué implica que exijamos a los que nos rodean que sean más eficientes y precisos en sus acciones diarias? El autor nos explica que en esos procedimientos burocráticos, donde sólo importan los resultados, se encarna el proceso de deshumanización que logró tratar a las personas como objetos que únicamente estorbaban para lograr el fin planeado: acabar con la religión e instaurar un modelo político. Fue entonces la burocracia aquello que puso en ventaja al pueblo alemán sobre el judío, y gracias a este proceder, los pueblos minoritarios fueron reducidos a objetos que había que desechar. Con esto quiero mostrar que hablar del holocausto nos obliga a recrear la fe que tenemos en la historia, es decir, cada vez que hablamos de la necesidad de la Ética, lo hacemos en medio de un ambiente donde dudamos de la historia oficial, pues tal vez no siempre las conquistas se dan entre el enfrentamiento de hombres que buscan el bienestar general ni mejor vida para todos. Está comprobado que el mal ha tenido una mala distribución. En nuestro mundo, quienes sufren, lo hacen verdaderamente, y encima de ellos caen todavía más dolores y violencias. La historia que aceptamos como oficial en nuestro territorio cultural (Occidente) debe ser entendida como el antecedente que sirve de construcción para las condiciones presentes que afectan las relaciones entre la humanidad.

El nazismo no ha sido una sola cosa sino la explosión e interacción constante de una serie de fenómenos que muchas veces olvidamos y pasamos desapercibidos. Fenómenos como las guerras, donde se utiliza la inteligencia humana para la destrucción de los demás, deben ponernos en alerta ante la inminencia del mal, pero sobre todo, deben llamarnos la atención sobre el modo en el que se cuenta la historia y sobre quienes la poseen. Lo que quiero decir es que debemos estar conscientes de que cuando se dice qué es lo que pasa en los combates, allí siempre se esconden algunas premisas que posiblemente, más que ocultar algunas verdades, estén funcionando como protectoras de ciertas ideologías. La reproducción del mal, su justificación y su desaparecimiento es aún un proceso maligno y tenaz. Es por ello que la ética es necesaria y se impone urgente. Comencemos a pensar en los horrores que hemos cometido, en las acciones que hemos inflingido y en las diferentes formas en las que se han provocado asesinatos. Por principio, caeremos en la cuenta de que al no hacer nada por evitar que el mal siga acrecentándose, también somos culpables de lo que se hace. Estamos en un mundo, uno, que nos pertenece a todos y, en consecuencia, lo que por él hagamos, en él se reflejará.

La Ética es también la búsqueda por evitar que los males se puedan repetir, evitar el mal que en algún lugar del mundo –generalmente más cerca de lo que pensamos– se está preparando para dar un surgimiento violento y opresor. Tal como las guerras lo han demostrado, somos capaces de planear de manera sucinta mejores formas de hacer daño a los demás, pero también han demostrado la capacidad humana para la reconstrucción de los pueblos, para la ayuda mutua y para brindar auxilio entre la humanidad, aun cuando las naciones no saquen provecho de ello. Sabemos ya que la Ética supone la ayuda del otro, pero también debemos estar convencidos que nuestra responsabilidad es materializar el bien en el mundo, ayudando a que la destrucción sea evitada, antes de que sea demasiado tarde. La historia ha demostrado que todo lo que implica dominio esconde por debajo de sus principios –supuestamente epistemológicos– momentos de horror y destrucción. Ser responsable indica que cada uno de nosotros estamos listos para recibir al otro sin violencia, que nuestra existencia está preparada para acoger a los demás que nos acompañan en el mundo; ser responsable es saber que siempre podemos actuar mejor y que nunca ha sido suficiente, que siempre hay una oportunidad más para mejorar la vida de los demás y que podemos, entre todos, cambiar y darle otro rumbo a la historia.

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